martes, 9 de junio de 2009

Henry Michaux y la muerte de dios


De entre los diversos encuentros que con los enteógenos mantuvieron gentes de fuste al filo de la mitad del siglo XX destaca el de Henry Michaux. Y destaca por una modernidad completamente asumida que, entre otras cosas, delimitará una perfecta perspectiva de comprensión de ciertos acercamientos al espíritu. No me refiero a esa modernidad que esteriliza todo ámbito reflexivo desde las limitaciones que al pensar aporta el paradigma criptopositivista y el cientificismo. Me refiero a esa otra modernidad, capaz de experiencia y pensamiento, que sabe asumir el tiempo presente como el de la “muerte de Dios” con la intención de asumir el tiempo propio habitando conscientemente el límite abierto en esa “muerte”. Una modernidad que se asume en lo que tiene de problematicidad y, también, de liberación de espacios. La contracultura, en tanto toma de conciencia de la propia crisis de nuestra civilización, de sus valores y sus símbolos, se instaurará en este mismo límite. Un límite que bien podría ser liberador de una experiencia que hasta entonces estaría mediada e interceptada por los diversos discursos metafísicos, teológicos y religiosos de la mano de sus respectivas dogmáticas, creencias y dispositivos de control. En la sensibilidad apuntada no deja de constatarse esa visión heideggeriana de la “muerte de Dios” en tanto ocasión propicia para el emerger del Ser. O esa otra de Nietzsche, tan afín, a propósito de las potencias de vida que desvelaría finalmente el nihilismo desde su propio operar. O la del propio Jünger, tan atento a los escenarios de renovación que la acción del nihilismo contemporáneo prepara en la unidad paradójica de crisis y florecimiento.


Michaux asumirá pues su propia aventura personal con las sustancias visionarias desde un cierto desamparo que, paradójicamente, pudiera indicar una capacidad renovada de experiencia. Habitar el límite de la “muerte de Dios” podría servir la liberación de la propia mirada e indicar una nueva senda que deberá ser tenida en cuenta: La senda de las tradiciones orientales. Michaux apostará tanto por una ruptura con cierto Occidente como por una nueva frontera. Ruptura con nuestra propia perspectiva teísta e intuición del Ser por venir. Tal será el tempo, la sensibilidad y los dilemas que vendrá a elaborar este psiconauta francés.


En la propia raíz de los ámbitos de reflexión apuntados estarán sus experiencias con la mescalina. A partir de las mismas Michaux se verá inevitablemente confrontado con los diversos edificios metafísicos con los que la tradición occidental ha ido ahogando en el racionalismo la riqueza y los órdenes de vivencia de la experiencia espiritual. Dicha confrontación quedará servida por la paradoja de que el lenguaje metafísico occidental en nociones tales como tales como Uno, Todo, Esencia, Espíritu, Inmensidad, Potencia, Ser o Infinito manaría, originariamente, de experiencias espirituales muy concretas. De hecho el propio Michaux reconocerá una determinada “experiencia metafísica” originaria que habría quedado anegada por la historia de la metafísica occidental con todas sus dogmáticas e intelectualismos. El olvido de esa fuente será la gran traición de la metafísica y la teología occidental. De ahí la distancia que Michaux cultive respecto de las mismas a pesar de que distribuya en sus reflexiones nociones como las apuntadas.


La finalidad del proceso de la metafísica occidental habría sido edificar todo un racionalizado universo de seguridades compartidas que desplazarían todo modo de duelo con la Nada, el Vacío y, en general, con toda forma de desposesión e incertidumbre. Lo que curiosamente negaría desde las propias disciplinas metafísicas la posibilidad de todo género de experiencia propiamente metafísica. Michaux, por eso mismo, atenderá precisamente a ese instante privilegiado de la “muerte de Dios” en que la experiencia se sacude y libera de cualquier mediación, credo e interferencia. Especialmente de la propiciada por esa manera tan acentuadamente teísta de entender lo divino. De ahí la desconfianza que proyecta sobre todo discurso metafísico o teológico que pretenda apropiarse de una experiencia que comenzaría, por fin, a ser visible y a quedar libre de tutelas ideológicas. Tal será la enorme relevancia de la llamada “muerte de dios”, para Michaux sólo entendible en tanto cancelación de viejos ídolos, trampas y controles.


Las grandes elaboraciones de la metafísica edificadas en honor de ese dios muerto sólo habrían servido para desplazar este género de experiencias y para suplantarlas por una racionalidad muy vigilante contra toda modificación de conciencia. Dicha actitud vigilante tendrá como puntal esa búsqueda de certidumbres y seguridades aún a costa de neutralizar toda posibilidad de experiencia. No olvidemos que es la ebriedad quien, a la postre, resulta capaz de cuestionar el punto de encaje y las propias categorías… El gran sacrificado de lo dicho sería el cuerpo y sus sentires en tanto espacio privilegiado de toda experiencia. El principal beneficiario habrían sido determinadas dinámicas de control político alimentadas por ese miedo a la desposesión, a la crisis de las “categorías de verdad” y a la quiebra del propio territorio. Se trataría por tanto de rescatar el cuerpo y la capacidad de experiencia de la interferencia de un administrador de existencias ajeno. Esta convocatoria de cuerpo y capacidad de experiencia tendría como envés, paradójicamente, la liberación de las potencias de la palabra.


