sábado 18 de febrero de 2012

Eros kai logos: Alan Watts y el LSD

Pocas referencias como la de Alan Watts nos muestran la peculiar atención que la contracultura y ciertas corrientes juveniles, más o menos underground, prestan a las cuestiones espirituales. En este sentido su libro “La cultura de la contracultura” acaso sea el más atinado intento de vincular la ruptura de los diversos convencionalismos sociales precisamente con la apertura espiritual. De ahí que se pudiera decir, muy provocadoramente, que en Watts cristalizan las mejores intuiciones de la beat generation y de cierto inconformismo juvenil…


A poco que calibremos las enormes influencias sociales que han tenido movimientos como el de los beatnicks o la cultura de los sesenta vislumbraremos la relevancia de este autor. De hecho, este será el más importante valor de Watts; esto es, expresar y difundir una determinada sensibilidad espiritual a la altura de importantes sectores sociales de nuestro tiempo. Dan igual las ya varias décadas transcurridas desde la contracultura y desde su obra. Su influencia, sus sensibilidades y disposiciones básicas, siguen vigentes bajo otros formatos. No nos deberá extrañar qué desde entonces, generaciones enteras de jóvenes y no tan jóvenes, se hayan ido adentrando por las veredas del espíritu atendiendo a su criterio.


El mérito no es escaso; y eso por mucho que algunos textos de Watts nos puedan parecer en exceso precipitados. Otros textos, sin embargo, nos mostrarán un autor muy interesado en la adaptación al tiempo presente de ciertas sabidurías iniciáticas además de dotado de una fina intuición espiritual y de una nítida implicación vivencial en su obra. Watts nos hablará desde su propia fibra y de primera mano; en general y en relación al LSD. Desde esa verdad íntima de todo cuanto escribe delimitaremos su relevancia. Una relevancia que, expresando una época, nos habla de un autor de pluma viva, quizá lejos del erudito de biblioteca pero capaz de elaborar discursos coherentes desde su frescura, su intuición y su curiosidad intelectual. El propio Watts nos indicará con razón y con cierta sorna la ceguera de ciertos modos de especialización universitaria completamente carentes de la más mínima intuición hermenéutica respecto de su campo de estudio.


A propósito de los enteógenos nos expresará su reserva hacia las variedades más delirantes del mesianismo lisérgico –las de la mística express de la pildorita- aunque no por ello dejará de indicarnos la capacidad de estas sustancias de inducir, en algunas personas y bajo ciertos contextos, estados que promuevan la intuición, el acercamiento o la empatía respecto de una experiencia mística o de iluminación. En sus propias palabras: “La afirmación de que esta sustancias inducen estados de conciencia equivalentes al satori o a la experiencia mística tiene que ser tomada con ciertas reservas. Ciertamente que no lo hacen de forma automática y algunos de sus efectos son completamente distintos de cualquier cosa que se encuentre en un misticismo genuino. Sin embargo, es ciertamente verdadero que en alguna gente que tal vez posee los dones o la capacidad necesaria el peyote la mescalina o el ácido lisérgico inducen estados que son netamente favorecedores de la experiencia mística” (1). Watts entenderá estas experiencias, en tanto donación de la propia vida, desde lo que sería un mística cosmológica de integración con la naturaleza y la misma vida. Desde su punto de vista, tales sustancias, que “en algunos casos inducen estados similares a la conciencia cósmica”, podrían dinamizar el camino espiritual de cada cual. Tal camino vendría a constituirse no desde un liviano culto a la experiencia que se ha tenido sino desde la integración de las potencias y posibilidades atisbadas en la más estricta cotidianidad, es decir, en “el aquí y el ahora”. La cuestión de fondo será la “ayuda a la percepción” y la liberación de determinadas posibilidades de experiencia que dinamizarán las plantas y sustancias visionarias.


Sobre los prejuicios existentes a que algo material o físico pueda detonar una experiencia de estas características Watts apelará a la corporalidad y fisicidad de la experiencia espiritual. Su juicio vendrá a incardinarse en la crítica de toda pretensión de divorcio entre lo espiritual y lo material. Algo a lo que este autor dedicará buena parte de sus afanes intelectuales. Con todo, el hecho de que ante las sustancias visionarias no estemos en el escenario de una supuesta “mística que sale de una botella” será precisamente lo que cuestione una interpretación de estas experiencias determinada desde lo puramente fisiológico. Para Watts la gran variabilidad de efectos que se aprecian entre quienes ingieren sustancias visionarias –desde esos estados afines a las experiencias místicas a desagradables estados en los que se confunde sensación e imaginación pasando por estados extáticos puramente corporales, sin visión interior- será precisamente lo que indique la relevancia del bagaje y los recursos del propio experimentador. De ahí que sobre esas experiencias análogas a las místicas nos diga que las sustancias visionarias “las facilitan pero no ejecutan el trabajo por sí mismas”. Haría falta algo más que la mera química.


El propio valor que Watts reconoce en las sustancias visionarias y también su propia perspectiva teórica, ajena a la dominante, le llevará a desconfiar sobremanera del uso del término alucinógeno. En relación a este tema y en la línea ya marcada por Louis Lewin no atenderá a esta denominación. Desde su punto de vista, tal término es puramente “evaluativo”, “no descriptivo” y “en ningún sentido científico”.


Desde todos estos planteamientos previos, deudores de su propio bagaje teórico y práctico, este autor se referirá a sus propias experiencias con el LSD con una claridad poco común. Hasta el punto que sus reflexiones constituyen una de las mejores referencias para adentrarse en los efectos y posibilidades abiertas por las sustancias visionarias. Estas reflexiones son también un ejemplo aventajado de la riqueza aportada por este género de experiencias a las cuestiones epistemológicas y ontológicas.


En realidad, si atendemos a las diferentes experiencias de Watts encontraremos reflejado el rico repertorio de las posibilidades de experiencia de la vida anímica activado, eso si, al encuentro de la sustancia visionaria. Personalmente creo que ésta y no otra será la relevancia de este encuentro; a saber, la liberación de facultades cognoscitivas veladas y de posibilidades de experiencia inéditas. De tal suerte que estas sustancias vendrían a liberar ciertas posibilidades de lo humano al encuentro con la vida; lo que nos hablará tanto de la textura de lo real como de la vida anímica y la corporalidad humana. De acuerdo con Watts no estaríamos pues ante un mera modificación perceptiva reducible al plano físicalista sino inmersos en la evidencia vivida de la interdependencia entre los estados del experimentador y la realidad percibida. De ahí que Watts aluda a partir de sus propias experiencias a esa “relación transaccional del organismo con su medio” en la línea de lo aportado por Dewey, Bentley o el propio Albert Hofmann en su obra “Mundo interior, mundo exterior”. Dicho de otra manera, nuestras experiencias de lo real surgirán no de algún género de objetividad o sustantividad alguna atribuible al mundo exterior sino de la cópula y del encuentro planteado entre organismo y medio. Watts resolverá así, en clave vitalista y apelando a nociones holísticas y a sinergías, el mecanicismo vulgar típico de la moda neurocientífica al uso en su acusada tendencia a resolver el misterio de la realidad en lo puramente fisiológico.


Toda esta reflexión será traída a colación a propósito de ciertas capacidades de experiencias del hombre que pudieran facilitarse bajo los efectos de los visionarios. En concreto se referirá a las experiencias en las que venga a quedar cuestionada la dualidad sujeto-objeto en el advenimiento de un peculiar estado de conciencia en el que ésta deviene el simple espacio de sus propias sensaciones; lo que supondrá que “experimentador y experiencia se transforman en un proceso sólo, siempre cambiante que se forma a sí mismo, completo y cumplido en todos los momentos de su desenvolvimiento”. Esta perspectiva ontológica vendría a reforzarse por esas intuiciones tan propias de los estados inducidos por sustancias visionarias relativas a que todo son relaciones y conexiones. De esta manera, confrontados con la realidad no estaríamos ante sustancias, identidades o realidades bien delimitadas sino con posibilidades de enlace y copula de las que a su vez dependerán perfiles de mundo bien diferentes.


A propósito de todas estas posibilidades de experiencia abiertas y en íntima relación con este carácter poliédrico de la vida Watts también indicará la intensa liberación de significados diferentes de los convencionales; lo que ampara y “permite que la mente organice sus impresiones sensoriales en nuevos moldes”. No en vano Watts vinculará la riqueza aportada por estas experiencias a la liberación de posibilidades creativas más o menos inéditas. Dentro de esa liberación de significados y nuevos planos de sentido Watts dará una especial importancia a la llamada copertenencia de contrarios que de la mano de este género de experiencias se revelará como algo vivido y sentido. En relación a un caso concreto de esta copertenencia de contrarios nos dirá: “Existe la sensación generalizada de que hay una radical incompatibilidad entre intuición e intelecto, entre poesía y lógica, espiritualidad y racionalidad. Para mi lo más impresionante que tienen las experiencias con la LSD es que estos dominios normalmente tan opuestos parecen en cambio complementarse y fructificar sugiriendo… una maravillosa coincidencia en la que Eros y Logos son una sola cosa”. En efecto, pocas cosas ponen tan en evidencia los visionarios como que el ámbito del discernimiento –logos- encuentra su plenitud en la capacidad unitiva con la vida, es decir, en eros. Ahí intuición e intelección se hacen uno.


A pesar de todo lo dicho Watts no caerá en lo que sería la típica tragicomedia lisérgica new age en forma de leyenda rosa. De hecho, menciona haber experimentado la locura bajo los efectos de la LSD; por cierto, otra de las posibilidades abiertas por esa liberación exponencial de significados. Esta posibilidad de experiencia le llevará a recomendar ciertas precauciones sobre su uso. Precauciones que lejos de desalentar respecto de sus potencialidades deberían fomentar la investigación atendiendo a las posibilidades abiertas. En esto Watts es lúcido y radical al entender que el prohibicionismo lo único que alienta es el control de estas sustancias por parte de las organizaciones criminales... La toma de conciencia respecto de tales precauciones acaso sea lo que le lleve a manifestar cierta prudencia y distancia respecto del uso de estas sustancias en psiquiatría y psicología clínica. Atendiendo a su criterio su uso respondería más bien a esas posibilidades de dinamizar todo tipo de procesos creativos en tanto “ayuda instrumental para el artista, el pintor, el pensador o el científico”.


