sábado, 29 de agosto de 2015

La sustancia: El LSD de Albert Hofmann (Documental)

En la línea de proporcionar al interesado documentales significativos o de cierto nivel presentamos esta magnífica filmación producida por Ventura Films y la Televisión Suiza. Sus cincuenta minutos de metraje compendian de manera excelente el proceso que atravesó el LSD desde su descubrimiento y el despegue de las investigaciones hasta el colapso de las mismas a principios de los setenta. Sendas intervenciones de Hofmann o Grof –entre otros-  irán matizando la historia que se nos narra en sus diferentes fases y momentos. Una historia que enhebra la percepción social que de las sustancias visionarias tenemos hoy en día. Acaso uno de los principales lastres para las investigaciones en curso.
 
Sobre todo ese proceso resulta interesantísima la confrontación que presenta el documental entre el mesianismo de Leary y las objeciones que Hofmann va desgranando en sus intervenciones. Leary quería dinamitar el orden social difundiendo indiscriminadamente y a gran escala la LSD. Hofmann se decantaba por profundizar en las investigaciones de una sustancia prometedora pero de uso complejo -a veces beneficioso, a veces peligroso dependiendo de variables cualitativas diversas-. Leary era, básicamente, un converso lisérgico encorajinado contra el stablishment que le había expulsado de Harvard por no querer guardar los protocolos necesarios de toda investigación. Hofmann, un investigador convencido de las posibilidades de la LSD pero preocupado por que el mesianismo de Leary pudiera facilitar su prohibición, su demonización y la cancelación de las investigaciones en curso… Un debate abierto y saturado de áreas de sombra en las que Leary no parece quedar muy bien parado. Por cierto, Leary no será el primero que, fascinado por la experiencia visionaria, se lance a predicarla dejando de lado los contextos y protocolos exigidos para acceder a los bondades de este tipo de sustancias. Ahí estamos y ahí seguimos. Encallando en el escollo de la sobresaturación del imaginario y las fantasías narcisistas.
En fin, les dejo con este documental. A buen seguro si las investigaciones con los fármacos y sustancias visionarias terminan por cuajar la LSD de Albert Hofmann será una sustancia de referencia. Basta con atender a la personalidad de su descubridor y a las sabias indicaciones de este químico renacentista.
 
 
 
 

sábado, 11 de julio de 2015

Algunas notas sobre investigación psicológica de los fármacos visionarios




Tras la serie de entradas dedicadas al método científico quisiera lanzar una serie de reflexiones concretas, ordenadas en dos entradas, sobre la investigación psicológica de los efectos de los fármacos del género phantastica -que dijera Lewin-. Con el fin de clarificar la perspectiva propia de estas reflexiones apuntaré su significación estrictamente epistemológica, es decir, referida a esas cuestiones generales y de principio que determinan y troquelan los perfiles de la investigación psicológica. Esta primera entrada de la serie la dedicaré a la ponderación de paradigmas psicológicos específicos. En concreto me ocuparé del conductismo y del paradigma biologicista en tanto reconstrucción de la Psicología desde la Biología y la Neurofisiología. En la segunda entrada de la serie me centraré en las psicologías de corte hermenéutico para, finalmente, indicar el desafío teórico apuntado por la pluralidad de saberes que convoca la investigación de los efectos de los fármacos visionarios.

 
 
Vinculables con la Psicología, históricamente,  podemos distinguir perspectivas diversas que, por regla general, se han visto abocadas a un permanente choque de paradigmas; con todo el fragor y el conflicto que esto supone. Como ejemplos de estos choques de paradigmas podemos señalar el que confrontó y confronta a la Psicología experimental con las Psicologías hermenéuticas de orientación introspectiva y el choque que parece perfilarse entre el conductismo y el biologicismo emergente. Recordemos la radicalidad y la virulencia con los que Thomas S. Kunh describe las situaciones de choque de paradigma en su obra “La estructura de las revoluciones científicas”; situaciones en las que se confrontan concepciones del mundo y concepciones de la propia investigación sin que quepa conciliación alguna. Abordar esta situación de choque de paradigmas si algo nos exige es una atención al modo de conocer específico de estos paradigmas, a sus principios y a su perfil general.
 
 
1.- Psicología experimental y conductismo
 
La Psicología experimental adoptará como referente y modelo cognoscitivo el aportado por las ciencias naturales o fisicalistas. De hecho el calificativo de experimental apuntará al carácter experimental del método científico. Este intento de ordenar la Psicología desde el referente cognoscitivo que nos aportan las ciencias naturales continúa una importante tradición que se remonta al pensamiento ilustrado y a esa atención preferente por el fenómeno que, en palabras de Ernst Cassirer, caracterizaría la Ilustración. En el caso de un paradigma de psicología ordenado desde tales a prioris de lo que se tratará será de delimitar un fenómeno lo suficientemente mensurable y medible como para poder cuantificarlo y reducirlo a variables matemáticas.

Esta manera de entender la psicología encontrará en el conductismo una referencia nítida de ordenación de la disciplina psicológica. El gran mérito del conductismo, su principal aportación, será ser capaz de fundamentar la autonomía disciplinar de la Psicología desde una perspectiva experimental que toma como referencia metodológica a las ciencias fisicalistas. Para ello el conductismo deberá encontrar un objeto de estudio nítidamente observable, medible y cuantificable. Ese objeto de estudio será la conducta en tanto fenómeno formalizable a partir de cálculos estadísticos. La conducta y los modos en que ésta varía ante los diversos estímulos o contextos existentes –por ejemplo, ante la ingesta de sustancias- será pues el objeto de estudio del conductismo.
Se ha criticado al conductismo, además de por las limitaciones que ofrece la propia estadística, por el hecho de que su campo -el de la conducta- quede, de suyo, abierto a haces de causalidad y a esferas que transcienden la conducta en lo que sería un medio psicológico interno –el de la vida anímica- que los estudios estadísticos no serían capaces de penetrar. Esto no le resta valor ya que su programática lo que intenta hacer valer es la esfera propia de una Psicología Experimental que se dota de un método propio -el cálculo estadístico- y de un campo de estudio propio -la conducta- en tanto manifestación externa de ese medio interno. De ahí que pueda afirmarse que el conductismo construya una Psicología experimental que adapta, atendiendo a circunstancias específicas, el método científico-experimental a la investigación psicológica.
Como podemos constatar el conductismo supone un planteamiento razonable a la hora de perfilar una Psicología experimental que tome como modelo la referencia epistemológica de las ciencias fisicalistas. No olvidemos que el medio interno –la esfera de lo anímico- del que dependería la conducta no es mensurable ni matematizable atendiendo a las exigencias del método científico. De ahí que la conducta, por ser observable y cuantificable, sea el objeto de estudio.
En relación a la investigación de los fármacos visionarios los estudios de corte conductista atenderán a los cambios y al estado psicológico que observamos entre quienes ingieren estas sustancias -atendiendo a contextos específicos-  a través de una comparativa con quienes no lo hacen. La delimitación de los grupos humanos que se estudien deberá ser rigurosa y estar bien acotada atendiendo a criterios específicos. Algo especialmente interesante de este método de investigación será que al ponderar directa o indirectamente determinados contextos de uso nos podrá indicar referencias antropológicas y contextos precisos en relación a un uso más idóneo de los fármacos visionarios. La metodología conductista, en realidad, no se adentrará en las causas de los beneficios que pudieran asociarse al uso de sustancias visionarias en ciertos contextos –no podría hacerlo por quedar su campo causalmente abierto- sino que se centrará en constatar esos beneficios. Este método de investigación ha aportado y aporta referencias y contenidos de enorme valor.
 
