sábado, 25 de julio de 2009

La palabra creadora



El lenguaje es nuestro límite pero al tiempo nuestra fibra. Límite y fibra sirven nuestra forma, es decir, lo que nos delimita, diferencia y singulariza. Precisamente, el hecho de que la palabra nos constituya y modele permite afirmar que lo que no se nombra no existe, cerrándose así su emerger en la conciencia. Más allá del extendido culto a un experiencialismo de orden sentimental, que se contrapone a lo racional y a todo rigor, advirtamos cómo nombres y palabras delimitan posibilidades de sentido y discernimiento. Y no sólo. En la palabra acontece la propia instauración de la vida, de la vida de la que somos capaces. La palabra será así símbolo de algo que la transciende pero al tiempo la exige. En la palabra viva vendrá a cobrar figura nuestra capacidad de experiencia anímica. Por esto mismo la importancia de saber nombrar y dejar ser a las palabras de cara a la cualidad y forja de la propia capacidad de experiencia. De metáforas y recursos hermenéuticos dependerá la textura de vida que surja de toda experiencia. De la carencia de tales recursos, incluso, se podrá derivar el desplazamiento de la conciencia y la ignorancia sobre ciertos procesos vitales y repertorios de experiencia. Todo relato humano, sea éste mítico, poético o filosófico, no será sino la estela dejada por alguna singladura del alma. De ahí su interés y su universalidad. La palabra, en tanto símbolo, encontrará así su esencia más allá de sí y en aquello que meramente indica…


Acogerse a palabras inadecuadas o ajenas será todo menos irrelevante de cara a confrontarnos con la experiencia visionaria. Tanto por lo que se refiere a la integración y elaboración de la misma como si atendemos a su propio perfil. Acaso, peor todavía, sea el acogimiento inconsciente a ideologemas y tópicos socialmente vigentes que, inadvertidamente, estabulan nuestra capacidad de experiencia en tanto mediadores de la misma. Ernst Jünger nos recordará en La Emboscadura esta dimensión mediadora del lenguaje como fuente de vida. En sus propias palabras “El lenguaje forma parte de la propiedad del ser humano, de su modo propio de ser, de su patrimonio heredado, de su patria, de una patria que le toca en suerte sin que él tenga conocimiento de su plenitud y riqueza... Así como la luz hace visible el mundo y su figura, así el lenguaje lo hace comprensible en lo más íntimo, y no cabe prescindir de él, pues es la llave que abre las puertas de los tesoros del mundo. La ley y el dominio en los reinos visibles y aún en los invisibles comienzan con el poner nombre a las cosas.”


Palabras y nombres tendrán pues su relevancia a la hora de templar y refinar nuestra capacidad de experiencia y aventura. La palabra será paradójicamente convocada en el peculiar encuentro entre hombre y enteógeno. Tal paradoja vendrá dada por una experiencia que nos instala en el límite, rebasando muy de lejos todas las categorías propias del lenguaje. Sin embargo la palabra tendrá mucho que decir. Tanto si atendemos a las exclusiones que nosotros mismos imponemos a la experiencia como al proceso de integración de la misma. Por lo que se refiere a lo primero ideologías diversas podrán troquelar una experiencia que si exige algo será la pura receptividad ante la misma. Por lo que se refiere a lo segundo el trabajo con la palabra tendrá una importancia capital a la hora de que los frutos de la experiencia puedan cristalizar y encontrar su “figura sobria”. En el encuentro con la propia palabra vendrá a expresarse y a encontrar su hebra el sentido personal de lo visto y su encuentro con la tierra y la carne cotidiana. No olvidemos que la riqueza de estas experiencias estará en relación directa con nuestra capacidad de ver y de vernos desde un ángulo de visión renovado. Esa visión encontrará su plenitud de sentido en la transformación que promueva. Ahí el enteógeno parece medirnos aunque, en realidad, es la propia vida quien nos mide.