Los textos de este autor norteamericano claramente nos muestran las potenciales riquezas y los ámbitos de creatividad y de indagación sobre lo humano abiertos por estas sustancias. Como se hará evidente ninguna de las posibilidades abiertas dependerá en exclusiva de la ingesta en sí ya que, en todo caso, estaremos ante la activación de potencias puramente humanas al encuentro con la vida. Lo que lejos de acotar la experiencia en la propia conciencia la abrirá al cosmos. Este será precisamente el interés que Watts apunte a propósito de las sustancias visionarias: La liberación de determinadas potencias y posibilidades de lo humano al encuentro con una realidad poliédrica. Los frutos de tal encuentro cobraran forma en la asimilación y la integración de dicha experiencia a partir de la creatividad que ésta alcance a suscitar. En palabras de Watts una nueva variedad de alquimia a entender y a cultivar desde las grandes tradiciones sapienciales de la humanidad.

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(1) Todos los entrecomillados pertenece a sendas citas del libro “Las formas del Zen”, en el que se recopilan diversos artículos de este autor. En concreto pertenecen a los artículos “Zen beat, Zen tradicional y Zen” y a “La nueva alquimia”; este último dedicado con integridad al LSD.

jueves 5 de enero de 2012

Curandería amazónica

Dedicaré esta entrada del blog al complejo paisaje de la curandería y el chamanismo amazónico. Un paisaje sometido a diversos desafíos en los que se cruzan asuntos tales como la parodia new age, las necesidades de supervivencia de los pueblos amazónicos o la aparición de un tragicómico mercado que demanda turismo de aventura y “experiencias chamánicas” de “fin de semana”. A esto habría que añadir las graves agresiones que sufren las diversas etnias nativas desde los programas de explotación de la floresta y el subsuelo amazónico o los problemas derivados de los intensos procesos de aculturación a los que se ven sometidas estas etnias. Esto último, antropológicamente y también desde la perspectiva de la filosofía de las religiones, cobra especial relevancia. Al menos si de lo que se trata es de atender a un chamanismo libre de influencias externas que lo distorsionen.


Junto a este complejo y contradictorio panorama una sabiduría que lucha por sobrevivir, que atiende a la naturaleza y que encuentra unas enormes dificultades a la hora de ser traducida, entendida y visualizada. La dificultad de traducción del bagaje sapiencial de las tradiciones nativas a las categorías occidentales acaso sea uno de las más graves dificultades existentes a la hora de acercarse a las tradiciones chamánicas. Y no me refiero sólo a las categorías teóricas sino también a las típicas ensoñaciones y supersticiones que los occidentales proyectan sobre el chamanismo y que éste, a veces, recoge. Por cierto, si interesados por la dignidad de las tradiciones nativas nos acercamos a ellas, flaco favor las hacemos si dejamos de lado la conciencia crítica y la racionalidad para, a continuación, mitificar esas tradiciones. Su verdadera sabiduría, lejos de toda errancia, superstición o distorsión observable, no es un alegato irracionalista sino la toma de conciencia sobre ciertas potencias perceptivas y de apertura de la vida anímica más allá de la mera razón.


De cara a esta entrada quisiera dejar de lado el análisis o la especulación teórica y ceder el espacio a dos videos. El primero de ellos, mucho más breve y promovido por el Instituto Humboldt, nos introduce de hecho a ese panorama complejo y contradictorio ya descrito. En este video cabe destacar la palabra del Taita Querubin, representante autorizado y hombre-medicina de la etnia Kofan.


El segundo de los videos es una larga entrevista con Hernán Romas, hombre-medicina nativo. Merece la pena dedicarle sus casi noventa minutos por lo interesante de su visionado desde un punto de vista cultural y antropológico. También resulta enormemente interesante como ejemplo de la difícil traducción de las sabidurías nativas a un entorno occidental. En el video se trata la perspectiva de salud típica de la curandería amazónica basada en la incidencia sobre la energía anímica de personas y enfermedades. Lo que lejos de confrontarse con la medicina occidental, según Hernán Romas, vendría a complementarla facilitando su operatividad. Otro asunto de interés tratado en el video es la crítica lanzada por este hombre-medicina al neochamanismo o chamanismo urbano y, también, a los que organizan sesiones de ayahuasca sin la suficiente preparación. No en vano Hernán Romas incardinará el uso de la ayahuasca en una tradición de sabiduría muy concreta y centrada en la naturaleza. La práctica propia de tal tradición de sabiduría serían los retiros de silencio y aislamiento en la floresta dietando plantas medicinales. La comunicación con la naturaleza a través del despertar a la energía anímica de animales y plantas sería la piedra angular de todo ese bagaje sapiencial. Desde el punto de vista de todo ese bagaje, la ayahuasca, será calificada como planta-maestra que sana, permitiendo ver y adivinar. Como ya he indicado esta manera de entender la ayahuasca estará subordinada, según Romas, a su buen uso en un contexto adecuado y con un hombre medicina capaz de manejar la energía de la planta. Otro tema de enorme interés tratado en la entrevista es el de los ícaros. Estas canciones y recitaciones, típicas de las veladas ayahuasqueras y cantadas por el hombre-medicina, servirían de cauce a la energía de la planta facilitando la capacidad de sanación y adivinación.


Como advertirá el lector la entrevista, a pesar de su gran formato y de los problemas de traducción, resulta de enorme interés. En fin, ahí van los dos videos.

 













sábado 10 de diciembre de 2011

Las regiones de lo imaginal: La relevancia cognoscitiva de la imaginación en la sabiduría sufí. Un esbozo a propósito de la lectura de Henry Corbin

Quisiera atender en esta entrada a uno de los contextos sapienciales más importantes dedicados a la cartografía de la experiencia visionaria. Me refiero a la gnosis sufí en nombres tan relevantes como el hispano Ibn Arabi o el persa Sohravardi. A su través quedará convocado el importante tema de la relevancia cognoscitiva de la imaginación. ¿Cabe que la imaginación coopere en el conocimiento y desvelamiento de nuestra propia naturaleza y plenitud al encuentro de la Vida?. Convocar la imaginación supone aludir a cómo vemos el mundo, esto es, a cómo nos lo imaginamos. Nos movemos pues en el ámbito de las imágenes, de las tramas simbólicas y de los significados aportados por esas diversas maneras de ver el mundo. Las habrá enfermizas y rebosantes de escisiones y tensiones y también las habrá rebosantes de plenitud y salud para quien las vive. Estas últimas elevaran el perfil de la vida en la integración, la armonía y la plenitud. A toda esta actividad responderán las facultades imaginativas del alma y, en general, la imaginación creadora. Estas posibilidades perceptivas, con toda la diversidad de tonalidades intermedias posibles, dependerán del estado de la propia alma. Los estados internos del alma quedarán así en correspondencia con los diversos estados del ser, es decir, con los diversos mundos posibles enhebrados en la mirada del hombre. 


La relación de lo dicho con la química phantastica será evidente. A cualquier aficionado le queda bien claro cómo la manera de imaginar o concebir la experiencia a través de nuestras cosmovisiones privadas media y condiciona completamente el perfil de la misma. Y todo esto no dependerá sino de nuestra capacidad de ver. Ver a través de todo un universo de afectos y fobias que entretejen una determinada imagen previa del mundo con el que nos encontramos. Todo esto tendrá que ver con la imaginación, es decir, con nuestra capacidad de ver desde determinadas figuras o imágenes que totalizan y dotan de significación la propia experiencia. La cuestión abierta será pues la siguiente: Estas imágenes en las cuales percibimos y que tanto tienen que ver con pasiones y sentimientos, ¿nos alejan o nos acercan más a nuestra propia plenitud?. ¿Se puede conocer y discernir desde la imaginación, desde sus símbolos e imágenes?. Tales serán las cuestiones abiertas atendiendo a la relevancia cognoscitiva de la imaginación.


Valga todo lo dicho como aclaración previa. La propia complejidad del tema me obliga. Por cierto, complejidad que vendrá dada por la errada noción de imaginación que tiene nuestra civilización moderna en su esferas dominantes. Para la misma el imaginario no tendrá ninguna relevancia cognoscitiva. La imaginación será poco más que el reino de la arbitrariedad y el desvarío. De ahí la oportunidad del neologismo de lo imaginal en sustitución de lo imaginario como estrategia para evitar ciertas proyecciones. En este sentido es importante apreciar, en tanto expresión del dogmatismo y la talibanía de cierta modernidad, cómo, ni siquiera, la literatura y su enorme aportación al espíritu humano hayan sido capaces de facilitar un modo lo suficientemente fértil de comprender la imaginación. Tras lo dicho adentrémonos por las sendas del sufismo y por su manera de concebir la experiencia visionaria.


En relación a este universo sapiencial acaso sea Henry Corbin quien más pasión y tiempo ha dedicado a divulgar toda esa sabiduría a través de una relevante obra, por cierto, no exenta de cierta polémica. Con seguridad sus libros “El hombre y su angel”, “La imaginación creadora en el sufismo de Ibn Arabi”, “Cuerpo espiritual y tierra celeste”, “Avicena y el relato visionario” o “El hombre de luz en el sufismo iranio” son mojones de primera categoría para adentrarnos en todo ese universo de sabiduría cuyo centro es la experiencia visionaria. ¿Quién puede restarle mérito a Corbin?. Creo que nadie, a pesar del aroma dualista con el que tiende a escindir y separar el mundo sensible del llamado por él mismo y con gran acierto mundus imaginalis. Con todo, en su propio discurso la perspectiva unitaria vendrá finalmente a afirmarse a través precisamente de la glosa de todos esos saberes.


