viernes, 9 de julio de 2010

Rituales: Creencia y cuerpo

Si hay un ámbito de atención relevante –y polémico- a la hora del encuentro con las sustancias visionarias es el de la significación de lo ritual. Hasta el punto que comprender la operatividad ritual, su sentido y su finalidad, será tanto como comprender y acoger las potencias abiertas por la experiencia enteogénica. A este respecto y como prolegómeno baste con considerar cómo los rituales, si algo convocan, es la expresión y el reconocimiento de las diversas posibilidades de la vida anímica.



De cara a entender lo ritual el hombre contemporáneo, en tanto producto de una cultura acentuadamente nihilista y acotada, encontrará diversos obstáculos. El más recurrente será interpretar lo ritual desde el ámbito de la mera creencia compartida o, incluso, desde la mera sugestión. Lo que se traducirá en la más absoluta de las incapacidades a la hora de comprender lo que un ritual es capaz de mover en la vida anímica. Precisamente a tal movimiento de la vida anímica, en tanto ámbito que nos indica la eficacia y el sentido de lo ritual, será a lo que haya que prestar atención. Respecto de lo dicho cualquier creencia será secundaria, e incluso prescindible, en tanto contenido de conciencia capaz de interferir y mediatizar la experiencia ritual y el desasimiento que ésta exige. La capacidad de experiencia anímica particular, la del propio cuerpo vivo y sintiente –especialmente por lo que se refiere a sus posibilidades perceptivas y de entendimiento- será el núcleo al que se dirige la operatividad y el lenguaje ritual. En este sentido lo aportado por pensadores y teóricos del teatro tales como Peter Brook o Antonin Artaud atenderá a lo ritual con mucha mayor precisión, alcance y capacidad de visión que muchos estudios antropológicos. El lenguaje ritual no atendería, pues, a meras metáforas a desvelar por la razón sino a la pura experiencia perceptiva, anímica y existencial del cuerpo vivo y singular.



Antes de nada, como preámbulo a todo lo que pudiera indagar en esta bitácora a propósito de lo ritual, indicar que todo rito vendrá a instaurarse como juego reglado, como código narrativo y como escena simbólica. A partir de lo dicho lo ritual instaurará un tiempo, una liturgia y un espacio social singular y diverso del ordinario. Permitirse el hecho de compartir esa excepcionalidad será la condición mínima requerida a la hora de participar en un ritual. Trasladar esta condición de participación de la escena a la creencia, sin menoscabo de la relevancia que ésta pudiera tener, sería atender a algo secundario respecto del rito. El rito encuentra su sentido más originario en la experiencia ritual misma y no en creencia alguna. Tal sentido acontecerá de la mano de su simbólica y en la apertura vivencial a un tránsito capaz de resonar en nuestra vida anímica y sus potencias. De esta manera todo ritual, del mismo modo que todo mito, leyenda o narración, puede expresar e interpelar las posibilidades de la vida anímica y la capacidad de experiencia del cuerpo vivo. Por lo que se refiere a la creencia ritual ésta encontraría su causa en esa esfera originaria de una experiencia ritual completamente abierta en posibilidades y registros. Confrontados con la creencia nos encontramos pues, en todo caso, ante algo que dimana de una instancia previa: La propia experiencia ritual y su carácter íntimo. A la medida de cada cuerpo vivo.