2.- La cuestión del biologicismo: exposición crítica
De entre los diversos paradigmas que confluyen y se confrontan en el ámbito de la Psicología podríamos apuntar a una determinada manera de entender lo anímico o lo psíquico desde lo biológico. En virtud de esta perspectiva toda la fenomenología psíquica, en última instancia, sería explicativamente reducible a variables bioquímicas y neuronales. Así lo mental y la conciencia quedarían en función de lo cerebral. Esta perspectiva, en palabras de Mario Bunge, supondrá considerar el psiquismo como un epifenómeno dependiente de lo neuronal.
Conviene advertir que la presentación que hace Bunge del paradigma biologicista no niega toscamente la existencia del psiquismo tal y como han llegado a hacer los biologicistas más furibundos y más ágrafos, acaso sin detenerse a pensar siquiera qué quisieran enunciar. En este sentido la de Bunge es una exposición que tiene una determinada madurez expositiva. Con todo, para este biologicismo, intelectualmente elaborado, la causa subyacente a todo fenómeno psíquico, la referencia que lo explica de un modo completo en tanto pauta explicativa general que totaliza y reduce el fenómeno a sus propias variables, pertenecería al orden biológico.
Como se hace muy evidente desde esta perspectiva la Psicología sería reducible, en términos generales, a la Biología. Hasta el punto que el campo de estudio y el método propio de la Psicología serían directamente los de la Biología.
Esta corriente encuentra sus precedentes más inmediatos –no podría ser de otra manera- en la biología de corte mecanicista, en la llamada “psiquiatría basada en la evidencia” (neurológica o bioquímica) y en las corrientes más reduccionistas de la llamada neurociencia. Con todo, la gran referencia teórica será ese mecanicismo en virtud del cual la vida de los cuerpos sería explicable apelando a la mecánica fisiológica. En el caso de la biología el origen del mecanicismo se remontará al siglo XVIII. Por expresar toda una época y una mentalidad este origen será indesligable del tópico científico-cultural del hombre-máquina enunciado hacia 1750 por La Mettrie en su obra “El hombre-máquina”.
Desde el punto de vista de la investigación de los efectos de los fármacos visionarios este enfoque supondría atender, principalmente, a las investigaciones farmacológicas y neurológicas. De esta manera cualquier beneficio del uso de estas sustancias dependería de la modificación de equilibrios bioquímicos, en última instancia, atribuibles a la mera ingesta del fármaco. Efectivamente, reducir los efectos de los fármacos visionarios a determinadas variables bioquímicas o neurológicas presupondría que la mera ingesta del fármaco visionario, de un modo mecánico, será lo que dé cuenta de la aparente complejidad de sus efectos y de sus posibles beneficios.
Esta perspectiva, biologicista y neurocéntrica, dejaría de lado la atención a la relevancia de factores singulares que empíricamente se nos revelan como decisivos a la hora promover los efectos beneficiosos de la ingesta de fármacos visionarios. Me refiero a factores puramente cualitativos como son las referencias antropológicas, los marcos culturales, rituales o formales de la ingesta, las cosmovisiones y circunstancias personales del experimentador, los recursos que éste pueda movilizar a la hora de asimilar y tomar conciencia de la experiencia o los contextos que puedan facilitar la integración de la misma…
Criticar la “Psicología” de corte biologicista no supondrá, en modo alguno, poner en cuestión la gran importancia de la farmacología o de la neurofisiología. La farmacología, con su propio método y esfera experimental tiene, de hecho, una importancia decisiva en la investigación de los fármacos visionarios. No se trataría pues de criticar la farmacología sino de criticar la reducción de las investigaciones psicológicas a este enfoque fisicalista en el que ante la ingesta de una sustancia solo se atenderá a esa dimensión farmacológica y neurológica. En realidad criticar la “Psicología biologicista” o “Neuropsicología” lo que pretenderá será reivindicar un espacio específico para las investigaciones psicológicas autónomo respecto de la neurofisiología y la farmacología.

Finalmente, un importante matiz; esta pretensión de reducir lo psíquico a lo biológico lejos de ser una elaboración científica postulada por la farmacología será una programática postulada, especialmente, por ciertos psicólogos en su desmedida exigencia de asimilar la Psicología con las llamadas ciencias duras.
 
En relación a la crítica del neurocentrismo y del biologicismo me remito a la entrada Marino Pérez y el efervescente mito del cerebro creador. Sobre este tema me limitaré a apuntar que esta crítica, evidentemente, no niega que todo lo relacionado con la conciencia tenga un determinado correlato fisiológico. La cuestión que se plantea es si lo fisiológico recapitula y explica causalmente los hechos de conciencia de tal suerte que lo mental pueda ser explicativamente reducido a lo neuronal. En tal caso lo neuronal nos daría una respuesta completa que totalizaría cualquier fenomenología anímica…. Lejos de lo dicho, lo cierto, es que plantear estas cuestiones parece revelarnos la obstinación de lo mental en no dejarse reducir a lo cerebral a la hora de ser explicado y comprendido. Otros factores y otras variables reclaman atención a la hora de entender las causas que explicarían la fenomenología anímica.
 
La tesis bio-psico-social de Marino Pérez según la cual la vida anímica respondería a la interacción compleja de lo neuronal, de lo social y cultural y de factores biográficos puramente personales apunta satisfactoriamente a la complejidad de la propia conciencia y a esa obstinación de lo mental en no dejarse reducir a lo neuronal. Desde esta perspectiva todo hecho de conciencia tendrá, efectivamente, un correlato fisiológico aunque los hechos de conciencia no serán comprensibles ni entendibles sin apelar a ese paradigma de complejidad. En sintonía con el mismo los hechos de conciencia y cualquier fenomenología anímica, para ser explicada, deberá atender a la inter-relación compleja de lo cerebral, de los socio-cultural y de lo psicobiográfico.
 
 
2.1.- El biologicismo y su ascenso

El contexto de irrupción de esta Psicología biologicista encontrará su causa en las tendencias que podemos observar en el seno de la Biología en las últimas décadas del siglo XX. En la misma reconocemos una determinada evolución hacia un paradigma crecientemente mecanicista. La intención será equiparar la biología con la física en tanto ciencia fisicalista por excelencia en cuyo seno cristaliza el método científico. El artículo de Fernando Colmenares Biología, Etología y Psicología: pluralismo, interdependencia y respeto (Cfr. Psicópolis. Jose Luis Romero Ed. Ed Kairos) en el que se trata este asunto de manera impecable y ahí remito al lector interesado. Esta tendencia que podemos observar en la biología -y que deja completamente de lado la atención a paradigmas de orden vitalista u organicista- afectará notablemente a la Psicología. Ponderemos que en relación a la conducta de los cuerpos vivos, hombre incluido, el mecanicismo vigente entenderá la conducta como mecánicamente determinada desde la esfera de lo biológico. Con lo que muy poco margen quedaría para apreciar la creatividad de los cuerpos vivos considerados en tanto sinergias autopoieticas y creativas capaces, en sus potencias adaptativas, de desbordar una referencia mecánica estricta. No olvidemos que para el paradigma mecanicista el cuerpo vivo toma como referencia explicativa el simil de la máquina.

Para la Psicología –o para algunos psicólogos- atender a la biología supondría acercarse a las ciencias fisicalistas y al emblema de cientificidad que ansía para sí la institución psicológica académica –básicamente por cuestiones de poder y prestigio social; nada que tenga que ver con criterio teorético alguno-. Esto será lo que la llevará a pugnar por asimilarse al panorama que podamos observar en el contexto de las llamadas ciencias duras; precisamente por querer equipararse a las mismas y por buscar su reconocimiento. De ahí que constatemos el surgimiento de una Psicología acentuadamente biologicista de corte mecanicista por mucho que ese biologicismo cuestione la existencia de la Psicología como disciplina autónoma. Lo dicho no deja de resultar llamativo ya otros paradigmas existentes en la Biología -reivindicados al día de hoy por gentes como Sheldrake, Fritjof Capra, Francisco Valera o Humberto Maturana y también desde cierto neolamarckismo reconocen esa esfera de creatividad de los cuerpos vivos irreductible al símil mecánico. Precisamente esa creatividad que en el caso del hombre -y ya fuera de la Biología- ampararía la apelación ámbitos como el psicológico o el antropológico.
Algo similar le ha sucedido a la psiquiatría en la eclosión de la llamada “Psiquiatría basada en le evidencia” según la cual cualquier trastorno anímico quedaría referido a desequilibrios bioquímicos o neurológicos. Análogamente a lo que pretende la Psicología, la Psiquiatría biologicista, intenta así paliar lo que consideraría sus insuficiencias intentando asimilarse al resto de ramas médicas. A partir de este giro mecanicista que observamos en la biología, en la Psiquiatría y en la Psicología entenderemos ciertos deslumbramientos, a veces muy primarios y elementales, por la llamada neurociencia.
En relación a lo dicho aclaro que no menosprecio en absoluto el enorme valor que tienen los estudios e investigaciones sobre el cerebro. Hasta el punto de considerar que el siglo XXI muy probablemente sea el siglo del cerebro. Otro tema será el marco de comprensión e interpretación, es decir, el marco y los principios -el paradigma en suma- a partir del cual se entiendan y ordenen esas investigaciones.
 