Una primera y apresurada cala. ¿Qué será eso del mundus imaginalis?. La potencia simbólica del mundo manifestando sus muy diversas posibilidades o niveles ontológicos –estados del ser-. De cara al hombre un determinado despertar y la capacidad de percibir el mundo iluminado en sus muy diversos significados y posibilidades ontológicas. A tal responderá este despertar cincelado a partir de la capacidad de autotranscendencia e integración de la propia alma. Por tanto, la percepción del mundus imaginalis dependerá del alcance por parte del hombre de esos estados internos del alma que activan las facultades imaginativas en sus posibilidades de discernimiento.


El hecho de que el acceso a ese mundus imaginalis quede vinculado a la percepción supondrá que nos refiramos a una cualificación de los sentidos que si bien transciende lo puramente sensorial no por eso deja de acontecer en la percepción del mundo ordinario. En el mundus imaginalis el mundo queda abierto a un modo de percepción que ve más allá de lo sensible sin por ello separarse de ese mundo sensible. A tal visión responderá lo imaginal. Por eso, en el mundus imaginalis todo lo existente tiene su correlato homólogo nos dirá Corbin. Esto no es un arcano. Me refiero a una toma de conciencia vivida de que el universo es un mundo rebosante de significado, de nexos simbólicos y de posibilidades de sentido; lo que paradójicamente nos situará en un determinada densidad visionaria y simbólica que al abrazar el mundo sensible dotará a la cotidianidad de un sentido y de una significación completamente nuevas. En tal estado del alma y, por decirlo en palabras de Artaud, la vida se abre como si de un tejido se tratara. Con todo, lo propio de tal estado será esa liberación de las posibilidades de significado y tramas simbólicas. De ahí que las experiencias oníricas y visionarias sean mundus imaginalis, ya que si a algo responden es a sus muy diversos significados y a sus polisémicas tramas simbólicas. Precisemos que estamos ante una potencia del alma, en principio velada a la mayoría de los mortales, pero que desvela todo un mundo oculto de significados. Hasta el punto que bien podríamos hablar de un conocimiento simbólico o de una imaginatio vera. En tal estado la hermeneútica irá de la mano de la comprensión.


Todo lo dicho no pillara desprevenido al aficionado a la química phantastica ya que si algo caracteriza el encuentro con las sustancias visionarias es la inflación, a veces enfermiza e inquietante, de significados. Por cierto, tampoco pillará desprevenido al que sepa sobre esquizofrenia. Estamos ante una estado del alma no ordinario y, de hecho, las manzanas se caen por diversos sitios. Se ha hablado mucho de los paralelismos, sin contexto de paralelo alguno, entre locura, modificación de conciencia e iluminación. Este interesante tema bien mercería una entrada específica.


Mundus imaginalis. A partir de lo dicho hasta ahora queda claro que esta expresión no se refiere a un mundo concreto. De hecho que Sohravardi denomine a ese mundus imaginalis, Na-koja-Abad -literalmente significa la ciudad del no donde- resulta revelador. En, realidad, con tal denominación, se quiere aludir a un estado del ser -orden ontológico- percibido por el alma que incluye, arropa y dota de sentido al mundo sensible y ordinario. Al tiempo, este estado del ser, que corresponderá con un estado del alma, abrirá a órdenes superiores. En concreto a esos misterios a los que alude la teología negativa. Me refiero a la intimidad con el Gran Misterio, con ese Vacío o Nada fértil y creadora completamente transcendente respecto de cualquiera de sus manifestaciones.


Acceder al orden ontológico del mundus imaginalis exige de una profunda transformación interior que sanee las facultades imaginativas del alma en la senda aportada por el intelecto. Lo que exige la completa activación de las facultades cognoscitivas de la imaginación con todo el proceso de catarsis –movimiendo del alma- y anagnorisis -toma de conciencia- que eso supone. Fuera de lo dicho las experiencias visionarias vendrán a tener una impronta puramente psíquica; lo que pondrá de manifiesto sus peligros si ésta fuera acaso dinamizada por una sustancia visionaria y al margen de la forma y los contextos adecuados. Creo importante precisar que, en este caso, la experiencia visionaria es comprendida y apuntalada en un contexto sapiencial concreto, el propio del sufismo, de la mano de todo su universo de prácticas y lenguajes. De tales prácticas y de tales lenguajes dependerá ese proceso de transformación interior necesario para navegar por el mundus imaginalis. Un ejemplo de lo dicho será el relato visionario del ángel purpurado de Sohravardi. Ahí la imaginación nos servirá un relato simbólico de la propia vida del alma que desvelará la profunda transformación del viajero desde la esclavitud a la liberación e iluminación. Como ya he indicado de tal transformación dependerá la comprensión y la navegación por ese mundus imaginalis.


Volvamos con esa oportuna denominación de mundus imaginalis. La denominación con la que Corbin traduce esa región o ciudad del no-donde es afortunada ya que queda vinculada a esas potencias cognoscitivas de la imaginación a condición de no considerar ese mundus imaginalis como un mundo escindido y separado del mundo sensible y de la experiencia ordinaria. Hablamos de símbolos, de relatos visionarios y de la potencia simbólica desatada de un mundo ordinario que así deja de ser tal. Tanto será así que el nombre árabe de ese mundus imaginalis será alam al-mithal o mundo del símbolo o de la imagen. Imágenes y símbolos indicarán la trama psicoespiritual de la vida. Este desvelamiento acontecerá en el interior del alma del hombre. Tal interiorización nos devolverá pues paradójicamente al exterior y al encuentro con la vida.


Este mundus imaginalis será cartografiado e imaginado a través de la delimitación de diversas áreas o esferas visionarias. La geografía resultante será la que nos desvele la trama psicoespiritual del alma en su capacidad visionaria ya que será esta capacidad visionaria la que servirá el acceso a las diversas esferas o regiones del mundus imaginalis. Entre las mismas encontramos la región o ciudad de Jabalqa en la que acontecen los arquetipos de plenitud de los seres singulares como devenir y polo atractor de esos mismos seres, la de Jabarsa en la que acontecen las formas psicoespirituales de nuestros pensamientos, deseos y actos tal cual fueron en la vida. La textura psicoespiritual de esta región supondrá el desvelamiento del sentido y trama de esos pensamientos, deseos y actos, la textura de su propia problematicidad, si es el caso, y su incardinación en ese horizonte espiritual que les otorga un sentido en el propio devenir de la vida. Finalmente la región o ciudad de Hurqalaya se corresponde con lo celeste, es decir, con los arquetipos y símbolos de lo divino en tanto símbolos de transformación y pautas ordenadoras que rigen tanto macrocosmos como microcosmos. Creo importante precisar la relevancia de Hurqalaya de cara a ese unus mundus o mundo-uno en el que la conciencia humana y el alma del hombre acoge la multiplicidad de la vida como teofanía de belleza, pletórica de armonía y de unidad en la diversidad, una irrupción de intensidad a la que sólo cabe contemplar como si de un enamorado se tratara. En tal estado la propia plenitud encontrará su sello en la plenitud de la vida. Interior y exterior serán finalmente uno y el espejo del alma -nafs- reflejará y acojera la plenitud del espíritu –ruh-. Hurqalaya desvelará pues la unicidad de lo real más allá de toda dualidad.


En relación a lo dicho no puedo dejar de recordar esa diferenciación técnica que hace la ciencia del sufismo entre el hal y el maqam. El primero sería un estado pasajero cuya finalidad sería alentar al viajero del espíritu. En cambio el maqam sería un estado completamente consolidado y permanente. Ciertas experiencias de aficionados a la farmacia fantástica, para escándalo de algunos, bien podría ser calificadas como hal.


Precisar finalmente que este mundus imaginalis tiene una función mediadora ya que permite que los diversos universos simbolicen unos con otros, en palabras de Corbin. De hecho, las ciudades de Jabarsa, Jabalqa y Hurqalaya aluden a las mismas realidades de acuerdo a texturas simbólicas y estados del ser diferentes. Desde el plano puramente psíquico al celeste. La función mediadora de este mundo intermedio será también entre ese mundo sensible que lo imaginal arropa y esa transcendencia radical de la Nada divina –por decirlo al modo de San Juan- a la que indica la teología negativa. En tal circulación triádica todo quedará vinculado y unido. Al final toda esta mediación no hará sino expresar y manifestar el Misterio de la radical Unidad de la vida.


Ante todo lo expuesto nos encontramos con una auténtica cartografía de lo imaginario en sus posibilidades cognoscitivas. Esta cartografía nos indicará una jerarquía de estados para el alma y para su capacidad de visión en correspondencia con una determinada jerarquía de estados del ser. A toda esa variedad de regiones accedería el alma en la experiencia visionaria cupiendo interpretar las visiones desde tal cartografía. El alma, de acuerdo a su estado efectivo y a la capacidad visión inherente a ese estado, accedería a alguna de esas regiones. Desde las más psíquicas a las celestes. Sin esa capacidad de visión o de conciencia durante la experiencia visionaria la confusión será lo más recurrente. Con todo la finalidad última de tal sabiduría irá más allá de lo propiamente visionario y será la intimidad con ese Misterio de la Unidad, más allá del mundus imaginalis. Por lo que se refiere a este mundus imaginalis se atenderá básicamente a la capacidad de la imaginación para revelar la senda abierta hacia la plenitud espiritual y hacia el conocimiento de los significados. Desde las formas y figuras divinas y celestes de Hurqalaya hasta los arquetipos singulares de plenitud de Jabalqa pasando por esa reserva psicoespiritual de todo lo hecho y sentido que es Jabarsa. Por eso, cabe concluir que lo imaginal, lo propio de ese mundus imaginalis, sería la propia riqueza simbólica de la vida, del Ser, en sus muy diversos niveles y modos de significación. Algo velado a la conciencia ordinaria pero capaz de alumbrar en el alma de la mano de sus facultades imaginativas. Hablamos del símbolo, también podríamos hablar de la manifestación de la trama psicoespiritual de la vida y de la manifestación de un Misterio insondable en sí mismo e incognoscible del que sólo cabe indicar su potencia creadora. Tal será la Nada divina. La Tiniebla de Allah.