Las necesarias vecindades metafísicas de su lenguaje animarán a Michaux a explorar en otras culturas desarrollos metafísicos menos lastrados por el control y la pulsión tanática de poder. El reconocimiento de la inevitabilidad del lenguaje le hará adentrarse en la metafísica oriental para reconocer un perfil capaz de servir de espejo al libre desenvolvimiento de la propia experiencia sin teologías de control ni intercepción alguna… Sus intuiciones sobre Oriente como horizonte para una superación del nihilismo occidental y su libertarismo espiritual le pondrán en la misma sintonía de las mejores propuestas de la contracultura. Para Michaux la referencia a esas sabidurías orientales sería, por un lado, consecuencia de la propia crítica que él mismo dirige hacia la metafísica occidental. Por otro, aportaría la posibilidad feliz de sabidurías metafísicas que, lejos de toda pretensión de sistema y control, sean capaces de atender a la experiencia metafísica y a cómo el cuerpo la encarna, vive y transita. La cuestión del cuerpo y la carne serán pues centrales ya que a partir del cuerpo acontecerá la apertura a la experiencia metafísica y a todos sus procesos de refinamiento perceptivo. El olvido del cuerpo y el planteamiento de un pensamiento intelectualista y desligado de la experimentación corpórea será lo que indique la degradación de la metafísica occidental. Así, las elaboraciones metafísicas se habrían reducido a meras cuestiones de lenguaje preparando el emerger del racionalismo moderno. Y es que en el cuerpo, la experiencia y las doctrinas metafísicas, encontrarán tanto su engarce como la vida que alumbran.


La referencia a estas metafísicas orientales en un crítico radical de la metafísica no debe sorprendernos ya que el hombre necesita del lenguaje y la verbalización para la integración de toda experiencia. Por otro lado la metafísica occidental se habría convertido en la barrera contra la experiencia que debería, de suyo, haber propiciado. Michaux, consciente de las correspondencias entre ser y pensar, intuirá la necesidad del encuentro en las propias palabras por necesitar el cuerpo de las mismas. Precisamente por haber sido la metafísica occidental disecada en meras teologías racionalistas y dogmáticas de control el psiconauta francés apelará a esta referencia oriental. De acuerdo a la misma Michaux no pretenderá acceder a nuevos universos religiosos o de creencias sino encontrar brisa fresca para el cuerpo y su capacidad de experiencia. Su objetivo será habitar ese límite de la “muerte de Dios”, desnuda y libremente. Más allá de todo código o referente que intercepte la propia experiencia, más allá del propio Occidente y asumiendo su propio destino de soledad, desierto y crisis. En este sentido Henry Michaux asume con una radicalidad inusitada la condición del occidental moderno contemporáneo y la crisis de su propia tradición. Quizá estemos ante una asunción trágica no exenta de presentes...


Acaso cierto lector encuentre incómoda la radicalidad de este autor. Esas -y en sus propias palabras- grandes pruebas del espíritu que encontró de la mano de la mescalina y de las que nos habló en sus escritos le mostraron el carácter irrecuperable de la metafísica occidental. ¿Cabe acaso una relectura de la metafísica occidental liberada de esas dinámicas de control?. ¿Cabe re-enlazar la tradición metafísica occidental con el cuerpo y la experiencia?. De las diferentes respuestas que se den a estas preguntas será de esperar el tránsito de senderos diversos aunque, acaso, no tan distantes como pudiera parecer. El desarrollo del proceso de recepción de las sustancias visionarias en Occidente exigirá atender a voces en apariencia contrapuestas. Por eso, y por lo que se refiere a esas referencias hermenéuticas capaces de servir de espejo a la experiencia visionaria, las cuestiones planteadas por Michaux exigirán su atención y su tránsito.

12 comentarios:

egoproduccionestrances dijo...

Hola!
Gracias por la información y por la labor que estáis haciendo, es muy interesante. Os seguimos atentamente desde Ego Producciones y Antropodocus.

Un abrazo enorme!

jcaguirre dijo...

Gracias antropodocus.

Aprovecho, de paso, para dar referencia de las obras de Michaux más relevantes de cara a estas lides visionarias. Una selección podría ser la siguiente: "Las grandes pruebas del espíritu", "El infinito turbulento", "Miserable milagro" y "Conocimiento por los abismos"... En realidad, el contexto propio del interés de Michaux por las sustancias visionarias es su interés por los nexos entre mística, poesía, filosofía y capacidad de experiencia. Un tema que abraza buena parte de su obra.

Anónimo dijo...

Es curioso que desde la mística se disuelva tanto esa división entre ateismo y sensibilidad religiosa...

Fata Morgana dijo...