2.2.- Biologicismo e investigación
En el ámbito de la investigación de los efectos de los fármacos visionarios el giro mecanicista que se observa en las últimas décadas del siglo XX ha dejado estas investigaciones en una situación muy delicada. No olvidemos que a partir de tal giro será la propia Psicología académica la que entienda los posibles efectos beneficiosos de estas sustancias desde una perspectiva biomédica y estrictamente farmacológica, es decir, atendiendo a ese paradigma mecanicista que solo entenderá esos beneficios desde los equilibrios y modificaciones bioquímicas que facilita la simple ingesta de dichas sustancias. Lo que, como ya he indicado, deja de lado la atención a determinados factores de orden cualitativos en el primado absoluto de esta mecánica biológica.
Todo este revival mecanicista que observamos en las últimas décadas y que, por lo demás, retrata y expresa muy bien la evolución general de la cultura y de las mentalidades en ese mismo tiempo, se ha configurado como uno de los problemas más importantes que la investigación de estas sustancias debe afrontar. Consideremos que la investigación precedente fue evolucionando desde el paradigma biomédico de los años veinte, incapaz de simplemente reconocer los efectos de los fármacos visionarios al contemplarlos como simples psicosis sobrevenidas farmacológicamente. Desde esta perspectiva, estrictamente biomédica, se fue avanzando en la dirección de un reconocimiento progresivo de todos los factores de índole cualitativo, tanto terapéuticos como formales o, incluso, rituales, que servían de contexto a las transformaciones personales y catarsis que se observaban en ciertos experimentadores. Tal fue la evolución que vio nacer la llamada escuela psicolítica y su pretensión de integrar este género de experiencias en el contexto de una terapia analítica. O de la escuela catárquica en el reconocimiento de la posibilidad de importantes catarsis personales tras la toma de estas sustancias y en su indagación sobre el marco y los contextos que facilitarían esos procesos de transformación personal. O del propio Grof en su pretensión de síntesis de las escuelas precedentes en su valoración de la esfera terapeútica como modo de integración a medio y largo plazo de las tomas de conciencia subyacentes a esas catarsis…
Toda esta tendencia es simplemente irreconocible desde la perspectiva biologicista y biomédica. De ahí la catástrofe que supone encajar las investigaciones sobre enteógenos en los departamentos de psicobiología de las facultades de Psicología. Y digo catástrofe por el gran paso atrás que supone. Liberar las investigaciones psicológicas sobre estas sustancias de las estrechas miras de los departamentos de Psicobiología –o al menos la flexibilizar esas investigaciones- será la condición para que determinados factores cualitativos puedan ser reconocidos y evaluados.
 
3.- Breve sobre Psicología cognitiva-conductual
Un apunte más. La psicología cognitivo-conductual como modelo teórico no tiene sostén epistemológico alguno ya que la apelación a la metáfora del ordenador es un auténtica agresión contra el método científico ya que éste no incorpora el pensamiento analógico y mucho menos lo metafórico en su racionalidad o en su método. Las investigaciones hechas desde dicha perspectiva, apelando a una matematización inspirada en la matemática computacional, solo pueden ser calificadas de pintorescas y extravagantes además de acientíficas.

lunes, 15 de junio de 2015

Entrevista a Juan Carlos Ruiz Franco (autor de "Albert Hofmann: Vida y legado de un químico humanista")

Personalmente considero que la figura de Albert Hofmann se irá agrandando con el tiempo; por su propia talla humana, por las sendas e intuiciones que nos indica y por el descubrimiento de los efectos de la LSD, un fármaco visionario netamente europeo vinculable con nuestra propia tradición cultural. Por el descubrimiento de este fármaco visionario y, no solo, sino también por el meritorio reconocimiento de sus efectos y de su valor. Esté seguro el lector que la mayoría de los experimentadores que hubiesen pasado por un trance así, sin ausencia alguna de referencias, poco más habrían transmitido del mismo que haber padecido una experiencia de locura transitoria. De hecho, en esa misma época, el paradigma biomédico al uso no pasaba de considerar los fármacos visionarios como inductores de psicosis y esquizofrenias... Y, en buena medida, así seguimos; enfangados en paradigmas y programas de investigación inadecuados a la hora, si quiera, de reconocer la complejidad de los efectos de estas sustancias. Lo dicho, por cierto, nos introduce, al gran valor del legado de Hofmann: Ser capaz de integrar la ciencia más rigurosa con la riqueza de criterio -hermenéutico y existencial- que promueven las humanidades. Y es que para este químico suizo -y en la línea de lo apuntado por Juan Carlos Ruiz Franco en esta misma entrevista- la LSD será tanto un objeto de conocimiento como tendrá relevancia cognoscitiva.
 
En esta línea de reconocimiento del legado de Albert Hofmann la presente entrada del blog recoge la entrevista que he realizado a Juan Carlos Ruiz Franco, autor de la excelente biografía de este químico suizo, recién publicada, con el título: "Albert Hofmann: Vida y legado de un químico humanista". Un trabajo prolijamente documentado que atiende tanto a la biografía personal e intelectual de Hofmann como a la historia cultural de la LSD. Lo primero nos permitirá un acercamiento efectivo a ese Hofmann capaz de calibrar la riqueza del tipo de ebriedad ante la cual se encontraba. Lo segundo nos dará muestra del contexto histórico y sociopolítico de la sustancia hallada por Hofmann –la dietilamida del ácido lisérgico-. De esta manera los diversos registros asociados a tal descubrimiento se nos harán explícitos. En este sentido quiero destacar y reivindicar la condición de filósofo de Juan Carlos Ruiz Franco y el criterio hermenéutico –de síntesis y, también, de análisis- que recorre toda la obra. No estamos pues ante una mera crónica biográfica. Más bien quedamos confrontados con una obra original que sirve de acicate al pensamiento y a la reflexión del lector. Finalmente; en la obra encontramos una sección de apéndices con diversa documentación de enorme valor. Diversos textos de Hofmann –entre ellos la importante conferencia que dio Hofmann en los curso de Verano de El Escorial en 1990-, el clásico sobre el potencial espiritual de la LSD de Panhke, diversos textos de Huxley y de Ginsberg -en concreto su poema dedicado a su vivencia de la LSD- o la entrevista a Hofmann realizada por Escohotado a mediados de los ochenta. Todo ello nos permitirá profundizar aun más en este autor. Ahí van las palabras de Juan Carlos.
 
 
 
(1) En el título de tu libro calificas a Albert Hofmann de humanista. Efectivamente el descubridor de la LSD era una persona de considerable fuste cultural. Colocado en una encrucijada de gentes de indudable talla como, por ejemplo, Ernst Jünger, fue capaz de reconocer y valorar en profundidad la experiencia que tan sorpresivamente tuvo. ¿Hasta qué punto la formación humanística de Hofmann nos da una decisiva clave de interpretación del descubridor de la LSD?

J.C RUIZ FRANCO: En primer lugar, debo decir que el título no lo elegí yo, sino el editor, pero ciertamente hace honor a Hofmann, así que me parece acertado, si bien habría que especificar a qué nos referimos con el término “humanista”, que puede referirse a un miembro del Partido Humanista; a un defensor de los tres Manifiestos Humanistas (o de alguno de ellos), que tienen un claro matiz religioso, una religión en torno al ser humano; a un defensor de la Declaración Humanista Secular, de Paul Kurtz; al humanismo como opción opuesta al teologismo, una disputa que para cualquier antidogmático es agua pasada, pero que los católicos consideran vigente, especialmente en los libros de texto con los que inculcan a los más jóvenes sus dogmas, entre ellos la adoración de su dios, frente a la supuesta adoración del hombre en que incurre el humanismo, según ellos poniendo al súbdito en el pedestal, después de quitar de él a su Señor.

No nos dejemos engañar por las palabras y por su polisemia; no hagamos de ellas una nueva religión. El humanismo de Hofmann hace referencia a la influencia que sobre él tuvieron las Humanidades, las disciplinas que, frente a las ciencias más “duras”, estudian los diversos aspectos relacionados con el hombre, que es sujeto y objeto de las mencionadas disciplinas. Por eso, partiendo del debate de las dos culturas de Snow, son estudios humanísticos la filosofía, la historia, la literatura, las lenguas clásicas, etc. Una dicotomía que, por cierto, no es ni mucho menos original de Snow, sino de Dilthey, el autor que quiso dar a las materias humanísticas un estatus de científicas, si bien mediante procedimientos distintos a los de las ciencias naturales, dada la diferencia de contenidos. Por cierto, discípulo de Dilthey fue Rudolf Steiner y, aunque se trate de un tema poco –o nada- documentado (sólo tengo una referencia, la que hizo Lee Martin, autor del libro Sueños de ácido, en una entrevista), parece ser que Hofmann era seguidor de la antroposofía de Steiner, lo cual conlleva mucho, pero nos limitamos a citarlo en lo que concierne a la distinción entre ciencias naturales (ciencias “duras) y ciencias humanísticas (ciencias del espíritu o ciencias “blandas”).

Volviendo a Hofmann, me parece evidente, haciendo un repaso de toda su carrera, la influencia de las humanidades sobre su pensamiento y su quehacer, sobre su teoría y su práctica. Por un lado, debemos tener en cuenta que, antes de comenzar la carrera de Química, él no había cursado un bachillerato de ciencias, sino un bachillerato de humanidades, en concreto, lo que entonces se llamaba en suiza “bachillerato de latín”, por influencia de la gran importancia que a los estudios clásicos se daba en la vecina Alemania. De hecho, que decidiera matricularse en Química en la universidad fue una sorpresa para todos, y es de suponer que tuviera que dedicar todo un verano a aprender los fundamentos de una ciencia que aún le era ajena. Y tan bien debió aprovechar ese aprendizaje autodidacta que consiguió el doctorado en poco más de tres años. También es lógico que quien pudo estudiar por su cuenta toda la educación secundaria mientras trabajaba en una fábrica para mantener a su familia, gracias a los materiales que le iban pasando los amables profesores, por fuerza tenía que brillar cuando la enseñanza fuese presencial y pudiese tener a mano a los docentes.