A modo de postre dos recomendaciones. En concreto, dos libros sobre estos mismos temas que, desde mi punto de vista, superan al propio Corbin. Me refiero, por un lado a la importante obra de José Miguel Puerta Vílchez “Historia del pensamiento estético árabe” y, por otro, al bellísimo e imprescindible libro de Ramón Mújica Pinilla “El collar de la paloma del alma: Amor sagrado y amor profano en la enseñanza de Ibn Hazm y de Ibn Arabi”. Buen provecho.


En tanto imagen viva de la enorme riqueza de la hermenéutica de la experiencia visionaria en el sufismo tenemos la suerte de contar con la fantasía visual “Isphahán”. Ahí va este magnífico trabajo de Cristobal Vila.







martes 15 de noviembre de 2011

Esa Javea mágica

A M. A. V. y a Angelika. Con cariño, recordando esa Javea mágica de los noventa.



(1)El vientre de la diosa

Todo empezó con ese humor absurdo de las situaciones imprevistas. La tarde había ya acabado y alguien ajeno irrumpió en esos primeros compases por no se qué de un teléfono. Se generó cierta confusión y también ríos de humor. La dama que nos comandaba puso las cosas en su sitio y así, entre amigos y amparados por la dama, iniciamos la escalada. La cima nos recogió con un brío desatado y ahí me vi, completamente fuera de sí, en el vientre de la diosa. Siendo agua; chorreante, inocente. Borboteando y fluyendo en torrente, en maravillosas cascadas que venían a reposar en conchas de oro. No había nada más sino ese vientre divino y aúreo; y todo no era sino agua que, jubilosa, borboteaba dentro de ese vientre, de concha a concha, siendo cascada, entre tinieblas y bajo una quietud sólo rasgada por la presencia del oro y los sonidos acuáticos. Las conchas recogían las aguas jalonando las estaciones de un movimiento cíclico y jubiloso. Conchas de oro, exactamente iguales a esas que se atribuyen a Venus y en la cuales la diosa se revela y mide la vida. Expansión y contracción. El cosmos entero alojado en su vientre. El agua fluía y era ajena a toda impureza. La inocencia y la frescura del agua nos acogía en el vientre de la diosa. Todo no era sino su danza sagrada…


(2)La llamada del mar

La trepidante escalada encontró finalmente su más estable meseta. Decidí levantarme y divisar el Mont Gó. Esa montaña mágica que en la tierra de Javea dibuja un maravilloso elefante que mira y admira la inmensidad marina. El elefante estaba completamente hierático, como eternamente cautivado por la mar. Miré la mar y viendo escuché su llamada verde, azul y rosada. La sinfonía de la vida, toda ella, parecía tomar forma y medida en su mirada a la inmensidad marina. El mar todo lo acogía, y en su misterio la vida parecía encontrar allí su puerto y su sentido. El gran elefante del Mont Gó, pétreo y cautivado, miraba toda esa inmensidad siendo su testigo y apuntando la senda. La danza de la vida todo lo acompasaba en ese océano de misterio. Su llamada era ubicua y la vida entera una red de algas mecida por la mar. La tierra era tierra marina y los hombres compases de una gran danza de vida.

(3)El fuego y el metal oxidado

Tras tanta maravilla, libre y suelto de mi, el propio psiquismo fue llamando a la puerta. Me senté en una gran terraza y sentí el peso de lo humano. Sentado, mi cuerpo se asemejaba a una armadura oxidada que albergaba un furioso fuego interior. El fuego oculto oxidaba la armadura exigiendo vía libre, algún resquicio para la expresión, algún cauce libre de ataduras. El eros como fuego y calor que riega la vida removiendo aguas y torrenteras… La armadura, esa identidad cerrada y arrinconada en el miedo. La armadura, esa esfera donde la vida colapsa encastillada, sublimando miedos en una suerte de quimera defensiva. Pareciera que ciertas defensas encontraran su aquel en la apuesta por una contracción polar... 

Una contracción polar.... Eros encuentra así su reverso en la pulsión de muerte. Hay miedos que se enquistan como identidades, como cierres a la vida que devienen armaduras oxidadas. Tanathos, la pulsión de muerte, ese secreto no querer vivir, esa oculta pulsión que apuesta por el finiquito del desafío que supone la vida. Contracción.

Tanathos llamaba a mi puerta con descaro y mostraba un rostro de hierro, rigidez y óxido. Sentado en esa terraza sentía sus raspaduras en mi alma. Extinción, fuego oculto, pulsión de muerte. Mi cuerpo y mi alma eran puro óxido recalentado, un fuego de vida hurtado a mi devenir y a mi figura. Thanatos, ese vibrar que negando los patrones heredados se regocija en la negación. Thanatos, el rechazo de las cartas que nos repartió la vida, la negación de todo juego. Thanatos, identidad que quebrando se quiebra a si misma. Pulsión de muerte…

(4) Thanatos

Tanathos vino así a desatarse y atisbé la materia del llanto y la debilidad. También rocé con mi mano oculta ese goce secreto de la pulsión de muerte, rebelde y narcisista. Palpé mi dolor y mi miedo sin retirar mi mano de su ciclón. La sombra me ofrecía sus muy diversos perfiles. No había nada más que miedo a vivir y materia de vida elemental a la espera de forma. Lo brutal de lo elemental exigiendo su sentido en el calor de la vida, su eros propio, la medida de su amor… Lo elemental, la horda de los hecatonquiros. El lote que a cada cual corresponde según la medida de la tribu de simios que lo socializa. De ahí thanatos, ese narcisista rechazo de las cartas repartidas, pulsión de muerte negadora que negando ajusta las cuentas a la tribu.

Diversas grietas nos hilan saturadas de sombra, de noche oscura, de colapsos, de formas fallidas, de llantos. Esas grietas, como parte del lote que las parcas asignan, sólo esperan nuestro propio eros desatado, libre de armaduras, más allá de Finalmente esos terribles hecatonquiros que imaginaran los griegos podrían mostrarnos un rostro dulce, el del ingreso en la danza, el secreto mandato de las parcas hilanderas. Las parcas hilanderas y su secreto mandato, el corazón de la vida que se afirma de acuerdo a su propia ley. No olvidemos. Ellas saben hilar y tejer en el frío. Incluso en el frío polar.

Había amanecido hacía ya tiempo y viendo la intensidad del nuevo día se me llenaban los ojos de unas lágrimas alegres que desgranaban mi sombra y la dureza devenida. Entre pinos y naranjos caminaba rodeado de luz y mi sombra desgranada se me asemejaba a una granada abierta, roja y palpitante, saturada de semillas. Todo el dolor del alma cabe en el abrazo de eros, en la vida rotunda que toda herida acoge.

 


miércoles 12 de octubre de 2011

Juan Ramón Jiménez

Recuerdo a Dacio Mingrone comentando las visiones de la ayahuasca: "La verdadera visión de la ayahuasca es cuando contemplas la verdadera realidad de todo, cuando consigues ver las mismas cosas pero con otros ojos". Esta afirmación nos llevaría muy lejos, en concreto a ese puerto olímpico de una visión penetrante que desvela la intensidad de la vida. Quisiera que lo aportado por Mingrone, en una de sus orillas, fuera el contexto de esta heterodoxa entrada. Digo heterodoxa ya que como se hace evidente Juan Ramón Jiménez, desde mi punto de vista el más grande poeta en lengua castellana junto a Quevedo, no tomó ni ayahuasca ni enteógeno alguno. Tanto da, a poco que advirtamos que si algo hacen los fármacos visionarios es dinamizar y hacer aflorar procesos y posibilidades perceptivas acaso inconscientes hasta entonces. Por eso, no será raro sino más bien lo evidente que, al encuentro con el enteógeno, nos resuenen muchas de las palabras ya indicadas por todos esos aventureros y caminantes que se adentraron en modos de vida y experiencia que no se contentaban con los propios de la conciencia ordinaria y sus convenciones.


Desde tal atalaya convoco a este poeta de excepción, a este cantor del castellano en el que la palabra desgranó una pureza que alcanzó cotas de eternidad y universalidad difícilmente igualables. En concreto, recojo tres poemas en prosa de su libro “Platero y yo”. Mi criterio de selección es la de la emergencia de esa visión olímpica en la que la realidad, tal cual, queda abierta en intensidad y belleza. Tales experiencias son capaces, por sí solas, de orientar toda una existencia. Pocas cosas como la destreza en su cultivo alcanzan esa Gran Salud que nos devuelve intensidad, vida y belleza. Un auténtico cuerno de la abundancia que los fármacos visionarios pueden indicarnos como pasaje a tener muy en cuenta para nuestra vida más cotidiana. La vida queda abierta a la belleza y ésta irrumpe con su potencial de salud, con su poder, con ese poder revelado y sobrecogedor que nos recoge en la vida como parte de ella misma… Cantándola, contemplándola… Ahí, la visión rememora sus bríos y se reconoce a sí misma… Realidad y hombre llegan así a una cópula difícilmente imaginable, a un éxtasis discreto que dibuja toda una senda de vida. Ser capaz de aunar lo cotidiano y ese estado olímpico… La realidad, tal cual, a su encuentro con el hombre, en él y desde él. En su cuerpo y en su espíritu. La visión del hombre, las potencias de vida que ésta alcanza, el sello indeleble y glorioso con el alma queda grabada. el propio reconocimiento en la Unidad... Con seguridad habrá quien, habiendo tomado algún fármaco visionario, se encuentre, se reconozca y se asiente en las palabras del poeta.

 

 
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LA FUENTE VIEJA



Blanca siempre sobre el pinar siempre verde; rosa o azul, siendo blanca, en la aurora; de oro o malva en la tarde, siendo blanca; verde o celeste, siendo blanca, en la noche; la fuente vieja, Platero, donde tantas veces me has visto parado tanto tiempo, encierra en sí, como una clave o una tumba, toda la elegía del mundo, es decir, el sentimiento de la vida verdadera.