El espacio humano se convertirá así, de la mano del ritual, en una escena que representa y efectúa una ruptura con las liturgias y simbólicas ordinarias de la cotidianidad. Lo dicho será especialmente relevante en relación al encuentro con las sustancias visionarias. No en vano toda experiencia con enteógenos nos exigirá un espacio lo suficientemente formalizado, singular y “no-ordinario” como para acoger una experiencia que, si algo fractura, es la experiencia de la conciencia y el tiempo ordinario. Por cierto, formalización y sencillez, como bien nos recuerda Peter Brook en sus apelaciones al vacío escénico, pueden ir muy bien de la mano. Tal formalización y tal ruptura de lo cotidiano vendrá a traducirse en una determinada re-ordenación del espacio. Así, por ejemplo, la fiesta o el carnaval –en un sentido muy amplio- serán rituales que ordenen el espacio, devenido así escena, de acuerdo a criterios no ordinarios. Esta ordenación del espacio, acaso el nivel más elemental de lo ritual, cobrarará cuerpo desde una finalidad expresiva, un contexto cultural y una intencionalidad dada que podemos o no compartir. Y es que como se hace evidente todo ritual no tiene por qué interesarnos ni movernos el alma. Con todo la esencia de lo ritual, esto es, su sentido inmanente, irá más allá de esa mera ordenación funcional para adentrarse en un sentir propiamente ritual y en un determinado darse de la vida. Ese sentir pudiera acaso indicarnos porvenires a transitar relativos a nuestra capacidad de pensamiento, experiencia y vida. Este emerger de posibilidades inéditas de vida, tanto perceptivas como puramente existenciales, estará en relación directa con esa ruptura del tiempo cotidiano que pretende el ritual. Así, el acontecimiento ritual tendrá que ver, a partir de la fractura que instaura, con esa apertura y ese pensar de los sentidos, en la línea de lo aportado por Antonin Artaud, y que tan bien se entiende desde la teoría teatral. Lo dicho dependerá de la capacidad de intuición y percepción de ese cuerpo vivo y sintiente que acepta y se abre a la propuesta ritual. En este sentido las reflexiones del director de teatro Peter Brook en su periplo por Africa, al encuentro de su escena y de sus rituales, alcanzan una visión muy madura del tema que nos ocupa. De acuerdo a su propia experiencia, desde el trabajo escénico y su expresividad, la apertura a un ritual culturalmente ajeno sería posible a cierto nivel; y ese nivel es el de la capacidad de experiencia y expresión del propio cuerpo que siente, vive, intuye y conoce.



Teatro y hermenéutica nos aportan pues instrumentos de comprensión completamente a la altura de la sensibilidad ritual. No en vano el rito, y no otra cosa, estará en el origen mismo del teatro. Asuntos tales como la expresividad ritual y sus resonancias en nuestra vida anímica, esto es, en nuestro cuerpo vivo y en su capacidad de sentir, ocuparán ese privilegiado lugar capaz de acceder a la esfera de lo ritual. A lo dicho aludirá la potencia de lo simbólico en tanto cauce que indica posibilidades muy diversas de la vida humana que todo hombre acoge. Por eso mismo todo símbolo y todo relato no nos hablará sino de nosotros mismos. Ahora bien, qué es un cuerpo, de qué hablamos cuando hablamos de cuerpo. El filósofo Baruch Spinoza nos indica enigmáticamente “Si supiéramos lo que puede un cuerpo…”. Con la apelación a la corporalidad me refiero a algo más que a una perspectiva puramente fisiológica. Apelo al cuerpo vivo como totalidad perceptiva y sintiente, como laboratorio existencial, como pliegue que congrega potencialidades y devenires, como concreto humano que conoce a través de sus potencias perceptivas, de su vida singular y de su capacidad de sentido. Esto es, me refiero a una experiencia y a un acontecer íntimo que resuena, que abisma, que disloca, que integra, que recombina y que hace evolucionar, que genera tanto modos de katarsis como de anagnorisis –toma de conciencia-... “Si supiéramos lo que puede un cuerpo…”. Cuerpo y percepción. Percepción y cuerpo. El desvelamiento de la vida… Merleau-Ponty , desde nociones de orden fenomenológico y hermenéutico como las esbozadas, nos hablará de la “carne del mundo”, autentico correlato experiencial de la noción de cuerpo vivido… A través de ese “cuerpo vivido” y de esa “carne del mundo” que se nos sirve encontrarán los diversos rituales y sus contextos culturales un ámbito de posible encuentro en la “semántica de la vida” que el tiempo ritual vendría a instaurar.



En el cuerpo vivo y sintiente, y en como éste se ve afectado y percutido por la representación escénica del ritual, radicará una clave de acceso al Misterio de los ritos y a su capacidad para fracturar el tiempo ordinario. Al menos una clave reconocible para al occidental contemporáneo en su interés por cierto tipo de asuntos.