La gran pregunta es: “¿Por qué decidió cursar la carrera de Química y no, por ejemplo, la de Bellas Artes, que es a lo que parecía estar destinado?”. Su respuesta, muchos años después, pero afirmando que también la dio en ese momento de su juventud, es que sus experiencias espirituales le habían llevado a preguntarse por la esencia del mundo, por aquello que subyace a las apariencias que nos muestran los sentidos. Ninguna persona que haga un buen uso de su razón pensante, que tenga experiencias extra-cotidianas, o que se dedique a la Filosofía o a alguna rama de la Física teórica puede creer que la realidad es lo que le entra por sus sentidos. Sin necesidad de ninguna tendencia espiritual, sino con sólo tener una mínima formación sobre el funcionamiento de los sentidos, de cómo se forman las percepciones y cómo el cerebro interpreta lo que le llega a través de los nervios que proceden de los órganos de los sentidos, basta para saber que lo que percibimos no es la realidad, sino sólo la forma en que nuestro cerebro nos muestra la realidad, la apariencia construida por nuestro cerebro al interpretar los datos que le llegan del exterior. Hofmann, sin ser especialista en Filosofía (se dedicó a ella en serio después de jubilarse y consiguió una excelente formación filosófica a partir de finales de la década de los ochenta y comienzos de los noventa, cuando nuestro Antonio Escohotado, su “hijo espiritual”, filósofo profesional, le guio en sus lecturas aprovechando lo que el sabio suizo ya conocía, no sólo gracias a sus lecturas, sino a sus experiencia directa y a su gran intuición) era consciente de que no podemos captar la esencia del mundo con los órganos de los sentidos, sino que era necesario cierto trabajo, tanto teórico como práctico. Y según parece, un profesor de Filosofía de la academia donde estudió para el examen de acceso a la universidad le aconsejó que estudiase Química, ya que de esa manera accedería a la esencia del mundo, una vez supiera lo suficiente como para conocer la composición de los entes que componen la realidad. Se supone que ese profesor pensó que, a partir de los experimentos científicos y las experiencias personales que tuviese estudiando esa carrera, mediante un proceso de generalización podría saber en qué consiste realmente el mundo.

Dando un gran salto en el tiempo, su amor por las Humanidades -y más en concreto por la forma de investigación en éstas, que suele conllevar un sano escepticismo- se hizo patente en el momento cumbre de su vida. Después de haber sintetizado la LSD en 1938, sin saber qué se traía entre manos, como uno más de los derivados del ácido lisérgico, el que ocupaba el puesto número 25 –de ahí el nombre de “LSD-25”-, el departamento encargado de probar los compuestos, al hacerlo en animales no pudo detectar nada especial en la nueva sustancia. Es decir, actuando de acuerdo con lo estipulado por la química pura y dura, el compuesto no presentaba nada especial y no aportaba nada a la farmacología. Pero Hofmann se dejaba llevar por los presentimientos, y no en vano siendo niño había tenido ciertas experiencias visionarias que influyeron en su forma de contemplar el mundo. Guiado por ese presentimiento, volvió a sintetizar la LSD-25 el 16 de abril de 1943, momento en que experimentó unas sensaciones extrañas, acompañadas de mareo y ciertas visiones no desagradables que le obligaron a interrumpir su trabajo y marcharse a casa. Al volver al laboratorio el 19 de abril, lunes, hizo lo que ningún “científico duro” habría hecho. Alguno de esos investigadores al uso habría pensado simplemente que había sufrido algún trastorno pasajero y la historia habría acabado ahí; pero Hofmann sospechó que ese estado extraño tenía algo que ver con lo que estaba sintetizando. Una vez desechada la posibilidad de que hubiera sido el disolvente, sólo quedaba la misma sustancia –que habría penetrado a través de alguna herida abierta o al frotarse los ojos-, así que, ni corto ni perezoso, ese mismo día se dispuso a realizar un auto-ensayo con una dosis que entonces le pareció pequeña: 250 miligramos de tartrato de dietilamida de ácido lisérgico. La cantidad era en realidad bastante elevada, así que tuvo todo un señor viaje, el primer viaje de ácido de la historia, con algunos momentos claramente negativos. Una vez pasados los efectos, reflejó todo en el cuaderno de laboratorio, y con ello puso fecha de nacimiento. El carácter humanista de Hofmann, su inclinación por las ciencias del espíritu, el hecho de que hubiese estudiado Química no por amor al simple experimento práctico, sino con un propósito filosófico, es lo que le permitió sospechar que en esa sustancia desconocida había algo especial. Cualquier químico “hard-head” ni siquiera habría vuelto a sintetizar la sustancia por haberla desechado el departamento farmacológico unos años atrás. Un “hard-head” nunca habría pensado que una sustancia podía hacer efecto a dosis infinitesimales, de forma que, incluso trabajando con todas las medidas de seguridad, podía penetrar en su cuerpo y ejercer sus característicos efectos. Sólo el humanista Albert Hofmann podía pensar eso. Por tanto, el azar (o el destino, según sean las creencias de cada uno) quiso que la persona correcta estuviese en el sitio más adecuado, en el preciso momento en que la LSD se dejó notar en un cuerpo humano.

(2) En el libro haces referencia al artículo de Antonio Escohotado de la Revista de Occidente, en el que valora los efectos de la LSD desde un punto de vista estrictamente filosófico. Tú eres filósofo. Como filósofo, ¿qué te suscitan las experiencias con la LSD y sustancias afines?

J.C RUIZ FRANCO: Filosofía es amor por el conocimiento, que por supuesto no siempre tiene por qué ser teórico, sino que también tiene su vertiente práctica; si bien los filósofos debemos reconocer que hemos hipertrofiado la faceta teórica, y cuando hemos hablado de la parte práctica normalmente nos hemos referido al estudio (de nuevo teórico) de la moral, es decir, a la ética. Por eso hay veces que creo que somos un poco monotemáticos, aunque el campo del conocimiento sea inmenso. Pero como insistimos tanto en la importancia del conocimiento puro y nos desentendemos de lo más habitual, de lo más cercano a la realidad cotidiana, me resulta inevitable hacer a veces esta reflexión, sin que ello suponga una crítica.

La filosofía es amor por el conocimiento (entendido como producto ya elaborado, el conocimiento como sustantivo; pero también entendido como el mismo proceso de elaboración, el conocer como verbo), y los psiquedélicos pueden ser tanto objeto como sujeto del conocimiento, es decir, pertenecer al “conocimiento” como sustantivo y ser un tema susceptible de ser estudiado (los psiquedélicos como materia, igual que lo es la historia o la literatura: su estructura química, su acción sobre el organismo humano, sus efectos, las consecuencias que conlleva su consumo, los beneficios o perjuicios que nos pueden traer, etc.), pero también formar parte del sujeto que conoce, en la medida en que una persona puede tomar un psiquedélico, el cual pasa a formar parte de su ser, ya que la droga no queda integrada en el organismo: no es como los alimentos, que pasan a formar parte del tejido proteico o que se almacenan en forma de glucógeno o de grasa, sino que ejerce su acción permaneciendo inalterada en el organismo, o como mucho se transforma en algún metabolito o subproducto de la sustancia original.

El psiquedélico influye sobre el cerebro humano de una u otra manera, y modifica la forma de pensar, de sentir, de percibir, de relacionarse con los demás, de amar, etc. Es decir, el psiquedélico se integra en nuestro ser y configura un modo peculiar de conocer; se convierte en sujeto, y como tal nos aporta un conocimiento (ahora entendido como producto elaborado) distinto del que tendríamos si no nos lo hubiésemos administrado, si hubiésemos permanecido en estado de sobriedad. A eso me refiero con que los psiquedélicos son también sujetos del conocimiento. En conclusión, son un objeto de estudio legítimo (conocimiento como producto, como sustantivo), además de sujeto del proceso de conocer (conocimiento como verbo).

Es evidente, por tanto, sin necesidad de más explicaciones, que para mí son importantes como filósofo que soy, porque, por una parte, los estudio, experimento con ellos y después escribo sobre el resultado de mis estudios y de mis experiencias. Y en este sentido me parece innegable esa importancia –debido a su ubicuidad a lo largo de la historia- que tienen y que seguirán teniendo en todo tipo de cultura, tal como lo demuestra la historia (el pasado) y la simple observación de la actualidad (el presente). ¿Por qué va a ser distinto el futuro si todas las demás variables permanecen inalteradas? Lo que se necesita precisamente es fomentar ese estudio, para que los seres humanos, como consumidores innatos de drogas, lo hagan de la mejor forma posible, siempre para beneficiarse y nunca para perjudicarse.