En ella he visto el Partenón, las Pirámides, las catedrales todas. Cada vez que una fuente, un mausoleo, un pórtico me desvelaron con la insistente permanencia de su belleza, alternaba en mi duermevela su imagen con la imagen de la Fuente vieja.

De ella fui a todo. De todo torné a ella. De tal manera está en su sitio, tal armoniosa sencillez la eterniza, el color y la luz son suyos tan por eterno, que casi se podría coger de ella en la mano, como su agua, el caudal completo de la vida. La pintó Böcklin sobre Grecia; Fray Luis la tradujo; Beethoven la inundó de alegre
llanto; Miguel ángel se la dio a Rodin.

Es la cuna y es la boda; es la canción y es el soneto; es la realidad y es la alegría; es la muerte.

Muerta está ahí, Platero, esta noche, como una carne de mármol entre el oscuro y blando verdor rumoroso; muerta, manando de mi alma el agua de mi eternidad.




¡ANGELUS!


Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas blancas, sin color...Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué haré yo con tantas rosas?

¿Sabes tú, quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje, y lo deja dulcemente rosado, blanco y celeste -más rosas, más rosas-, como un cuadro de Fray Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?

De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más rosas...

Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Más rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.




EL POZO


¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una piedra a su quietud, se enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.
(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo, adornada de volubles estrellas. ¡Silencio! Por los caminos se ha ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo. Se ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo. ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!)

—Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale, asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.

domingo 25 de septiembre de 2011

Del peyote al LSD

Wade Davis, el ayudante y discípulo académico de Richard Evans Schultes, nos ofrece en este documental una completa panorámica de mucho de lo que rodea el complejo universo de los fármacos visionarios. El hilo conductor del mismo será la biografía del propio Evans Schultes y sus diversos acercamientos a los entornos tradicionales que usaban ritualmente plantas o preparados enteogénicos. Esta perspectiva será enriquecida con una panorámica de la cultura psicodélica de los sesenta subrayando la crítica de Schultes a la difusión masiva de los enteógenos. Estamos ante un video, no exento de cierta polémica a su alrededor, pero con un importante valor introductorio a toda esta temática. Considero muy interesante su visionado por la variedad de temas tratados de una manera digna y aceptable. Desde los rituales de peyote de la Iglesia Nativa Americana a la relación entre Schultes y María Sabina, con los honguitos visionarios de por medio, pasando por el periplo amazónico de este investigador o sus polémicos vínculos con el gobierno de EE.UU. Como ya he indicado la última parte del documental se adentra en lo que supuso la cultura de los sesenta y la psicodelia.


Podríamos decir muchas cosas de Evans Schultes o de lo expuesto en este interesante documental basado en vida de Schultes. Vida, por cierto, ya previamente glosada por Davis en su interesantísimo libro "El río". Me reservo para la entrada que dedicaré a este infatigable investigador. De momento, simplemente matizar las tesis aportadas en este documental sobre la difusión y la expansión del uso del peyote en la Iglesia Nativa Americana en un contexto cristianizante. Esto hecho no debe presuponer la inexistencia de usos previos puramente nativos, indígenas o animistas.
 
 

 
 
 

 
 
 


 
 
 
 

 
 
 

 
 
 

 
 
 

 
 
 

 
 
 

 
 
 

 
 
 

 
 

jueves 8 de septiembre de 2011

Noche oscura

En el dolor y en el desánimo, en la pendiente de la extinción, donde no cabe ya agarrarse a nada. Allí es la Nada quien parece mostrarnos su rostro. Nada activa. Nada poderosa. Al compás de su avance sentidos y comprensiones se desdibujan como estelas en el agua. Barcos espectrales de los que nada queda, ni siquiera su trazo marino. El rostro de la Nada, rostro blanco de calavera, blanco de extinción, blanco que compendia y acoge todo color, toda forma. La blanca calavera polar... Algo sin forma ni objeto se nos impone y perturba. No hay contrario aparente. La Nada.

Su operar se enmascara en la turbulencia y la confusión. En tal estancia sólo cabe asumir un perturbador tránsito de desasimiento. Las geometrías humanas se desvanecen como humo. El frio polar encuentra su propio giro en un calor desconocido. Nada devoradora. Frío enérgico y abrasador.

Dolor. El alma se duele en el duelo de la nada. Ahí todo es contracción y la enfermedad emerge. Las nuevas que pudieran ser y las viejas que acaso nunca se fueron del todo. Maliciosas llaman a la puerta alborotando a quien habita su debilidad. Viejas cuentas, viejos fantasmas, viejas dependencias. Las heridas de una vida emergiendo en el desánimo. Hasta las cicatrices parecieran enrojecer. No se desanimen. No es más que la red de la propia sombra demandando nuestra atención cálida. En realidad, tras todas ellas y en este tránsito, es la Nada quien se nos brinda. Esto es lo verdaderamente decisivo. La Nada es quien emerge confundiéndonos, agarrotando el cuerpo, embotándonos el alma… El sentido pierde presencia, se apaga. La Tiniebla crece. La Tiniebla nos habita, sanguíneamente.

Desánimo. Pérdida del ánimo, de la vitalidad, de la capacidad de experiencia. El alma se escapa por la boca nos decía Homero… La vitalidad pierde su capacidad de palabra, de sentido, de acceder a sus muy diversas posibilidades y potencias. Todo cae. Cae lo innecesario y grosero pero también lo entendido como indispensable y luminoso. La confusión y el desasosiego crecen. Las figuras y geometrías se derrumban en la enfermedad y en el desánimo. La voluntad y su actividad corriente muy poco tienen que decir en tal escenario. Con la voluntad no basta cuando la luz cegadora irrumpe. Todo se reduce a un determinado nivel de turbulencia confusa. Cada cual tiene su medida. El desasosiego termina por subir a un nivel insoportable. Hay algo muy relevante en juego. Nos sentimos instalados en el límite, allí donde caen memorias, máscaras, rostros y nombres. Estamos en manos de los dioses, de esa vida indestructible. Esa misma a la que los griegos llamaron Dionisos. En su inocente juego todo encuentra su grieta decisiva, su crisis, su finitud declarada. Nada somos sino barro que se moldea y deshace. Fuego eterno que se enciende y apaga según medida. La vida deshaciéndose, rehaciéndose, muriendo, retornando… No se consuelen. En la contracción se va perdiendo el propio rastro y el emerger de la Nada se percibe como un finiquito intolerable y terrible. Es como un deshacerse del relato que nos hizo, de las hebras que nos tejieron, una inmersión en el olvido y la desmemoria. Nuestros hilachos ya ondean al viento. Algunos de ellos se desprenden y alejan con violencia. Se desprenden para encontrar su residencia en esa potencia infinita de la Vida. No son más que instrumentos de su propio hacer. Viéndolos volar y ya en la distancia parecieran no haber sido ni siquiera nuestros.

Fue San Juan de la Cruz quien nos habló de su fe oscura, fe oscura como tránsito de desasimiento en la Tiniebla, como anhelo amoroso capaz de habitar la noche del sentido. A nada cabe agarrarse en esa inmersión de Tiniebla. Solo cabe la inmovilidad despierta del alma en la oscuridad cerrada... En esa alma inmóvil y amante hay quien enigmáticamente escribe con su pluma. Su trazo encuentra un espacio vacío, una tensión enamorada en la Tiniebla. En la crisis que emerge, en la enfermedad declarada, en la noche oscura del sentido...

Nada escribe.

La noche oscura, una sensibilidad luminosa que a uno le enciende como brasa, como atardecer que abre la entera gama cromática. En el dolor y en el desánimo a veces se abren paso modos de sensibilidad desbordantes. Precisamente cuando la Vida nos marca distancias y pareciera abandonarnos. Nada activa. Nada poderosa. Vacío... Y en el alma lisa y sin pliegue, ya devenida bodega, la ternura y el llanto. La Vida re-encontrando su ritmo y figura. Más allá. De otra manera. En el Misterio hay una bodega oculta, inaccesible.

sábado 20 de agosto de 2011

Anestesias, maquinarias humanas, sobresaltos...

Me he permitido introducir en el blog alguna experiencia con anestesias, aplicadas en contexto médico, entreverándolas con secuencias oníricas o reales relaciondas con tales experiencias. No son experiencias de ebriedad pero si de extrema modificación de conciencia de la mano de un uso irresponsable y poco cuidadoso de ciertos fármacos. El contexto de estas experiencias será la masificada práctica médica que padecemos hoy en día. Su telón de fondo el de una sociedad en la que todos somos piezas de un colosal engranaje que no conoce de cuerpos vivos ni de personas concretas.



(I)

Anestesias, quirófanos, batas blancas y tejidos humanos listos para ser intervenidos. Hombres que devienen cosa, objetos serviles de manipulación e intervención, masas mudas de carne y huesos cuyos tejidos se destrenzan en el movimiento del bisturí y demás instrumentos de metal. Me quedo con la experiencia tal y como puede ser, rentabilidades y criterios de eficiencia aparte. Finalmente las gasas, esas gasas que se empapan de sangre y cortan su llanto. El llanto de la sangre, entre soledades y desasosiego.


El cuerpo reacciona con temblor y frío. Reconoce su Invierno y su infierno. Tras la intervención helados y dulces fríos para ahogar la herida abierta. Así se juega a compensar a los niños. Estamos, aclaro, ante una operación quirúrgica para la infancia, una operación en serie. Se imparte a los niños a destajo o, al menos, así se hacía. Amígdalas extirpadas en serie. Cuerpos y memorias violentadas… Toda una metáfora; de la educación, de la vida reducida a meros engranajes que se mueven y combinan… Golpes secos y charcos de sangre. Hay quien sobrevive a los vientos fríos a pesar de su mirada ausente. La frialdad atraviesa la máquina de ejecución, aquilata sus engranajes. La máquina. Engranajes que se mueven implacablemente. Previsiones sin matices. Más allá los cuerpos menudos y ese cuidado que merecen y no tienen. Nadie escucha a esa débil masa carnosa que ante los instrumentos de metal se abre en rojo de sangre. Nadie la escucha pues nada tiene que aportar. La máquina médica actuando e ignorando toda cualidad imaginable. El alma no existe, nos dicen.