6 comentarios:

R.A.B dijo...

Al fin y al cabo el cuerpo es la nave que nos lleva. ¿Cuál es el ritual más antiguo que conocemos? El contacto con la teta. O acaso no nos sigue maravillando la visión de una madre dando de mamar a un bebé?¿Acaso, esa especie de admiración ante el espectáculo, no es también una especie de misterio? Y un Misterio mayúsculo para madre e hijo. He ahí la sacralidad de la primera absorción por el cuerpo de la energía que puede convertir al humano en un ser integrado o en un huérfano social.

jcaguirre dijo...

Si, una de las acciones con más carga anímica que cabe imaginar. De la lactancia dependen muchas cosas. Así va la sociedad como va sin valorar tales asuntos...

Anónimo dijo...

Pocos acercamientos al teatro y los rituales como los de la gente de teatro. Me refiero a Antonin Artaud y a Peter Brook. Al teatro y a otras muchas cosas. Su obra es más que indispensable. Por cierto, Brook suele venir al Festival de Otoño.

Anónimo dijo...

En mis últimas experiencias con el wachuma (mas conocido como san pedro) ha brotado en mi espontáneamente el deseo de representar y actuar al genio de la planta. Me explico: el estado de "borrachera lúcida" en el que me coloca el wachuma llega hasta un punto en el que me siento "poseído" por el genio de la planta, es decir metamorfoseado. (Por cierto, este espíritu de la planta correspondería bajo una perspectiva científica reduccionista al principio activo de la mezcalina) Pues bien, esta posesión o metamorfosis va acompañada de cierto gruñidos como de animales, los cuales junto con la música y el fuego de la fogata generan en el lugar una atmosfera "duendil" muy marcada. En todo esto hay un componente de teatralización y caracterización ritual a la manera en que lo han planteado Artraud o Brook. No es acaso esta metamorfosis no exenta de teatralización en figuras de animales una característica de los chamanes?

Espero puedas responder y satisfacer mi curiosidad, sabiendo que este post es de hace tiempo.

carlos

jcaguirre dijo...

Bueno, tampoco me veo yo a la altura como para responder a propósito de experiencias personales.

Sólo comentarte a un nivel puramente teórico que el viaje chamánico más que un asunto de posesión -eso que se dice de "ser poseido por un espíritu"- es de expansión de la conciencia, de viaje del alma a otros niveles de realidad y, en esa medida, de acceso a un saber en principio oculto... Al menos así es como nos lo describen. Lo de los animales del alma, antropologicamente, tiene una significación interna y referida a la propia personalidad humana y no al acceso a una supuesta animalidad o conciencia puramente animal.

El lenguaje de "posesiones por espíritus", antropologicamente, es utilizado por influencia bien de espiritismos modernos o de influencias africanas. Considerando que, antes que nada, todo rito es una invitación a una toma de conciencia pues lo de "ser poseido", no lo termino de ver; aunque claro estamos hablando de lenguaje...

Recuerdo lo que decía Peter Brook de su experiencia con los Yoruba más expertos. Comentaba que salián con total sobriedad e inmediatez del estado de trance... Lo que deja a las claras que no estamos ante una posesión desordenada, al menos tal y como la entendemos nosotros...

Creo que todo experiencia de éxtasis a lo que debe apuntar es a la conciencia y al viaje de la conciencia, incluso más allá de sí. Y ahí lo que aporta el teatro y lo ritual es decisivo. Todo ritual acoge una posibilidad de viaje interior y la escena del ritual viene a servir ese marco de experiencia.
En toda experiencia enteógena, desde mi punto de vista, el encuentro con uno mismo al encuentro de la vida y sus potencias, es lo decisivo.

jcaguirre dijo...

Quizá, y en relación a lo dicho, un tema interesante de investigación sea el del deslinde del animismo tradicional nativo, con sus referencias a los espíritus, de lo que serían los espiritismos modernos.