En cuanto a la otra faceta, me declaro consumidor de drogas a diario, tal como lo es la mayor parte de la población mundial, que, aunque no tome ninguna sustancia ilícita, sí que consume café, alcohol, tabaco o medicamentos, es decir, drogas legales. Pero bien, digamos que soy consumidor diario de sustancias no muy convencionales que se pueden catalogar como uppers o downers, según me interese o necesite un poco de estimulación o un poco de tranquilidad. Sin embargo, como la pregunta era sobre las sustancias afines a la LSD, es decir, los psiquedélicos, mi respuesta es que los tomo con no excesiva frecuencia, y que me los reservo para esos momentos en que quiero contemplar algún tema, investigación o asunto personal desde otra perspectiva; o bien en las ocasiones en que, para el mismo propósito, deseo aprovechar la energía que aportan, la cual ayuda en el proceso de deducción y en la extracción de conclusiones.

O incluso cuando estoy estudiando a un autor, no acabo de ver claro algún aspecto teórico suyo, no por falta de comprensión, sino porque tengo la impresión de que necesito situarme en su mismo ambiente, en cierto modo ser él: en esos casos hay sustancias que me aportan la empatía suficiente como para lograr imaginarme que estoy en su lugar, que soy él mismo, y cuando alcanzo ese estado aprovecho para plantearme la cuestión que hasta entonces no tenía clara. Por supuesto, para lograr este efecto tengo que estudiar antes los pormenores de su vida, de su personalidad, del lugar donde vivió, de la gente que le rodeaba... Una vez conocidos estos detalles, los imagino estando bajo los efectos de ciertas sustancias, digamos que me meto en el personaje, me hago la pregunta crítica, planteo las diversas ramas de razonamiento posibles, me centro especialmente en la que defendía mi autor modelo, y después de dar vueltas al asunto, en ocasiones durante horas, todavía en ese estado, extraigo las conclusiones finales. Y si coinciden con lo que mi celebridad estudiada defendió en sus escritos, entonces puedo decir que por fin he entendido esa teoría.

Se trata de una aplicación práctica (ahora ya sí por fin) que considero muy útil para entender tesis que hasta entonces podía saber, pero no compartir o comprender por completo; y de este modo, ese poder empático propio de algunas sustancias me ayuda en mi eterno deseo de aprender.

A algún lector tal vez le parezca algo raro, y alguno incluso puede creer que estoy loco, pero, a sabiendas de que puedo equivocarme en mis razonamientos empáticos, puedo asegurar que hasta ahora me ha servido de mucho y animo a todos a ponerlos en práctica como una utilidad más de los psiquedélicos.

No obstante, soy consciente de que en el mundo en que vivimos, en el que las drogas se suelen considerar un vehículo de diversión o de evasión, y no de conocimiento, todo lo que digo puede chocar bastante con lo normalmente aceptado. Es más, debo decir que, cuando utilizo alguna sustancia no psiquedélica, sino un upper o un downer, normalmente lo hago para aumentar mi rendimiento, ya sea porque un poco de estimulación me permite concentrarme mejor y acelerar mi velocidad de lectura, de comprensión y de escritura, o bien porque algún estímulo externo no previsto, o que no depende de mí, me ha puesto nervioso y sé que un ligero toque de paz va a dejarme proseguir con mi trabajo. En resumidas cuentas, todo lo que he contado es mi relación con las drogas desde mi perspectiva de filósofo, una perspectiva que reconozco que es poco frecuente en el mundo en que vivimos. Sin embargo, no creo ser yo (y los que hacen cosas parecidas) quien se equivoque, ya que, por fortuna, tener la razón o no tenerla no es cuestión de estar en minoría o en mayoría…

(3) Me interesa mucho lo que has comentado de considerar a la LSD y a su experiencia no solo como objeto de conocimiento y estudio sino como sujeto de conocimiento. Coincido contigo en cómo estas experiencias puedan abrir nuevos modos de comprensión de muchos problemas filosóficos o enriquecer la perspectiva sobre diversos autores. Esta dimensión, digamos cognoscitiva de las experiencias con la LSD y otros fármacos visionarios, la creo especialmente relevante a la hora de señalar los posibles beneficios de estas sustancias. Entre otras cosas por promover el refinamiento de nuestra capacidad de comprensión y de vida. No olvidemos que la filosofía clásica apuntaba a un mejor vivir y a esa dimensión práctica de la filosofía que has reivindicado. Por lo demás en la sociedad actual las sustancias modificadoras de la conciencia suelen asociarse bien al ocio -o lo lúdico-, bien a la clínica –o, al menos, a la terapia-… Usos, por lo demás, muy legítimos. Con todo, no termino de ver cómo esa perspectiva cognoscitiva pueda ser, siquiera reconocible, a no ser que en la versión paródica y degradada de la New Age y sus neochamanismos de baratillo. En relación a lo dicho siempre me he planteado cómo podría delimitarse cierto reconocimiento social de lo que apuntas..."

J.C RUIZ FRANCO: Esa es lo que se suele llamar “la pregunta del millón”. Debemos reconocer y partir de la base de que quienes defendemos el libre consumo de todo tipo de sustancias, junto a un uso racional y dentro del enfoque que he comentado, estamos en abrumadora minoría en esta sociedad. Si contásemos a todos los partidarios del libre consumo seríamos muchos más, pero es evidente que en este saco hay varios especímenes, de los cuales el más común es quien reivindica su derecho a divertirse o entretenerse del modo que desee. Por supuesto, no tengo nada en contra de quienes obran impulsados por motivaciones de este tipo y es indudable que –a no ser desde posiciones fundamentalistas, estatalistas, desde las poltronas de quienes viven del tinglado de la prohibición, o desde la ignorancia de quien ha asimilado inconscientemente lo que nos llevan repitiendo, día tras día, desde hace mucho tiempo– a nadie se le puede coartar la libertad de administrarse lo que le venga en gana, siempre que no dañe a otro.

El problema es que el consumo con poca información, y relacionado principalmente con el ocio, es el que suele tender más al abuso, y ello da pie a que los prohibicionistas hagan el retrato-robot del defensor de la normalización de las drogas. La alerta injustificada de las autoridades de orden público y sanitarias –si de verdad se preocupan tanto por la salud pública, ¿por qué no prohíben, por ejemplo, el tabaco, que causa una cantidad de problemas casi infinitamente mayor que las drogas ilegales?– la difunden y amplifican los medios de comunicación de masas, y el respetable ciudadano que sigue creyendo en las buenas intenciones de los gobernantes, y que no tiene suficiente formación histórica para saber que la prohibición es una anomalía histórica, se traga el cuento sin rechistar. Dentro de varias generaciones, al siglo XX y a la parte del siglo XXI en que siga vigente se les llamará “la Edad de la Ignorancia Farmacológica” o algo parecido, igual que a ciertas épocas las llamamos “Edad Antigua” o “Edad Media”.

Contestando a la pregunta, reconozco que no se me ocurre ninguna medida infalible para lograr ese reconocimiento, de forma que sea generalizado, que cale en toda la población y que los gobiernos no tengan más remedio que normalizar todas las sustancias psicoactivas, devolverles el estatus de cosas útiles que tenían antes de este maldito y malogrado experimento, en el que los experimentadores siguen sin reconocer que se equivocaron y no les importa llevarse por delante a quien sea antes que hacer honor a la verdad. Supongo que les ayuda el hecho de que la mayoría desprecie el conocimiento por amor al mismo conocimiento; porque, si esa mayoría se tomase la molestia de formarse e informarse bien, serían conscientes de la manipulación a la que se les está sometiendo, y no sólo en este ámbito, sino en muchos otros de la vida en sociedad.

Tal vez una de las mejores medidas sea que quienes hacemos un uso racional de las distintas sustancias, y que además somos amantes del conocimiento, no tengamos reparo en reconocer nuestra postura y en explicarla. Si la ciudadanía aún manipulada llega a contemplar continuamente que personas respetables –algunas con buen estatus– consumen todo tipo de drogas, y que lo hacen a conciencia y de manera racional, se irá disipando en la mente colectiva las imágenes más asociadas a los consumidores: el yonki y el joven fiestero. Y lo mejor es que nos vean, no que nos lean, no sólo porque esto último conlleva un esfuerzo que no muchos están dispuestos a hacer, sino porque ya sabemos que “una imagen vale más que mil palabras” y que esas imágenes quedan mejor grabadas que las palabras; de paso, no dependemos de que nos lean y quitamos a los más perezosos esa labor para ellos tan complicada. Resumiendo: sería cuestión de presentarse como consumidor de tal o cual sustancia en el mismo momento en que surja el tema, en cualquier momento, y de dar las explicaciones pertinentes, preferiblemente breves y sencillas. De ese modo, esos profesores, escritores, traductores, editores, artistas, cantantes, es decir, individuos con profesiones intelectuales, liberales o del mundo del espectáculo, quedarían asociados a algo que podía parecer tan terrible como el uso de drogas.