En un medio social como el vigente, tan dado a desvalorar la pedagogía inherente a las ciencias humanas, ponderar la memoria de las palabras y su magia creadora quizá sea acaso algo intempestivo. Lejos parecemos estar de los muchos siglos en los que el encuentro con las humanidades era auténtico espejo y motor de la vida anímica. Con todo, si algo exige el encuentro con las sustancias visionarias, será el compromiso firme con nuestra propia creatividad y capacidad de visión y la investigación de esos lenguajes humanos capaces de indicar y amparar determinados viáticos del alma. Del encuentro con la palabra viva dependerá algo que rebasará completamente lo meramente verbal, lo libresco, lo erudito y el puro significado mental de los conceptos. En esa fuente acontece una clave en la que la vida irrumpe. Esta intimidad con la palabra, capaz de revelar su naturaleza creadora, nos la muestran singularmente los poetas. Con seguridad, su especial modo de relación con la palabra, es el que con mayor nitidez nos revela cómo ésta, transparentando y cristalizando mundos, manifiesta su potencia creadora. Y es que la poética, acaso como ningún otro uso del lenguaje, acusa ese grado de intimidad con la palabra. Una intimidad creadora y fértil que nos revela la esencia de la palabra como forja de lo humano. En realidad, esta potencia creadora de la palabra será esa esencia, generalmente impensada e inconsciente, de toda palabra y de todo uso del lenguaje. Con todo, en pocos ámbitos como en el de la poesía, esta potencia que instaura mundos y realidades, se revela con tanta claridad. Por eso la palabra propia que alumbra la vida siempre será palabra poética... Esta potencia creadora de la palabra nos dará cuenta de la esencia y del misterio que acoje el lenguaje. Un misterio que irá de la mano de las posibilidades de vida y experiencia del propio hombre.


Hugo Mujica, en la estela de Martin Heidegger, se refiere a esa palabra de vida como a la expresión de un “escuchar ontológico”, es decir, de un escuchar de las potencias del Ser y de la vida. Así dadas y, en sus propias palabras, “el hombre volverá en ello a lo propio y desde lo propio todo será puesto inicialmente al descubierto... y -el hombre- será tocado por la esencia cercana de las cosas. El hombre mortal habitará, en definitiva, poéticamente, habitará desde la manifestación inicial, creacional, desde la poiesis. Y volverá a conjugar el juego del mundo, el juego de los mortales y los dioses, el cielo y la tierra, un día de fiesta…”. El hombre se volverá hacia lo propio nos dice Mújica, esto es, hacia la creatividad de su vida anímica. Ahí precisamente acontecerá la vida. En la sensibilidad poética la palabra encontrará su carne y la más refinada potencia de vida que esconde. En la poesía se revela el poder fundamental de la palabra. Un poder que, a partir de la visión y la escucha, realiza, cristaliza y aquilata posibilidades de vida


Hasta lo dicho llegaría la tensión de la palabra llevada a esa esencia simbólica que se limita a indicar. Hasta la misma instauración de la vida más allá de la palabra. En esa senda a transitar, facilitada por la palabra, radicaría su relevancia desde el punto de vista del encuentro con las sustancias visionarias. La palabra como espejo y acicate que siempre se transciende a sí mismo, como insinuación que inspira y cataliza figuras de vida... Con la capacidad de ver y crear nos las vemos. A eso mismo aludirá el término griego poiesis -producir, crear-. No se trata pues de un mero tema estilístico o de un exclusivo ejercicio retórico. Ahí palabra poética equivale a palabra propia, a palabra íntima. Y la palabra propia lo será por conjurar la propia plenitud, por resonar en nuestra vida anímica y por servirnos de cauce íntimo. En relación a lo dicho es completamente irrelevante la autoría de tales palabras. Ya he indicado que tampoco es cuestión de su brillo formal. Estamos ante un encuentro con el lenguaje capaz de remontarse hasta esa esencia creadora de la palabra que tan bien nos muestran los poetas en su canto. No se trata de ingenuamente imitar las tareas versificadoras de Píndaro o de algún poeta sino de encontrar la palabra propia. Tanto da si uno se dedica o no a la escritura ya que poeta es quien hace y crea desde su percibir y sentir íntimo. De ahí, el significado de poiesis. Se trata pues de acceder a esa esencia del lenguaje que instaura realidad y vida a través del encuentro y la atención a las palabras. Toda palabra creadora participa de esa esencia poética del lenguaje. Ahí la palabra se encarna, alumbra universos, transforma mundos y cristaliza visiones. Por eso, quien encuentra la propia palabra, accede a una auténtica reserva del espíritu y la creatividad humana. Tal será el sentido de la relevancia de pensamiento, imaginación y palabra a la hora de integrar las experiencias con sustancias visionarias. Hombre y relato serán uno y lo mismo. De ahí, la importancia del cultivo y la atención a esa capacidad de palabra que se plasma en todo relato, sea éste de orden imaginativo o puramente intelectual. En lo referente a lo dicho el encuentro con las palabras de los demás no será desde luego un asunto menor. Advirtamos la enorme riqueza que depara el encuentro con la palabra de esos pioneros que se adentraron por estas mismas aventuras del espíritu. Su testimonio nos recapitulará la cualidad de su experiencia y los referentes humanísticos convocados. El encuentro con estos referentes, abiertos con naturalidad a literatura, arte y filosofía, tendrá una gran relevancia en la intimidad que nos proponen las sustancias visionarias. No olvidemos que en las tradiciones humanísticas acontecen glosadas las posibilidades de la vida anímica en una clave cultural propia.