En todo ese revolver se pueden despertar viejas memorias de ira, una ira de espacios abiertos, espontánea, franca y finalmente sana… Esa ira, la del hombre libre que protege a los suyos y devuelve agresión por agresión, se desenvuelve en grandes espacios cubiertos por la inmensidad azul. Los árboles, inmensos diría yo, y el frondoso bosque sirven de alfombra y regazo a esa gloriosa libertad elemental. Lo mismo cabe decir de las montañas. El gran azul lo domina todo. Todo lo acoge. En la mesa de operaciones el cuerpo agradecería ser tratado como cuerpo, como cuerpo vivo –persona- y no como cosa u objeto. El maltrato convoca fuerzas elementales de profundo calado. Su emerger viejo siempre nos moverá la silla. Tardaremos en reconocerlas y, finalmente, en sentirlas como propias. La ira tremenda de ese hombre elemental. La ira que surge de la matriz de la vida.


A los niños, tras serles desnudado el torso, se les cubre con un manto blanco. Así esperan apelotonados en una sala de paredes también blancas. Uno a uno son llamados o mejor cogidos, agarrados. Se los van llevando poco a poco. Yo me veo como en un teatro, como en un escenario. Yo dejo de ser yo y me veo asumido como personaje. Los niños nos arrimamos a la pared y nos observamos unos a otros. Cada vez somos menos en la sala. Poco a poco unas manos nos van arrancando hacia quien sabe donde. Siento el poco respeto por la vida y unos siniestros engranajes que actúan. Su rostro es siniestramente cómico aunque acaso la comedia brote de la propia pulsión de supervivencia. Finalmente me llevan. Me llevan a una sala glacial y metálica. Me arrancan la garganta y de mi boca mana la sangre. Entre medias ese quirófano y la anestesia. No hay llanto, no hay dolor. Estoy más allá, instalado en la desposesión y la perplejidad. Mi soledad ante la máquina, mi carne blanda ante el engranaje. Finalmente llegan las gasas y unas toallas siniestramente blancas. Ríos de sangre roja las empapan de vida. Nos prometen unos helados fríos. Una poderosa memoria ancestral queda despierta. Todo lo cubre el gran azul y la blanca luz, esa luz misteriosa que acoge todo color.


(II)

La niña agarrada a una muñeca desgarrada y calva, fea, mutilada y rota. ¿Nadie salva a la niña?. Pobre niña, se agarra a ese monstruo otorgado que ella nunca pidió. La enfermera exige que se lo quiten. La mama dice -no, pobrecita-, el papa calla. Finalmente nos quedamos solos la niña y yo. Vuelvo a estar con niños en un quirófano esperando la intervención aunque yo ya no soy niño. La niña me mira. Yo la miro a ella. En su mirada incierta se advierte claramente su apego por esa muñeca cojitranca y deforme. Su miedo ante la intentona de arrebatársela. También sus ganas de vomitarla. Alguna mano amiga intenta, de nuevo, separarla del monstruo. La niña llora y repatea. Ahí la dejan, a su suerte. Con la muñeca entre sus brazos. Hay quien me llama aunque no por mi nombre. Vuelvo a ser una cosa en manos de una máquina. Me introducen en un quirófano sobre una mesa con ruedas. Los engranajes comienzan a actuar. Inyección. Sueño profundo. Pérdida de conciencia. Son los prolegómenos del tobogán. Un tobogán de pronunciada pendiente. Por el caigo y finalmente despierto. Despierto en negro. No hay nada salvo mi golpe de conciencia. No hay visión. Mis músculos no se mueven. Mis ojos están cerrados. Hay oído. Oído y dolor. El dolor causado por quien manipula el cuerpo limpiando la herida abierta. La intervención quirúrgica está en su última fase. Por pura desatención cuerpo y conciencia ya están despertándose. Mi Invierno arranca, entre tinieblas, con el cuerpo agarrado por la inmovilidad. Sólo hay dolor. El dolor extremo que el cuerpo pasivamente recibe. Mi invierno, mi infierno. Con todo es un dolor ajeno. Leva el sello del anestesista que se fue sin atender ni cuidar a un cuerpo vivo. El anestesista. Ese cretino que cómodamente supuso que todos los cuerpos eran iguales. Máquina, sistema, procesos, grandes números, cantidades… Los engranajes de la máquina chocan contra mi conciencia y percuten mi cuerpo, derraman su sangre. No es la primera vez y en mi fundido en negro sólo queda la inmovilidad y el dolor. También la escucha de la conversación que se traen los médicos. Sin comentarios. Me introducen por la boca una especie de tubo que aspira. Me llenan de gasas la nariz. Las gasas, esas prendas blancas que se tiñen de vida. Entre gasas y dolores esa memoria ancestral pugna por emerger. Una ira poderosa y libre. La ira del hombre elemental en este caso sin cauce alguno de expresión. Casi ni la reconozco pero ahí está llamando a la puerta para sencillamente ser vista, ser reconocida. Estoy completamente agarrotado y mi conciencia se derrama toda ella en un querer moverse. El cuerpo tiembla y alguien finalmente advierte que me muevo. ¡Qué curiosidad!. Al fin y al cabo no se ha muerto. Y si hubiera muerto nadie hubiera sabido por qué. Me echan varias mantas encima según salgo del quirófano. Ahora es el frío y el temblor quien reina. Yo me quedo con el saldo de haber atravesado un infierno de incomunicación, inmovilidad y dolor. La anestesia y su efecto siguen disipándose. Nadie ha sido capaz de atender y ver el alma y su dolor. Incluso, tiempo después, cuando trasmita al médico lo sucedido me mirará con cara inexpresiva. La máquina calla. Veo al salir a la niña de la muñeca. Ahora le toca su turno. El horror emerge en su cara. Por lo que a mí respecta quedará por reconocer a ese hombre ancestral. Finalmente se producirá el encuentro y también la amable despedida.

miércoles 10 de agosto de 2011

Hedonismo sostenible

Hedonismo sostenible. Así se llama el nuevo libro de Eduardo Hidalgo publicado por la Editorial Amargord, una excelente aportación en la senda abierta de los mejores alegatos contra la prohibición. El estilo es original, ameno y fluido, y el arsenal de argumentos sobre la prohibición y sus demencias resulta demoledor. Desde este blog felicito a Eduardo ya que si algo es necesario hoy en día son voces que cuestionen la clamorosa desnudez de ese rey desnudo en que se ha convertido la prohibición. Un rey desnudo del que, por cierto, dependen unas ingentes dosis de dolor a través de las mafias criminales, los estados fallidos o las víctimas de la prohibición y de sus siniestros escenarios. El grado de irracionalidad del prohibicionismo y de sus charcos es de tal calibre que, a estas alturas, los alegatos contra la prohibición parecen prudentes y modositos ejercicios de sentido común. La argumentación de Hidalgo desgrana a lo largo del libro los argumentos de rigor pero desde unas maneras tremendamente novedosas y convincentes. La comparativa de la ingesta de sustancias psicoactivas con los deportes de riesgo, la caza o la conducción resulta inapelable al tiempo que deja ver la gran verdad que la prohibición quiere ocultar. A saber, la afición a la ebriedad y a la drogofilia, ni de lejos, se traduce en pandemias de drogadicción ni en problemática masiva alguna. Serán muchísimos, en realidad la gran mayoría, los cultivadores de la ebriedad que, al día de hoy, transiten por ella sin caer en el socavón. Incluso lo más común será una serie de experiencias puntuales en situaciones concretas que, desde luego, no condicionarán a caer en espiral de terror alguna. El adicto se lo tiene que currar, esa es la verdad, y es todo menos una víctima... Estas serán las realidades inapelables que estarán en la base del sólido argumento que atribuye a la prohibición la mayoría de los problemas asociados con las drogas en nuestras sociedades. En sus escenarios las sustancias, además de haber encontrado una promoción masiva y una recepción  intensiva, algo antropologicamente inédito, tenderán a ofrecernos su peor perfil.


La comparativa que hace Eduardo precisamente con los deportes de riesgo nos aporta más perlas a la reflexión. Las veredas de la ebriedad tienen sus riesgos y quien las transita deberá asumirlos. Ahora bien, como en ciertos tipos de deporte o en la conducción los riesgos son razonables, sostenibles en palabras Hidalgo, a poco que no se sea un descerebrado extremo. Por cierto, este último coletazo de incorrección política es de mi cosecha; y quizá me equivoque ya que más que ante un tema de madurez personal nos encontramos confrontados con una carencia que genera víctimas. Una carencia muy concreta: La de los contextos, tiempos propios y maneras ajustadas al uso de sustancias. Esos mismos que arrasa la cultura prohibicionista con su violencia. Esos mismos que naturalmente acontecen en toda cultura, tanto para las variantes lúdicas del cultivo de la drogofilia como para las expresiones más templadas o íntimas. Me viene a la cabeza la tremenda sofisticación y exuberancia de la cultura de los buenos licores o de los buenos vinos. Su compleja etiqueta, sus liturgias y las convenciones sociales sobre su uso. A nadie se le ocurriría hacer un calimocho con un Vega Sicilia, no?... Al tiempo me vienen a la cabeza los espacios reservados para los usos lúdicos del vino en fiestas populares, en tiempos y espacios precisos, los propios de la fiesta. Toda esta complejidad antropológica, transmisora de un saber hacer y un saber vivir, será la primera víctima de la cultura prohibicionista. Desde la carencia creada los riesgos crecerán exponencialmente ya que el ser humano, de suyo, se da a tales aficiones. Pero, por qué esto es así, por qué la ebriedad resulta algo tan irrenunciablemente humano, por qué su cultivo se da con tanta naturalidad en las sociedades humanas…

La fiesta, el juego, el muy noble e inocente arte del juego. Por ahí andará la respuesta… A esta referencia se acogerá Eduardo Hidalgo para dar un encaje antropológico a la ebriedad y a la ebriedad drogófila. El autor no ha podido estar más acertado. Saber jugar, saber beber, saber gozar, saber drogarse, saber encontrarse libremente con el otro y con uno mismo… Acaso uno de los asuntos más serios de la existencia... Este comentario podrá sorprender al puritano pero los psicoactivos no son más que un dinamizador de las posibilidades de la vida humana. Ese será su valor y su riesgo. A su encuentro nuestra personalidad más que disolverse se expande y muta, viaja por sus diversos registros. Por eso es tan importante saber de tales asuntos y no hacer las cosas de cualquier manera. La ebriedad tiene sus riesgos. De lo que se trata es de saber reducirlos y así hacer sostenible su cultivo. Los deportes de riesgo no son más peligrosos que la ingesta de muchos de los psicoactivos ilegales si es que se saben reducir sus riesgos. Un apunte curioso. La distribución masiva de las variedades más destructivas de drogas tiene una vinculación directa con los usos y maneras del mercado negro. Un ejemplo: la sustitución del opio por a la heroína...