La medida puede parecer una bobada, pero creo firmemente que no lo es, que daría sus frutos, aunque no de la noche a la mañana. Sin embargo, no todos esos consumidores estarían dispuestos a salir del armario; pero debemos mentalizarnos de que es necesario hacer algo, contribuir a que la situación cambie de una vez. De lo contrario, como podemos comprobar en nuestro país, las condiciones de los consumidores va empeorando en lugar de mejorar; y de hecho, la nueva Ley de Seguridad Ciudadana impone fuertes multas por el simple hecho de ir por la calle llevando en el bolsillo una pequeña cantidad de cualquier sustancia ilegal.

jueves, 30 de abril de 2015

Método científico y estudios pluridisciplinares: La ciencia como lenguaje (III)


Continuamos con esta serie de entradas dedicadas a clarificar el discurso científico para finalmente postular la necesidad de una perspectiva de estudio multidisplinar capaz de reconocer diversas esferas de comprensión e investigación. Entiendo que para muchos seguidores del blog se haga árida esta temática en incluso off topic. Por mi parte considero esencial, en estos tiempos de marea alta de modos de un cientificismo vulgar -especialmente en ciertos entornos académicos-, saber reconocer el discurso científico para a partir de ahí postular la necesidad de los estudios pluridisciplinares en tanto referente elemental de todo método que pretenda investigar los efectos de los fármacos visionarios.

 
El discurso científico y sus enunciados no dejan de ser un lenguaje peculiar, en concreto, un lenguaje formalizado y elaborado por el hombre. A través del mismo queda expresada tanto la urdimbre de la naturaleza como el modo en que el hombre es capaz de conocerla. En este sentido es, también, un modo de expresión del hombre y de su modo de conocer.

En el lenguaje científico, como en todo lenguaje, encontraremos siempre un referente, esto es, el fenómeno estudiado que queda indicado y apuntado, en este caso, desde las representaciones y enunciados propios del método científico; un significante –las propias notaciones matemáticas y científicas- y, finalmente, el significado de esas proposiciones científicas. Estamos pues ante un lenguaje que traduce la realidad físico-natural que el hombre conoce[1].

El lenguaje científico es pues un lenguaje formalizado y construido por el hombre. Un lenguaje que responde al modo de conocer del hombre y a los procesos de formalización de los que depende ese conocer. A este proceso de formalización y matematización, es decir, a la aplicación de las exigencias y protocolos del método científico, responderá la construcción y el cincelado de los objetos de conocimiento propiamente científicos. Con todo, el lenguaje científico es algo más que una simple convención social tal y como propone la escuela convencionalista;  precisamente por reflejar el modo en que el hombre ordena y elabora la realidad con la finalidad de conocerla.

Respecto del fenómeno, el objeto de conocimiento que el método reconoce, será un modo de representación específico que responderá a la reducción analítica característica del propio método a partir de los principios y axiomas inherentes al mismo. Por eso siempre habrá –ya lo hemos indicado- una distancia entre el fenómeno observado y su representación. Consideremos que el conocer propio del método científico quedará prefigurado en los axiomas que aplicamos y en el cálculo de las variables cuantitativas a las que atendemos, quedando descartadas aproximaciones de otro orden e, incluso, variables de orden menor. La propia caracterización del método científico, en tanto método analítico-reductivo, da perfecta cuenta de lo dicho. Con vistas a una mayor fundamentación de lo afirmado me remito a la primera entrada de la serie.

Ponderar la distancia existente entre el fenómeno y su representación en los enunciados científicos –la representación no agota la totalidad del fenómeno- no será sino tomar conciencia de que la ciencia, antes que nada, es un lenguaje que como tal indica. Efectivamente, atendiendo a la propia naturaleza del lenguaje siempre habrá una distancia, un hiato, entre el lenguaje, sus modos de representación y el referente al que el lenguaje apunta. En el caso que nos ocupa tal distancia será la existente entre la estructura indicada para un fenómeno en el lenguaje científico y la propia complejidad y forma o figura completa del fenómeno. De esta distancia se deducirá la pertinencia y posibilidad de otro tipo de aproximaciones y modos de comprensión del fenómeno que puedan dar cuenta de otras perspectivas posibles. No habrá pues un isomorfismo literal e inmediato entre lenguaje científico y referente -lo mismo cabrá decir de todo tipo de lenguaje-. Consideremos que este isomorfismo supondría que las representaciones que sobre el fenómeno elabora el método científico tengan una forma idéntica al fenómeno cuando lo cierto es que el referente –el fenómeno- siempre quedará más allá. Con lo que su representación en el lenguaje nunca podrá acoger la totalidad del fenómeno ni ser un calco del mismo.

En conclusión, el lenguaje indica pero no suplanta a la realidad, ni la refleja como si de un espejo se tratara. En el caso del lenguaje científico éste apuntara, efectivamente, al fenómeno pero atendiendo a un modo de conocer específico que tendrá a su base esos principios y axiomas propios del método.

El epistemólogo y matemático J. Schwartz[2] nos advertirá con lucidez del desatino que supone pensar los enunciados básicos del lenguaje científico -y todo el proceso de matematización y de reducción analítica- como una traducción del fenómeno en términos literales e isomórficos capaz por eso mismo de acoger la figura o forma completa del fenómeno. Según su criterio una traducción literal “tendría la total exclusividad a la hora de conocer y comprender el fenómeno”; lo que para empezar tornaría irreconocible e implanteable toda perspectiva pluridisciplinar al hacer superfluas o marginales otras perspectivas de investigación y estudio... Desde el punto de vista de Schwartz esta pretensión aplicada al método científico, careciendo de base, producirá paradójicamente la ilusión de un enorme rigor y precisión. Esta ilusión encontrará su apoyo en la precisión aportada por la matematización propia del método científico en lo que sería una mala comprensión de esa matematización.

Para este matemático y epistemólogo, si no se quiere caer en costosos desórdenes epistemológicos, no podrá dejarse de lado esa distancia existente entre el fenómeno y su representación en la aplicación del método científico.  Efectivamente atendiendo al discurso de Schwartz, entre el fenómeno, de un lado, y las unidades de medida y las correspondientes hipótesis, de otro, habrá un determinado hiato. Tal hiato responderá al proceso de formalización del objeto de conocimiento científico mediante la aplicación del método.

Las complejidades y encrucijadas que suscita este hiato entre la realidad y el lenguaje científico no serán pocas. ¿Qué decir sobre la realidad y sobre su relación con las verdades y certidumbres científicas?. ¿La matemática se corresponde con el modo de conocer del hombre y de ordenar la realidad o bien con los equilibrios y armonías de una realidad absoluta?.. En este sentido Albert Einstein nos dirá: “En la medida en que las proposiciones matemáticas se refieran a la realidad no son ciertas; y en la medida en que son ciertas (matemáticamente) no son reales”. Con todo, de este carácter lingüístico de la ciencia, dependerá la intersubjetividad y comunicabilidad del discurso científico. No olvidemos el vínculo existente entre la matemática y el modo en que el hombre puede conocer la realidad.

El hiato y la distancia existente entre lo real y su traducción matemática -y también entre lo real y todo lenguaje- será una de las cuestiones epistemológicas más candentes. Esta cuestión exigirá la existencia de una “realidad en sí” susceptible de ser abordada desde perspectivas y lenguajes diversos pero que, como tal, siempre se retrae. Consideremos que ese hiato entre realidad y lenguaje es inherente al propio carácter del lenguaje en tanto sistema de representación integrado por significante, significado y referente. La representación no reproduce literalmente y en su completitud lo representado. Por eso mismo esa figura o forma total o completa del fenómeno será una noción-límite, meramente regulativa, del conocer del hombre. Como tal nunca se podrá brindar al conocimiento ya que, de suyo, se retrae no indicando objeto alguno.

En lo referente al método científico esta cuestión exigirá que la matemática quede acogida a como nos representamos el mundo, a cómo ordenamos el mundo a partir de nuestros procesos perceptivos y de entendimiento, esto es, a cómo conoce el hombre el mundo. Lo que no desdice, por lo demás, que la propia realidad se nos brinde matemáticamente en ese encuentro entre lo real y el hombre del cual depende el mundo humano en el que quedamos instalados.

Consideremos que la mirada del hombre no es ajena a la realidad sino parte de la misma... Un mundo con sus trazas de realidad, efectivamente, pero al tiempo una realidad a la medida del hombre que vendrá a ser elaborada –llegará a ser- a partir de su propio modo de conocer y percibir. Lo real, lo real como tal… Un concepto límite que siempre queda del otro lado…

Como se hace evidente para pensar la pluridisciplinariedad evitando todo tipo de talibanías o pasiones cientificistas –o del género que sean- un asunto decisivo será saber ponderar el carácter lingüístico del discurso científico y de todo discurso con pretensiones de veracidad. A la hora de abordar el método de estudio de los fármacos visionarios perder de vista esta pluridisciplinariedad condenaría las investigaciones a la más absoluta mediocridad.
 


[1] En lo dicho me remito a la semiótica y al desglose del signo en el referente extralingüístico, el significado y el significante.

