miércoles, 8 de julio de 2009

Los visionarios y la belleza (I)


De entre las más jugosas experiencias que nos aportan las sustancias visionarias destaca la de la relación con la belleza. En la misma se dirimirá nuestra capacidad para atisbar determinadas potencias y posibilidades de ser que quedan acojidas a la percepción humana; “lo que, aun olvidado, siempre estuvo ahí”. La visión de la belleza indicaría el vigor de una primera mirada no gastada, no vulgarizada, no cosificada; una mirada sin dueño capaz de remontarse al manantial que alumbra todo mirar. Allí la mirada es visión, una visión que se nutre, que discierne y conoce, una visión que rebasa con creces el mero sentido de la vista para alcanzar tanto el tocar como el escuchar…


La irrupción gratuita de la belleza enriquecerá el propio plano general de la vida y expresará la capacidad de ese plano para revelar plenitud y sentido. Ahí, el hombre, sencillamente reconoce, aportando su propia mirada al proceso de vida y cosmos. La etimología de cosmos aludirá tanto a la belleza como al propio orden y sentido que se ofrece al mirar atento. El hombre, siendo vida, reconocerá las propias potencias creativas y de ser de ese cosmos que se expresa a su través y en su propia capacidad de visión. La creatividad de los procesos perceptivos humanos, en tanto partícipes de la vida, revelarán y manifestarán a la vida misma. De ahí, el sinsentido de reducir la experiencia de la belleza a un plano puramente “psicológico” o “subjetivo” ignorando su relevancia ontológica y la pertenencia de la mirada humana al propio proceso del ser de naturaleza y vida. Difícil será acometer tal reducción, si consideramos cómo el darse gratuito de la belleza, si algo exige, es nuestra receptividad, apertura y silencio. En el envés de esta disposición, que sabe dejar de lado nuestra particularidad y rutinas psicoanímicas, irrumpirá ese torrente de salud y vigor que nos depara la capacidad para la belleza y su sentido. Franquear pues nuestra propia particularidad y, en esa medida, lo propiamente “subjetivo”, será la exigencia básica de ese acceso a la belleza.


A poco que atendamos a lo dicho tomaremos conciencia del valor de la belleza y su cultivo. Siendo la belleza un don gratuito, cuyo ser sencillamente acontece “más allá de nos”, el cultivo de la capacidad para la belleza será una condición para que su semilla germine. Nutrir esa capacidad será precisamente el don que pueden brindar las sustancias visionarias en el recuerdo -anamnesis- que propician del poder y la presencia de la belleza. Hasta el punto que algunos de los encuentros con las sustancias visionarias puedan presentársenos como auténticas iniciaciones a la belleza y a su memoria.


Si con el sentido y el ser de la vida nos las habemos no será casual que lo dicho acerca de la belleza vaya de la mano de un estado de la vida humana más intenso, integrado y vigoroso. Como ya he indicado ese estado no será sino la condición para el reconocimiento de esa vitalidad y belleza. Interior y exterior, lejos de venir a cancelar su relación en las gastadas nociones de lo “objetivo” y lo “subjetivo”, encontrarán así una relación de reciprocidad y copertenencia tremendamente rica y dinámica. En la misma, ser capaz de aventurarse en "el experienciar" de la belleza supondrá tomar conciencia de la capacidad de nuestra interioridad de abrirse a la misma. Algo que no siempre sucederá dependiendo del estado de nuestra vida anímica. Efectivamente, en la perspectiva apuntada los estados internos de la vida anímica y la cualidad del mundo percibido estarán en constante retribución. Las variedades del percibir humano quedarán insertas así en el natural “darse de la vida” en tanto expresión de la misma. El hombre, lejos de ser un mero espectador, será pues partícipe y agente de las diversas texturas y cualidades de ser que vengan a brindarse  desde la creatividad de sus procesos anímicos. La realidad siempre será pues encuentro, cópula y cruce entre quien percibe y entre “aquello” que interpela nuestra percepción y nuestra capacidad de conocer. Tal encuentro acontecerá en un plano continuo que vincula y enlaza, dejando de lado todo dualismo y toda ficción de separatividad entre el hombre y el mundo. Así, perceptor y realidad percibida, no serán sino ese enlace en el que se asienta la propia expresión de la vida. Liberar en la conciencia el detalle de este procedimiento perceptivo, capaz de reconocer tan diversos órdenes de realidad, es otra de las grandes aportaciones de la experiencia con sustancias visionarias.


Desde la perspectiva apuntada, realidad y conocimiento, parecieran tener cimientos puramente imaginarios y phantastikos, aunque no por ello menos reales… A esto mismo se referirá Hofmann al advertirnos sobre el acceso a ese “preciso punto donde tiene lugar el tránsito entre materia y espíritu”. Según él a ese ámbito originario, auténtica matriz de la vida, accederíamos de la mano de las sustancias visionarias. Desde tal instancia cosmos y conciencia se revelarán en tanto Unidad que expresa la creatividad de la vida. En la estela indicada Ernst Jünger acuñará la idea de psicocosmos... Acaso, la propia potencia creativa de la vida, quede así subrayada como lo propiamente real en tanto intimidad indeterminada y ubicua de toda forma...