Qué bueno que me hayas dejado tu link. Este post explica a las mil maravillas el lío que tienen ciertos individuos que se hacen llamar "ateos" más por una cuestión ideológica que metafísica.
Muchas gracias.

Fata Morgana dijo...

Qué bueno que me hayas dejado tu link. Este post explica a las mil maravillas el lío que tienen ciertos individuos que se hacen llamar "ateos" más por una cuestión ideológica que metafísica.
Muchas gracias.

jcaguirre dijo...

Así es Fata Morgana. Un amigo y conocido psicoanuta, Alejo Alberdi, siempre comenta lo mismo. De alguna manera la culminación del ateismo no sería el llamado ateismo sino cierta espiritualidad para la que la noción de Nada o Vacío se vuelca no ya sobre la inexistencia del dios teista sino sobre todo ídolo, imagen o representación mental... Al modo del Zen o de ese Neti, Neti del hinduismo, o también al modo de los místicos cristianos de la llamada teología negativa. Eckhart o Juan de la Cruz y su Nada son un perfecto ejemplo de lo dicho. Ahí la Nada se transforma en un puntal del propio psiquismo y no en una mera opinión sobre la inexistencia de un dios particular. El tema es que cuando eso sucede la nada es una nada rebosante y fértil que todo lo llena de vida... En fin, sendas más allá de uno mismo

Fata Morgana dijo...

Dios NO EXISTE. Tal como lo conocemos en su perspectiva mítica, dualista, no existe. Para ese Dios, yo también soy atea :D

La muerte de ese dios dialógico yo lo experimenté en mis sesiones enteogénicas, si bien ya lo sospechaba desde antes, aunque la experiencia me sirvió de confirmación. Sólo el Dios dialógico, mítico, puede despertar las posturas infatiloides que se ven en ciertos "ateistas" -contracara dualista de los teístas, cosa que les pone de los pelos- que no basan sus afirmaciones en la experiencia o la investigación empírica, sino en el racionalismo, con las limitaciones que éste implica.
Una vez entré en un debate por aquí mismo, por internet, y acabé tirando la toalla cuando me trataron de fascista: otra vez la confusión entre ideología y metafísica, y por ende, la dualidad. Ahí me dí cuenta de la enorme confusión que hay, y preferí retirarme. Mucha energía gastada en posturas ya transnochadas.
Gran saludo.

jcaguirre dijo...

Muchas veces es el propio lengauje el que ya ha pensado antes por nosotros y, por fortuna, nos "dice" como si fuera una memoria de sentido. Es curioso pero, etimologicamente, existencia significa "fuera de la esencia"... Lo que literalmente transforma la supuesta "existencia de Dios" no sólo en un absurdo -una pregunta mal planteada- sino en la propia negación del misterio de creatividad y vida que quiere indicar la cuestión por lo divino.

La distinción entre esencia y existencia es una distinción muy importante en la que profundizó la teología medieval... Aunque parace que no lo suficiente...

Anónimo dijo...

Y no seria Dios producto de la imaginacion humana para evitar la ansia de confrontar el vacio de la NADA? Como dijo Freud, la religion envuelve a los seres humanos en una psicosis colectiva para evitar la neurosis individual.

jcaguirre dijo...

En este tema que planteas de las relaciones de la religión con el psicoanálisis me parecen más interesantes las reflexiones de Jung. En todo lo que rodea la religión hay enormes recursos de energía anímica. De hecho creo que, éste de la religión, es uno de los temas más serios y más complejos que existen. Dice mucho de las capacidades del imaginario humano y de las potencias adaptativas del psiquismo del hombre. Sobre el tema de la religión, creo, no cabe un juicio unívoco. Porcesos de manipulación, potencia vital, función del imaginario... Todo se junta ahí...

De todos modos el problema es que cuando se habla de Dios no se habla de lo mismo. Sobre esto resulta muy interesante la lectura del libro "De Dios" del gran Agustin Garcia Calvo -genio y figura- y también la del libro "Qué decimos cuando decimos Dios" de Maria Toscano y Germán Ancoechea. La palabra Dios se usa de modos muy diversos y claro, todo depende...

Anónimo dijo...

El ateo contemporáneo común no creo que se confronte al vacio de la nada sencillamete por creer matar a Dios. Sólo se instala en su universo psicoemocional y en sus ídolos privados. Poda y reprime todo lo que pueda aportar a su energia libidinal lo que aluda a la transcendencia para quedarse con su propia psicoemocionalidad...

Confrontar el vacío supone liquidar al dios personal pero también los ídolos de nuestro psiquismo y cosmovisión personal... Si alguien hace esas dos cosas lo que aparece no es un ateo común sino algo que se acercaría muy mucho a un sabio espiritual oriental... Lo más cercano a eso en nuestra cultura son algunos místicos, aunque ahí el cristianismo "realmente existente" es un problema.

jcaguirre dijo...

Una aclaración. Sobre la etimología que cité en una anterior entrada quizá precisarla un poco. Ex alude a fuera. El resto de la palabra existencia se encuentra dentro del campo del verbo ser... Del mismo modo que la palabra esencia... Precisando más sería "fuera del ser"...