[2] J. Schwart. “The pernicious influence of Mathematics on Sciencie”. A Froda, H. Margenau, J. Schwartz, J. A Wheller, “Symposium on the role of Mathematics in the formulation of physical theories” en Logic, Methodology and Philosophy of Science(proceedings of the 1960 international congress), ed. E. Nagel, P Suppes, A. Tarski, 1962, pgs, 340-374.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Método científico y estudios pluridisciplinares (II)


En este nueva entrada de la serie continúo con el acercamiento a la naturaleza del método experimental profundizando en ciertas temáticas –la cuestión del empirismo, la de la inducción, la de las hipótesis, la falsabilidad  y la de la idea de paradigma-  para a continuación entender la ciencia como lenguaje. Soy consciente de la aridez de la temática tratada. Con todo la creo de especial relevancia si queremos determinar la perspectiva propia del método científico para a partir de ahí ser capaz de pensar la ciencia. A partir de tal acercamiento, atendiendo a la propia naturaleza y principios del método experimental, podremos fundamentar la necesidad de otras perspectivas de investigación. Como ya he indicado el autor de este blog considera esencial hacer valer una perspectiva pluridisciplinar como base para el estudio de los fármacos visionarios.


(1) En lo referente a la cuestión del empirismo y al modo de observación propio del método científico es importante hacer un matiz. No estaremos ante una observación empírica [1] en sentido estricto, en el sentido que este término tiene filosóficamente hablando. Reparemos en que esa observación no apela a una atención sensualista, ni siquiera a la propia experiencia vital en un sentido amplio; apela a una observación mediada por el cálculo matemático y por instrumentos tecnológicos. De ahí que lo propio del método científico no sea lo experiencial sino lo experimental, esto es, la atención al experimento en tanto observación de la naturaleza mediada por diversos aparatos de medición y por la aplicación del cálculo matemático. Tal será el contexto de la afirmación de Gustavo Bueno de que el método científico no es empírico sino experimental –glosada ya en otra entrada-.

Del mismo modo será una necedad, una coloquialidad casi ágrafa, esa afirmación que, a veces se escucha, reservando el carácter empírico sólo a las disciplinas científicas… En realidad, lo empírico en su sentido más amplio, entendido como atención a la propia experiencia vital y a los procesos perceptivos del hombre, encontrará una importante esfera de elaboración en los discursos y las reflexiones humanísticas.

(2) En relación a la inducción –inducir: inferir leyes universales con capacidad predictiva atendiendo previamente a fenómenos y hechos particulares- ésta se reveló finalmente problemática para fundamentar teóricamente el método experimental ya que los proposiciones y enunciados alcanzados por la investigación praxis tenían cierta provisionalidad. Adviértase que tales proposiciones acusarán siempre esta provisionalidad en su dependencia de las capacidades tecnológicas y de observación existentes y, también, en su vínculo con los paradigmas y programas de investigación que puedan estar vigentes. Dicho de otro modo las proposiciones científicas podrán cambiar en el tiempo... Con lo que difícilmente podríamos hablar de inducción de leyes universales y generales... La conclusión de los debates teóricos se ha decantado por dejar en suspenso esa pretensión de inducción y la inferencia inductiva para pasar finalmente a entender las inferencias propias del método científico como inferencias experimentales. Tal inferencia corroboraría hipótesis con capacidad predictiva y no leyes generales.

(3) En relación a las hipótesis ya he indicado que su formulación y marco de comprensión dependerá de nuestras capacidades tecnológicas y de sus límites así como del paradigma vigente y del programa de investigación que se aplique. Con lo que siempre existirá esa provisionalidad. Esta provisionalidad nos revelará una determinada distancia entre las hipótesis propuestas y el ser o figura completa y total del fenómeno –la verdad del fenómeno-; la cual, de algún modo, siempre quedará del otro lado. En este sentido el propio Karl Popper, en el "Postcriptum a la lógica de la investigación científica", nos dirá que, brindándose un conocimiento de la realidad en la ciencia, éste no dejará de ser un conocer fragmentado, referido a aspectos concretos y revisable.

Así las cosas no deberá extrañarnos que el rango epistemológico y cognoscitivo de las hipótesis haya sido una cuestión muy debatida en el contexto de las reflexiones epistemológicas. Ya Aristóteles distinguió las hipótesis –un supuesto del que se extraen determinadas consecuencias- de las definiciones. A estas últimas reservaba el filósofo griego la capacidad de dar cuenta del significado y ser de algo; con lo que ya desde su primera formulación intelectual las hipótesis fueron entendidas desde cierta provisionalidad y relatividad. El mismo Newton en sus Principia Mathematica expresará serias dudas de que las hipótesis pudieran dar cuenta de la razón científica. Newton, para la ciencia, propugnaba una inducción de la que se infirieran leyes generales y no enunciados tan provisionales como las hipótesis. Una ley general, según su criterio, nítidamente verificable como verdadera o falsa apelando a la experimentación.

Es cierto que las hipótesis no pueden ser estrictamente verificadas –de las hipótesis no se puede decir con carácter universal y general que sean verdaderas o falsas ya que entonces no serían algo provisional- pero, al tiempo, no son ajenas al fenómeno aludiendo al mismo aun desde cierta distancia. De ahí que hayan pasado a considerarse como indispensables para la ciencia, en tanto explicaciones provisionales -en palabras de Ernst Mach-, ya que se ajustan a la perfección a la propia dinamicidad de la investigación científica. De hecho en la historia de la ciencia será algo de lo más común que las hipótesis vengan a ser suplantadas unas por otras o recontextualizadas en paradigmas o programas más amplios de investigación.

Siempre habrá pues una distancia, irreductible, entre la figura o forma completa del fenómeno, de un lado, y las hipótesis y proposiciones científicas, de otro. Por eso la pertinencia de apuntar a los fenómenos en tanto los referentes a los que se remite la investigación científica. El objeto no será pues ese referente. Recordemos que los objetos de conocimiento quedaran ya significados desde lo que el propio método es capaz de reconocer, es decir, los fenómeno físicos y naturales en tanto formalizables desde esa observación tecnológicamente mediada que apela al cálculo matemático. Con lo que el objeto que se reconoce responde ya a un modo de representarlo y a un modo de representarnos el mundo fenoménico que habitamos. A partir de la idea de representación el conocer científico y, en realidad, todo conocimiento imaginable, quedará condicionado, determinado y prefigurado por la forma y el modo en que el propio hombre conoce. Un último matiz. El hecho de que el fenómeno sea el referente y el objeto de conocimiento responda ya un modo de representarlo y significarlo nos introduce a considerar las ciencias como lenguaje.

(4) En relación a la verificabilidad y la falsabilidad indicar que éste última -y no la verificabilidad- será el criterio básico de cientificidad de las hipótesis científicas. La apelación a la falsabilidad tiene que ver con la crisis del concepto de verificación como criterio de cientificidad. Verificar –ya lo he indicado-  supone confirmar la clara veracidad o falsedad de un enunciado a través de una acción -en este caso de un experimento-. Así la verificabilidad resultaría difícilmente compatible con el carácter provisional de las hipótesis no siendo viable, en términos lógicos, hablar de una clara veracidad o falsedad de las mismas. En conclusión, las hipótesis no serán verificables en el sentido de que al no expresar una ley general no podrán ser consideradas, en sentido estricto, como verdaderas o falsas. A lo sumo serán corroboradas -utilizando el concepto propuesto por Popper- en la medida en que no puedan ser falsadas. Por lo que toda corroboración será provisional. Mantener la verificación como criterio de cientificidad exigiría una verificación por grados… Algo difícilmente encajable con el significado del término verificar.

La crisis de la verificación trajo consigo el criterio de falsabalidad por reflejar mejor los formalismos lógicos y la operatoria propia del método experimental. De ahí la tesis de Popper de que lo propio de las proposiciones y enunciados científicos quedaría acogido a la posibilidad de falsarlos poniendo a prueba sus capacidades predictivas. Como ya he indicado las hipótesis serían corroboradas provisionalmente en la medida en que no puedan ser falsadas. Así la falsabilidad pasará a convertirse en el criterio general de cientificidad.

(5) En relación a la idea de paradigma Platón la utilizará en tanto patrón o modelo. Así el eide platónico sería el patrón o modelo de las diversas realidades sensibles. También nos dirá Platón en la República –Rep, VI, 484 C 9- que la atención a paradigmas, es decir, a patrones o modelos será la condición previa de todo conocer. Con lo que observamos dos sentidos en este uso originario del término paradigma. Un sentido ontológico –el paradigma como modelo o patrón de algo- y otro cognoscitivo –el paradigma como patrón que permite conocer algo-.

En el siglo XX Thomas S. Kuhn, sin lugar a dudas el más  importante epistemólogo del siglo XX, ordenará toda su reflexión epistemológica desde la idea de paradigma en su sentido más cognoscitivo, esto es, desde la existencia obligada de patrones o modelos de conocimiento previos a la hora de que el conocer científico venga a poder desplegarse y dar sus frutos. Estos paradigmas, según el criterio de Kuhn, cambiaran a lo largo del tiempo e, incluso, podrán entrar en conflicto unos con otros. Lo que introducirá en la idea de ciencia una determinada historicidad. Esta historicidad servirá el contexto al hecho de que ciertas teorías científicas aparezcan en ciertos momentos históricos siendo, sin embargo, rechazadas en otras. Adviértase que las diversas teorías científicas, según Kuhn, dependerán para su cristalización y emergencia de la vigencia de paradigmas específicos.