El encuentro con las sustancias visionarias nos lleva al límite, a ese límite en el que la palabra humana se desdibuja en la vida que irrumpe. Hombre y palabra encontrarán su sentido siempre más allá de sí. En su propia finitud y capacidad de apertura. Paradójicamente pocas cosas abisman y violentan tanto al hombre que ese acceso a su propia finitud.

6 comentarios:

Fata Morgana dijo...

Sin duda, la palabra puede estilizar la experiencia, pero no la puede representar en sus totalidad. En mi opinión creo que no hace falta, porque puedo expresar el resto en otro lenguaje: el de la imagen.
Siento la simpleza de mi reflexión, que en manera alguna estarán al alcance del más superficial de tus análisis.

Gran post (¿motivado, quizá, por tu última experiencia?).

jcaguirre dijo...

Eso mismo pienso yo y eso era lo que quería decir. Las palabras nos enhebran y nos mueven las tripas... Son necesarias pero, al tiempo, se quedan atrás. Las potencias creativas de la vida anímica y del conocer humano no se dejan estabular por las palabras aunque se refinan en ellas.

Bueno, el post tiene que ver con lo que veo en ciertos ambientes enteogénicos. Tras quebrar las convenciones sociales de la conciencia ordinaria y los tópicos de corrección política vigentes muchos procesos supersticiosos del personal tienen que ver con el propio capricho y con una pereza incapaz de abrise al ¿pensar? de nadie que no sea uno mismo...

Y es una pena por que en nuestra cultura hay mucho completamente a la altura de la urbanización de la experiencia enteogénica... Desde Parménides a Platón pasando por Giordano Bruno y llegando a Jüng o a Wilber... Creo que no se trata de caer en lo irracional una vez que lo racional nos desvela sus limitaciones y carencias...

Entre eso y cierto cientificismo talibánico violento hacia las humanidades el cultivo del propio criterio y discernimiento queda completamente acogotado...

El trabajo con la propia palabra, tanto a nivel filosófico, poético como puramente analítico, es importante de cara a la integración en la cotidianidad de la experiencia enteogénica. Trabajar con la palabra es importante aunque, como dices, también lo es con el arte y la imagen.

Fata Morgana dijo...

Personalmente, hacer una integración de la experiencia enteogénica a través de la imagen me sirve para romper con el corsé de la palabra, sin embargo, en ambos casos eso se queda en el placer personal de la evocación, un intento de "fata morgana" o de reflejo, muy limitado, diría que opaco, de la experiencia original, cuya esencia vuelvo a recuperar sólo en muy contadas ocasiones... y cuando miro las estrellas.
Pero así soy yo... ¡siempre mirando la Luna, jaja!

jcaguirre dijo...

La fotografía quizá también pueda dar de sí. Conocí a alguien que trabajaba en esa línea. Yo, como no pinto demasiado bien, lo del trabajo con la imagen a través de la fotografía es algo que me interesa. Con los enteógenos creo que se acceden a ámbitos de experiencia generalmente vedados. La clave es la integración de esas experiencias. Y esa integración tiene mucho que ver con la creatividad y la propia expresión.

Roxana A. Basso dijo...

Ojalá fuera posible fotografiar la experiencia enteogénica, su poesía implícita...
Técnicamente, en pintura es posible hacerlo con aerógrafo o aerosol. Hay un chamán muy famoso -cuyo nombre no recuerdo ahora, lo puse en mi blog- que lo hace con pincel, pero ya sabes como es esto de personal. Lo mío se adapta más al aerógrafo, es más abstractom ás similar a Jacanamijoy.
Hay quien intenta fotografiar las experiencias enteogénicas... esperemos que lo logre. Sería revolucionario.
En cuanto a la clave de la integración: naturalmente, va mucho más allá del arte. Es revolucionario, también, como parte de la evolución de nuestra especie: un gran paso para la humanidad, y en mi opinión, mayor al del Amstrong (en caso de que realmente haya pisado la Luna).
Un abrazo.
p/d: y gracias por tus datos.

jcaguirre dijo...

Hola Roxana, felicidades por tu blog. Quizá te refieras a Pablo Amaringo. Pinta sus visiones con la ayahuasca y, en su día, fundó una escuela -junto a Luis Eduardo Luna- de gente que trabajaba con el pincel y la ayahuasca. Sobre este tema de la modificación de conciencia y los enteógenos, en relación a la pintura, me viene a la cabeza Alex Grey.