En resumen, las drogas tienen sus riesgos. Habrá para quien incluso alguna sustancia, en concreto, pueda resultar contraindicada. Con todo, la prohibición es la que genera los enormes problemas que padece nuestra sociedad en relación a la actividad de drogarse. No olvidemos que la afición por las droguerías, de ahí el nombre, es algo propio de todas las sociedades humanas. Y no sólo sino que un buen número de animales se drogan. Este interesante tema también lo tratará Eduardo en su libro. Un apunte, drogarse no será meramente drogarse sino cultivar la ebriedad. En suma, jugar, vivir, gozar, encontrar, encontrarse. Hedonismo sostenible. Un modo de juego del que incluso los animales saben disfrutar. Pierdan ustedes el miedo pero sean muy conscientes de los riesgos y si dudan digan no. Algo así podríamos sugerir como proclama. Por cierto, en el miedo se disuelven muchas cosas. Entre otras la propia percepción de los riesgos. Creo importante traer a colación cómo el miedo, el miedo a la libertad, está en la base de la cultura prohibicionista y su lodazal…


En fin. Estamos en un blog de enteógenos me dirán algunos. Por lo que se refiere a estas sustancias, el juego, la capacidad de juego e imaginación, será una condición necesaria de esas nupcias entre hombre y planta enteogena, si es que es el caso. Además, referirnos a la cuestión de la prohibición lo considero muy relevante ya que la cultura prohibicionista precariza y problematiza a extremos el uso de los fármacos visionarios. Ya se sabe, el mercado negro, los pirados vendesesiones, etc... Como postre un comentario para terminar. Cualquier género de elitismo que desde el uso de los fármacos visionarios quiera distanciarse de las problemáticas políticas propias de la prohibición sólo incurrirá en un extravagante ejercicio de ceguera. Los procesos de incriminación y su vendaval truenan para todos. ¿Alguien lo duda?

jueves 28 de julio de 2011

La nieve que todo lo cubre







Ese frío de la ayahuasca... Hay muchos que se refieren a él. Algunos lo conocen y otros simplemente parlotean. No es un frío cualquiera. Te hila los tejidos enroscándose a tu cuerpo como un zarcillo endurecido y viscoso. En su enroscar pareciera una serpiente que, mostrándonos su piel, nos invitara a un juego de profundidades abisales y arcaicas. Un juego que agarrota, sin vuelta atrás.


En tales veredas los miembros y el cuerpo entero quedan contraídos y enhebrados en la serpiente. Parecieran convertirse en una madera fría. Nos detenemos. El frío, un estado de la vida, en intimidad con la quietud. También con la rigidez, el olvido y el destierro de eros... La serpiente, de sangre fría, de movilidad restringida, muy cercana a lo elemental. La divisamos instalada en las fraguas del origen, en el umbral del manantial. Más allá de sus muchas pieles sólo queda el borbotear de la oscuridad en la grieta de la roca. Su mirada fría nos despoja de toda capacidad de movimiento. La serpiente; entre nuestra presencia y la de ese manantial vivo que borbotea en la oscuridad de la roca. Apolo antes de asentarse en Delfos y llegar a ser encontró a la serpiente Python guardando su manantial oracular. Tras verle Apolo las vueltas a la serpiente, la sacerdotisa oracular de Delfos mantuvo el nombre de Python en su propio rango. En su ondulante regazo la Pitia decía los decires verdaderos. Recordaba más allá de los fríos y de su áspero olvido. A golpe de corazón y latido…


Los fríos y los vientos gélidos, sus misterios... En su soplar cesa el movimiento. En la inmovilidad, cristalizados y detenidos, pueden llegar a vislumbrarse los patrones básicos. El cese de su operar y la distancia devenida con todo proceso pueden depararnos tal visión. A golpe de corazón y latido... Acogidos a tal ritmo, penetrando en el frío, pareciera como si nos adentráramos en un museo del origen dentro de un palacio de hielo. La forja y los engranajes de las cosas que van siendo se vislumbran a través de cristales y geometrías congeladas en una tremenda quietud. El palacio, en sus galerías, nos va mostrando los troqueles y patrones que gobiernan todo devenir; a través de una parada fría y áspera, de un salto-atrás, de un movimiento de retorno, de un modo de intimidad con la quietud, la nada y el sueño. Ese latido que ve es lo que imprime ritmo y posibilidad al áspero tránsito. Acaso sea esa la visión de claridad del frío, una visión abisal y cercana a esa oscuridad rebosante más allá de toda geometría… Se nos confronta una visión de muy difícil trato. En su regazo las carnes sanguíneas se reconocen como de una de esas maderas contraídas y polares. A veces, incluso, experimentan su propia cristalización si es que el corazón late con fuerza y es capaz de ver. Con todo, tal tránsito contrae, encoge y duele. Los hallazgos, congelando, pueden quemar. Finalmente, el acercamiento es a un blanco purísimo, a un blanco de nieve que todo lo acoge; también a un blanco de calavera. La intimidad es con el blanco en una escena previa e inmóvil de acercamiento a la Nada... Nada permanece en su regazo. Nada más que la grieta en la roca y su oscuro manantial. En tal arcano se resuelve el misterio de todo parto, de todo devenir, de todo fruto, de toda fertilidad, de toda mutación... El agua de la roca acoge una frescura capaz de toda forma. En su fluir, más allá de todo y más allá de sí, la serpiente cambia de piel. Fuego y movimiento. El blanco, el de la nieve y el de la calavera, acogen todo color y, por eso, alumbran cualquier color.


La de la salamandra, la del dragón, la del lagarto... Las variaciones de la serpiente que se instala en el frío. Los muy diversos rostros de su violenta y dúctil quietud, previa a todo movimiento, previa a toda variación… En la geometría cristalizada y detenida de la vida, paradójicamente, reside el secreto del fuego y de la mutación. La geometría congelada del cristal de hielo, al encuentro con eros, inicia el viaje a la forja de Vulcano. Los patrones de la vida inician su movimiento alumbrando nuevos mundos. La serpiente es un dragón; y también una salamandra. Dragones y salamandras saben del secreto del fuego. Entre nieves, vientos gélidos y pieles que se dejan atrás. Desde su propio hieratismo y quietud. Desde su flexibilidad de navegante.


Más allá de todo, más allá de su soledad, Zeus se encontró con las escamas de la serpiente. En la oscuridad, entre vientos y fríos polares, se descubrió en su lomo... Más allá de sí y de su soledad creadora, Zeus remontó hasta su origen, origen de todo. Cabalgando la serpiente, siendo, Zeus dejaba de ser para volver a ser siempre diverso. Hen kai pan. En realidad Zeus era nada, cero, pura vacuidad.

domingo 17 de julio de 2011

Ad inferos







Primera escena. El universo se descompone en sus propias piezas. Un inenarrable malestar irrumpe. Dolor y visión son uno y lo mismo. La naturaleza, antaño generosa, asiste muda al convite. El vientre se hace presente y la mano trata de facilitar el vomito.

Una escena más. La mano se adentra en la caverna. Trata de superar su malestar. En lo más profundo la caverna se revela carnosa y viva. Ahí la palabra, la propia palabra tras la boca, no es más que músculo tenso y expresión sanguínea. Lo elemental se nos brinda en un tránsito de dolor. Lo elemental, lo que nos compone desde el subsuelo, nuestras hebras más elementales antes de toda elaboración o integración. Lo elemental. Eso mismo que antecede a toda expresión y toda palabra. Lo elemental. La materia prima de toda figura, de toda forma. Lo elemental. Las fibras que nos tejen. Lo elemental. Los elementos que amparan toda forma compleja. Lo elemental... Todos somos fuego eterno que se enciende y se apaga según medida. Así hablo Heráclito. Elementos que se unen y deshacen. Pasiones básicas...

Los elementos que nuestra vida enhebra revelan la tierra que habitamos, sus componentes más primarios. No son trama sino materia elemental. No son armonía sino notas. No son figura, son potencia y posibilidad. Al destrenzarnos y deshacernos nuestras hebras e hilachos vibran en el viento. Ondean como banderas de esa vida elemental y sanguínea que nos compone. Esa vida arcaica que busca su palabra, su partitura y su cristal. Entremedias de esos vientos nuestra figura se descompone dolorosa. La geometría se deshace. Dejamos de ser. Deshechos accedemos al corazón de la caverna, a ese músculo vivo y sanguíneo a partir del cual brota toda forma ulterior. Accedemos a una matriz elemental, a una potencia tensa en una caverna sanguínea. Lo elemental, burbujeante de energía antes de toda trama. Acercamos la mano. La matriz desata su condición de torrente. Las formas comienzan a brotar a borbotones. El músculo tenso deviene cráter y manantial de lava. Un cráter negro en un paisaje negro libre de toda forma. El cráter expulsa lava a borbotones y un promontorio va trazándose en ese horizonte vacío. De lo elemental y de ese universo vacío van surgiendo las formas. Nada. Fuego y movimiento. Montaña; y en la montaña un lobo negro que habita lo elemental y su emerger. El músculo sanguíneo y vivo se encuentra en su figura de lobo. El cuerpo se vive otro. De dientes, hueso y cartílagos emergen unas fauces. El lobo negro, crispado, en su dolor corre en el cráter. La lava y el negro paisaje son su territorio. Lo elemental nos ofrece su rostro. El lobo brinca y agita su figura. El hombre se siente y anda sobre las piernas.