Desde la llamada teoría de los paradigmas el conocimiento científico se considera pues acogido a un determinado paradigma, el cual quedará referido a una serie de principios que se toman como algo dado y que no son objeto de duda -recuérdese lo ya apuntado respecto del carácter de axiomas indemostrables que tendrán los principios del método científico considerados desde el propio método-. Efectivamente, pensar desde un paradigma específico supondrá que demos por sentado los principios del mismo, dando estos cuenta de cómo nos representamos e imaginamos el mundo. Nuestra capacidad de juicio operará pues a partir de esta disposición del imaginario.

Si bien es cierto que tales principios -los axiomas del método- pueden fundamentarse desde la reflexión filosófica no es menos cierto que esta fundamentación dependerá -como ya hemos indicado en la anterior entrada- de concepciones previas y, en concreto, de esa disposición del imaginario; o lo que es lo mismo de una imago mundi específica. No en balde Kuhn relacionará los cambios de paradigma con cambios básicos en la manera de entender y percibir el mundo y los fenómenos naturales. Para este epistemólogo estos cambios quedaran dinamizados por la creciente toma de conciencia de las anomalías que presenta el paradigma que entra en crisis.

Desde cierto punto de vista estos principios darán cuenta del propio conocimiento científico como tal pero, al tiempo, podrán introducir diversas variaciones o matices de los que dependerán los diversos paradigmas científicos. Kuhn se detendrá en estudiar esta pluralidad de paradigmas interna a la propia ciencia así como los choques entre los mismos. En relación a lo dicho y en el contexto de su obra cabe destacar "La revolución copernicana" -un estudio sobre el conflicto entre el paradigma aristotélico-ptolemaico y el copernicano-newtoniano- y su obra “La estructura de las revoluciones científicas” en la que trata de un modo más general de estos choques de paradigma y de la propia idea de paradigma.

Serán precisamente las anomalías de paradigma las que vengan a cuestionar los paradigmas vigentes dentro del ámbito de la propia ciencia. Tales anomalías vendrán dadas por las referencias y los contenidos irreconocibles e inasumibles dentro de un paradigma dado y, en esa medida, irreconducibles teóricamente al panorama explicativo del paradigma que entra en crisis. En las situaciones de choque de paradigma la toma de conciencia de esas anomalías será el asunto decisivo. De tal toma de conciencia se derivará una determinado desplazamiento en el orden de la percepción y del entendimiento básico de los fenómenos que se investigan. De tal suerte que los fenómenos observados empezarán a ser vistos desde una perspectiva diferente. Kuhn entenderá este desplazamiento como un desplazamiento en la figura, es decir, en la referencia de totalidad –gestalt-, a través de la cual totalizamos, entendemos y reconocemos el mundo; lo que supondrá una cambio de importante calado en nuestra representación del mundo. Necesariamente este desplazamiento tendrá a su base un cambio en la visión del mundo que tienen los científicos; y este cambio, en su raíz, responderá a mutaciones de calado en la esfera del imaginario vigente en una sociedad. Estas mutaciones en la esfera del imaginario serán indesligables de determinados contextos sociológicos, tecnológicos y económicos y también del propio debate de ideas como tan oportunamente reivindica el historiador de la ciencia Alexander Koyré(Cfr. Alexander Koyré. "Qué es la ciencia"). A tales dinámicas responderá la estructura de las revoluciones científicas y la propia vigencia de los paradigmas.

Los cambios de paradigma se traducirán en profundos cambios en el orden de los significados, lo que se traducirá en una reordenación a fondo del conocimiento científico. Este cambio en el orden de los significados será lo que detone la inconmensurabilidad entre dos paradigmas científicos distintos –literalmente se entienden los fenómenos de un modo diferente con lo que el conocimiento científico se decantará de diversas maneras- y el choque duro al que se ven abocados los mismos. Con todo, esta inconmensurabilidad será en todo caso local o parcial ya que el conocer científico mantendrá su propia singularidad a pesar de que acontezcan cambios específicos en los principios de los que depende ese conocer. Consideremos que de no ser así ni siquiera cabría hablar de ciencia.

Como se hace evidente la idea de paradigma se instala en esa distancia o hiato existente entre los fenómenos y las proposiciones científicas. En este sentido Kuhn negará la existencia de una realidad o verdad al margen de la teoría y a la cual nos estaríamos acercando progresivamente. Advirtamos que toda idea de realidad y de verdad, atendiendo al propio concepto de paradigma, aparecería ya vinculado a un modo específico de conocerla. De ahí que Kunh, muy oportunamente, vincule el desarrollo científico con la capacidad de resolver problemas y con la capacidad para realizar enunciados predictivos y no con un progresivo avance quimérico hacia la "pureza de lo real".

Otro filósofo de la ciencia Imre Lakatos acuñó un concepto que puede complementar al de paradigma. Me refiero a la noción de programa de investigación. Estos programas responderán a una serie de reglas metodológicas que priman ciertas perspectivas de investigación al tiempo que dejan de lado otras ordenando, en todo caso, la interpretación de la los avatares de la investigación científica. Para Lakatos -por mucho que condicionen al científico y a diferencia de lo que sucede con los paradigmas- la relación con estos programas de investigación se moverá a un nivel mucho más consciente, manejable y racionalizable; de tal suerte que los científicos se decantarían por unos u otros programas de investigación atendiendo a las finalidades de las investigaciones que emprenden y a los resultados que obtienen. Más que a los principios del método científico implicaran a los principios y finalidades que rigen una investigación específica concreta. Es evidente que en un tiempo de choque entre paradigmas los posibles programas de investigación aplicables cobraran una especial relevancia. Con todo, la idea de anomalía de paradigma transcenderá completamente estos programas de investigación  ya que las anomalías implicaran asuntos no reconocibles desde la estricta aplicación del método científico; sobre todo si el científico de que se trate se ciñe incondicionalmente a un paradigma concreto. Por lo que estos programas no podrán integrarlas o dar cuenta de las anomalías existentes ya que los científicos instalados en un paradigma en crisis, si no se lo cuestionan, serán impermeables a estas anomalías. En cualquier caso -y más allá de toda consideración- la noción de programa de investigación da perfecta cuenta del margen de maniobra que los científicos tienen a la hora de ordenar y sentar las bases de una investigación dada; eso si dentro de un paradigma concreto que, en principio, les vendrá dado.

Finalmente, hay quien ha vinculado la idea de paradigma con la noción de episteme o campo epistemológico de Michel Foucault. Efectivamente, esta noción nos permite enriquecer la comprensión de la idea de paradigma subrayando un determinado acento antropológico para la misma capaz de dar cuenta de diversos contextos humanos. Para Foucault los campos epistemológicos son la trama subyacente e inconsciente que en un contexto histórico-cultural dado delimita el campo de conocimiento y los modos en que las cosas son percibidas y entendidas. Estos campos epistemológicos no son creaciones conscientes de hombres concretos sino modos de positividad, en realidad una trama de disposiciones básicas, que acontecen históricamente y en los cuales los hombres quedan instalados. A partir de los mismos los hombres perciben, actúan, piensan y conocen. Como se puede observar esta noción de episteme foucaultiana, si bien claramente emparentada con el paradigma kuhniano, es más amplia aunque, por eso mismo, nos da perfecta cuenta de la profundidad que implica la propuesta epistemológica de Thomas S. Kuhn.

En lo referente a los fármacos visionarios -y atendiendo al método científico- las cuestiones de paradigma, los programas de investigación vigentes y todo lo relacionado con los principios y las áreas de anomalías de las investigaciones emprendidas serán algo decisivo a la hora de reconocer la posibilidad de una pluridisciplinariedad real. Precisamente por que tales anomalías, frecuentemente, a lo que apuntaran será al estudio del fenómeno desde otras perspectivas. De ahí que la idea de paradigma de perfecta cuenta no solo de la evolución de la ciencia sino también de la capacidad de que ésta reconozca otras esferas disciplinares.


[1] La cuestión del empirismo y las ciencias modernas merece algún género de reflexión ya que en lo que sería un uso coloquial o poco riguroso del lenguaje se habla del carácter empírico de las ciencias modernas. El positivismo decimonónico y el positivismo lógico alaban el carácter empíricopositivo del método científico. Efectivamente, ante lo empiricopositivo y desde la propia sistemática de estas corriente filosóficas no estaremos sino ante lo experimental y ante la formalización matemática del fenómeno. De tal suerte que esta formalización sería la base del conocimiento objetivo y de la propia condición del fenómeno en tanto objeto de conocimiento. En este sentido podríamos distinguir entre (1) lo empírico de acuerdo a la perspectiva sensualista del empirismo filosófico, (2) lo empírico en un sentido laxo atendiendo en términos generales a la valoración de la experiencia fenoménica y vital, (3) lo empíricopositivo en tanto atención a un objeto de conocimiento formalizado matemática y experimentalmente.