Fue Platón quien advirtió en la capacidad para la belleza la irrupción de modos de percibir enhebrados en el sentido y en una determinada salida de la propia particularidad. No será de extrañar ya que en esas experiencias, si algo queda interpelado, será la capacidad de atención, más allá de uno mismo, a una vitalidad omniabarcante. La relevancia de la experiencia estética indicará la senda de esa percepción intensificada capaz de ver y sentir en la mirada abrazo, armonía, plenitud y sentido. Así, la capacidad para la belleza y el sentido será una de las fuentes de vigor más importantes de la vida anímica. Hasta el punto de depender de ella el orden de realidad que somos capaces de experimentar y sentir. Y es que, en palabras de Victor Frankl, “la búsqueda por parte del hombre del sentido de la vida constituye una fuerza primaria y no una racionalización secundaria”. No estaremos pues, ya lo hemos esbozado, ante subjetivismo alguno sino ante una experiencia que expresa la creatividad de la vida a partir de la correspondencia existente entre el alma del hombre y las diversas texturas de ser que puedan irrumpir. Por eso, la capacidad para reconocer sentido, desde la propia creatividad personal, será el cauce de privilegio a través del cual fluyan las dádivas que puedan promover las experiencias con las sustancias visionarias. De hecho, tal y como han acreditado los estudios psicológicos habidos, de esa capacidad para el sentido dependerán los procesos de catarsis e integración que las sustancias visionarias puedan promover. En realidad, la cuestión del sentido será el envés de toda toma de conciencia posible.


Aldous Huxley citando al poeta George Rusell describirá poéticamente la toma de conciencia de determinadas potencias de la vida anímica de la manera que sigue: “los vientos chispeantes eran claros como el diamante y sin embargo tenían el intenso color del ópalo al discurrir resplandecientes por el valle, y yo comprendí que estaba en la Edad de oro, que éramos nosotros quienes habíamos estado ciegos para ella, que nunca se había ido del mundo…”. Huxley hará esta reflexión en el contexto de la experiencia enteogénica. Y es que, para este autor, la intuición de esa dimensión de plenitud del cosmos, en la apertura a la belleza, será una de las más importantes notas que caracterizan las experiencias con sustancias visionarias. En este sentido se debe destacar el valor y la especial cualidad que cobra la mirada bajo los efectos de estas sustancias. Mirada que así será visión que sabe y conoce. La intuición estética en la toma de conciencia y en la memoria de esa mirada sabia e inocente, más allá de nuestro psiquismo más particular, es una de las experiencias más conmovedoras y sanadoras que ofrecen estas sustancias. Creo que, a partir de lo dicho, no será difícil advertir la enorme importancia del espacio que acoge y da escena al encuentro con las sustancias visionarias. El templo vivo de la naturaleza acaso sea ese escenario de privilegio.

4 comentarios:

Fata Morgana dijo...

"Así, perceptor y realidad percibida, no serán sino ese enlace en el que se asienta la propia expresión de la vida".
Últimamente, el gran desafío para mí es la ruptura con la dialéctica afuera-adentro. Sabes que soy escritora, y esto me plantea un conflicto donde las palabras -fieles intermediarias entre ambos mundos- se me hacen pequeñas e insuficientes, adalides de una meta-comunicación y no de una auténtica comunicación, más completa.
Qué difícil, qué espinoso, pero qué maravilloso, es el camino hacia el conocimiento!
Un saludo.

jcaguirre dijo...

Una cita de Spengler que cabo de leer en su libro "El hombre y la técnica". Se refiere a una planta y a la vida.

"en ella y en torno a ella está la vida. Ella respira, ella se alimenta, ella se multiplica; y, sin embargo, no es propiamente más que el escenario de esos procesos que constituyen una unidad circundante con el día y la noche, con los rayos de sol y la fermentación del suelo... Todo acontece con ella y en ella..."

El la aplica a la vida y las plantas aunque creo que es aplicable a todo, hombre incluido. A diferencia de Spengler no creo que el hombre pueda escindirse del plano de la vida. Ni siquiera como vocación de escisión, fallida y prometeica, pero que retrata nuestra esencia.

Al hombre le cuesta mucho cuestionar su particularidad y su poderío para saberse mortal y parte de la vida. Por cierto, ese es el saber de la tragedia griega.
**
Un bonito proyecto literario ese de expresar un universo en que el centro no sea la vida anímica de las partes sino el "todo" y el "misterio-nada" que se expresa y respira en nuestras vidas. Según el Evangelio de Juan la palabra crea la vida y toda la vida no es más que la palabra y la expresión del misterio.

Fata Morgana dijo...

La palabra crea la vida sobre la Tierra, eso me consuela. El logos, lo que en su momento llamaron Verbo de Dios -Jesucristo, su intérprete terrenal. Tampoco creo que el hombre pueda escindirse del plano de la vida, por un par de razones: ¿qué sentido tendría nuestra encarnación terrenal sin el precio que representa pasar por aquí como parte de nuestra evolución? Escindirse del plano de la vida, ¿no significaría una negación de lo dado, como una suerte de psicosis?

jcaguirre dijo...

Para mi esa es la psicosis básica del mundo contemporáneo. La psicosis de que el hombre se escinde de la vida avanzando hacía una virtualidad humana que desplaza el duelo con el dolor. Ese es el anzuelo y esa es la mentalidad propia de la mentalidad técnica, que no científica... La conciencia ordinaria, y su racionalidad práctica de un lado, y del otro el mundo a someter tecnicamente... De su mano vamos al precipicio de lo faústico que diría Spengler... Aunque aclaro que Spengler está completamente seducido por ese onirema de control de la vida...

Un modo tipicamente moderno de locura colectiva.