Tercera escena. Un camino vedado. La de la forma alejada de sí. La deformidad deviene dolor. La figura ajena corrompe nuestra vida. Un paisaje digno de Brueghel o de El Bosco nos sirve de espejo. El infierno se abre, el infierno de una vida alienada en la ausencia de sí. El infierno es legión, legión de fragmentos sin nervios, sin enlaces que los conecten. Zeus perdió esos nervios tras ser derrotado por Tifón. Tifón el rostro de lo elemental que descompone cuando irrumpe. Tifón la vida fragmentada y bronca pero dispuesta a su propia forma. Burlando a Tifón, Apolo le devolvió los nervios a Zeus. La belleza y el encuentro. La armonía que vincula lo deshecho. Suenan las cantatas de Bach. El propio daymon como senda de vida. El propio espíritu como figura de riqueza. El fuego, la energía en movimiento… Vulcano trenza y compone en la fragua.





martes 5 de julio de 2011

Yukio Mishima: La música de las esferas

Yukio Mishima. La música de las esferas. Me refiero a esa música que este escritor japonés nos propone como espejo de la propia capacidad erótica en su relato “Música”. Ahí el eros rebasa los limes de la propia corporalidad y todo objeto de deseo para devenir cifra y símbolo unitivo. En el eros lo humano queda abierto y se une a la totalidad de la vida, a su naturaleza sinfónica. Eros y atención pura, actividad y receptividad, se tornan uno y lo mismo. “La música se deja oir. No cesa nunca” nos dirá Mishima.


En la obra que nos ocupa este escritor japonés, a través de la metáfora musical, nos indica ese reino de eros, el de los frutos maduros del Amor, en tanto aspiración final y motor de la vida humana. Un Amor que abre y sirve de puente de comunicación con la vida. En sus propias palabras incluso capaz de amparar el acceso a “una perfecta unión con el mundo exterior”. Sin fisuras, sin sombras, sin miedos, sin bloqueos... En ese estado no puede haber dualidad ni contrarios. Estos deben quedar integrados y rebasados. A propósito de Reiko, el personaje central de “Música” Mishima nos dirá: “en aquel momento debía encontrarse en un estado de bienaventuranza. La mentira, la verdad, las pequeñas preocupaciones… lo había superado todo. Atravesaba un territorio celestial con luminosas nubes y se encontraba ciertamente escuchando la música”. Así será este éxtasis amoroso capaz de aunar los polos opuestos de la vida. No en vano Mishima se referirá a Santa Teresa… ”Todos los hombres, en cualquier situación en que se hallen, reconocen rápidamente la luz interior desencadenada por el amor en el cielo nocturno de su alma”. A lo dicho responderá la metáfora musical propuesta, a la intuición directa de la armonía de la vida más allá de todo sinsabor, de toda escisión y de toda confrontación. Está metáfora, desde Pitágoras, será utilizada con recurrencia en tanto metáfora unitiva o no dual. Huxley glosará la capacidad de acceso del alma humana a tales estados y, por eso mismo, el carácter iniciático de la química fantástica. Para Huxley no se trataría simplemente de experimentar. Esta iniciación nos indicaría un camino progresivo hacia ese estado olímpico en el que la música ya “no cesa nunca”. A tal llegará el cuerpo y tal será el tremendo valor de la farmacia iniciática: Tornar conscientes ciertos estados de los que es capaz el alma humana.


En “Música” Mishima aborda una reflexión y un viaje a través del Amor. Desde eros la vida se abre al amante y ésta suena como la música, variada en sus notas pero ordenada; saturada de contrarios y contrapuntos pero naturalmente armónica. En el Amor la vida revela su envés de integración y belleza. Incluso el amor más anatemizado es capaz de servir de puente a ese estado de apertura en el que la vida aúna sus escisiones y nos ofrece un perfil no-dual de armonía y belleza. “La música se deja oir. No cesa nunca”… Así termina precisamente el relato del que nos ocupamos en esta entrada. Un recorrido detectivesco por las alcobas del deseo humano, del amor incestuoso, de las inhibiciones de la propia erótica. El libro tiene una importante deuda con el psicoanálisis pero se plantea como una crítica post-psicoanalítica del mismo. Eros desborda completamente los reduccionismos freudianos así como el proceso analítico su formulación desde la psicología clínica. La patología y lo sagrado, en esa música de la que nos habla Mishima, se encuentran. Ambos contrarios revelan su enlace, su plano de integración. Los recorridos de eros son infinitamente más complejos que el de una simple perspectiva psicopatológica. Por eso Mishima se decanta por un análisis de corte existencial en el que el Amor sea ese quicio que abre a la vida revelada como música. El escritor japonés nos da una referencia concreta, la del deseinanalyse –análisis existencial- de Binswanger. De acuerdo al mismo el análisis encuentra su horizonte y complemento en la ontología de Martin Heidegger, o lo que es lo mismo en la referencia al acontecer -a lo que va siendo- y a su experiencia. Desde tal perspectiva se considera análogamente normalidad psíquica y patología en su común anhelo de alcanzar el Amor en su totalidad. Es más, todas las patologías estarán referidas a ese anhelo en tanto obstáculos y resistencias a la propia irrupción de eros. El Amor será así el dinamizador y el destino de la vida psíquica. Un amor que abre al Ser y a la vida, progresivamente y a diversos niveles. De ahí que no deba causarnos sorpresa alguna la existencia de un poder misterioso que emergiendo regule la vida del alma humana: la de la irrupción de esas potencias de Amor. El mero análisis de la psique quedará pues completado por las renovadas síntesis personales que emerjan del encuentro erótico.


El destino del hombre en el Amor será precisamente el de la realización de sus capacidades unitivas con la propia vida. Desde las mismas sólo queda ser uno con la vida y atender extasiado a su sinfonía. El éxtasis cuando a uno le roza sobrecoge. Su memoria acompaña de por vida. No deja indiferente el Misterio de Belleza que viene a revelarse. Basta un mero roce de esa música para reordenar toda la existencia. De ahí que el amor, ese amor que abre a la vida, sea el motor oculto del psiquismo humano, su más poderosa arma, su fuerza motriz. Adentrarse en los misterios del Amor conduce siempre más allá de sí. El tránsito de sus senderos cambia y transforma. Los roces del éxtasis no son raros al encuentro con los fármacos visionarios. Ahí la vida se revela ofreciendo de su mano un irrefrenable caudal de plenitud y salud. La propia erótica encuentra su modo de plenitud en la recepción pura de la vida. La visión abandona los terrenos del imaginario y se ciñe a la música de lo más estrictamente real. “Sentía la música por todas partes, llenado cielo y tierra, sonaba envolviéndome, atravesaba mi cuerpo”… La cuestión del cuerpo, central en todo proceso espiritual… No es baladí la alusión al cuerpo que convoca Mishima. Tampoco lo es la alusión al orgasmo y al encuentro entre cuerpos como metáfora de ese éxtasis musical. En el encuentro con los fármacos visionarios es el propio cuerpo quien nos cambia. Bien de la mano de esa percepción espiritual olímpica, majestuosamente musical, capaz de aunarlo todo. Bien a través de esas sombras que en su reverso esconden el Misterio de su pertenencia a esa vida indestructible y Una que cantaran los fieles del dios Dionisos. El espíritu se brinda así en la carne. La del amor es la buena nueva; la condición de su refinamiento la capacidad de atención, la pura apertura, el silencio en esa música a la que por fin se accede, el vacío devenido tras la integración de los fantasmas del inconsciente. Reiko no es capaz de escuchar la música pero todo su periplo analítico la conducirá finalmente a sentirla. “El sólo hecho de pensar en la música la hacía desaparecer. El concepto de la música anulaba en ella la música misma”. Mishima sabe que la música de la vida se brinda en el silencio más allá de toda actividad mental. Ese mismo silencio interior que nos exige el éxtasis. Ahí el cuerpo se abre a la vida y éste queda desbordado en la liberación de sus propias potencias perceptivas. El cuerpo rompe sus límites y su carne es la del propio mundo. Erótica y contemplación devienen Uno y lo mismo. No hay ni interior, ni exterior... Como bien nos recordara Baruch Spinoza: “Si supiéramos lo que puede un cuerpo…”. Mientras tanto nos arrastramos.


Como coda final. Toda nueva síntesis personal, es decir, toda auténtica catarsis si algo exige son tomas de conciencia, introspección y análisis a través de instrumentos a la altura. Los mismos deberán saber atender a ese análisis de la psique y al por qué de sus fantasmas pero en un contexto antropológico más amplio que atienda al propio sentido de la existencia humana. Mishima acierta en reivindicar un análisis de corte existencial capaz de dialogar y de dar cauce a la palabra. Esa misma que dimana del encuentro con los enteógenos. Pocas cosas son tan importantes en la cita con los fármacos visionarios como un análisis a la altura de psique y existencia. El alma al encuentro de su propio y singular relato... Un análisis de corte existencial lo suficientemente flexible como para urbanizar la experiencia enteogena a la medida de cada cual. Desde mi punto de vista algo insustituble en nuestro propio contexto cultural si de lo que se trata es de dar forma y palabra al encuentro con los fármacos visionarios.