domingo, 12 de diciembre de 2010

Una pluralidad de saberes(I): Ciencias naturales y ciencias humanas

Ernst Jünger augura para el siglo XXI el desarrollo de contextos y saberes capaces de dar cuenta del efecto de los fármacos visionarios. Si esto algún día sucediera, desde luego en un contexto menos agresivo y más ordenado respecto de su uso, la integración de las diversas disciplinas que confluyen en el estudio de la ebriedad visionaria ocupará un papel destacado. Lejos de ese futuro hipotético lo cierto es que los últimos ochenta años han conocido un buen número de estudios y reflexiones sobre esta variedad de ebriedad. Y eso a pesar de las dinámicas de marginalización que promueve la prohibición y obviando la exclusiva traducción psicopatológica o extravagante que la cultura dominante ve en los efectos de las sustancias visionarias. Todos esos estudios constatan la confluencia de disciplinas varias, artes y lenguajes. Antropología, arte, filosofía, ontología, las diversas corrientes de la psicología, literatura, arqueología, neurofisiología, estética, botánica, farmacología… En tal relación observamos ciencias fisicalistas propiamente dichas, praxis artísticas, ciencias humanas o disciplinas que pugnan por su reconocimiento como ciencias según el patrón fisicalista elaborado por la filosofía positivista.

El hecho de que los lenguajes de todas estas disciplinas sean irreductibles, de tal suerte que resulten intraducibles los unos a los otros a través de equivalencias satisfactorias, lejos de bloquear su encuentro y diálogo lo que plantea es el relevante asunto de la autonomía disciplinar y el diverso uso del lenguaje que regula las diferentes disciplinas. En este sentido conviene no olvidar cómo todo lo que sería el proceso de reordenamiento moderno de ciencias y saberes, dejando de lado tutelajes ideológicos y mediaciones institucionales, se basó precisamente en ese ideal de autonomía disciplinar precisamente por la creatividad que así venía a liberarse. Investigar y pensar desde esta autonomía disciplinar será pues la clave de privilegio si es que queremos conservar a tales disciplinas en la intimidad de su propia creatividad y riqueza. Advirtamos cómo la subordinación de una disciplina dada a lenguajes ajenos sólo serviría lastres, cortapisas y distorsiones en las categorías manejadas. Un ejemplo de lo dicho será la manera en que la teología, en su día, no supo acertar en el respeto del uso del lenguaje y ámbito disciplinar propio de las ciencias naturales. Algo similar sucedería si una pretensión necesariamente tosca de unificación de saberes pretendiera acotar y regular las diversidad de disciplinas en los lenguajes de una ontología general(1) o a partir de alguna de las ciencias modernas. Esto último presupondría, desde una óptica cientificista y sin ser capaz de ver más allá de la propia mirada, que  "la ciencia valida eso mismo con lo que especulan las humanidades"...  O lo que es lo mismo que la ciencia sería la instancia última de validación de unas humanidades que se limitarían a elucubrar sin método ni protocolo alguno de validación... En realidad, lo dicho sólo supondría desdibujar la riqueza de sentido, la vitalidad y la metodología propia de las humanidades, neutralizando la potencia y especificidad propia de las nociones que éstas manejan.


Dogmatismos como los indicados sólo se limitarían a violentar las diversas disciplinas en su específico uso del lenguaje y en las categorías propias que manejen. Y es que el valor y el contexto de palabras y conceptos no es el mismo para los diversos saberes –epistemes- en que se articula el conocer del hombre. Así la ciencia tenderá a acotar y a objetivar el lenguaje en la primacía del significado y desde la aplicación del método experimental. Lo que la aportará un brillante rendimiento dentro de su propio campo disciplinar con elaboraciones de gran belleza y capacidad de fascinación. Muy lejos de lo dicho las humanidades atenderán a las muy diversas resonancias vivenciales de esos significados, centrándose primariamente en el referente del significado antes que en el significado mismo. Significante, significado y referente. Estos tres elementos enhebran el lenguaje y las palabras. El referente estará siempre allende del lenguaje. Será aquello que nos indiquen las palabras más allá de sí y en el ámbito de la estricta vivencia y percepción de la vida y las cosas. Lo dicho será perfectamente aplicable al ámbito de la filosofía por mucho que ésta tienda a hacer elaboradas construcciones conceptuales. Hasta el punto que si a algo debiera atender la filosofía será a esa esencia simbólica y evocadora del lenguaje tal y como nos insiste en su obra Martin Heidegger. Personalmente entiendo que si algo es la filosofía es una hermenéutica del “saber vivir” en el contexto de una reflexión sobre el conocer y el ser del hombre. De ahí que la crisis contemporánea de la filosofía, en buena medida, sólo sea su escasa capacidad de atender a esa dimensión vivencial y de praxis.


Todo lo afirmado creo que deja bien claro la violencia que sufrirían las categorías humanísticas, centradas en el juego libre de resonancias y en los referentes del lenguaje, si quisiéramos cerrarlas en significados muy acotados al modo de las ciencias fisicalistas. “Todo es fuego eterno que se apaga y se enciende según medida”. Acaso alguien mínimamente formado podría concebir la interpretación del pensamiento de Heráclito desde la perspectiva única de las ciencias naturales contemporáneas, de tal suerte que cualquier otra valoración del pensamiento de Heráclito quedara excluida. Qué es el fuego en Heráclito. Evidentemente no es lo mismo que para la teoría física contemporánea. Toda la reflexión cosmológica griega sobre la physis y el arje, sobre el logos y sobre la unidad y multiplicidad del Ser se nos brinda en esa sentencia... Cabe mayor necedad que limitar toda interpretación posible a la que haría un historiador de la ciencia… Evidentemente no cuestiono la riqueza y pertinencia de tal enfoque sino su posible pretensión de absolutivización.


Las palabras nos abren pues a todo tipo de resonancias circunscritas a contextos tanto privados como culturales. Hasta el punto que tal y como nos recordara Hans George Gadamer la clave de interpretación de ciertos textos será estar al tanto de determinados referentes y claves hermenéuticas. Sin las mismas los meros significados de las palabras nos aportaran poco.


La mitología, la filosofía, la psicología analítica y el psicoanálisis y, en general, las ciencias humanas o del espíritu -que diría Husserl- se ordenarán a partir de ese uso del lenguaje que sabe atender a las resonancias del mismo en el orden de la propia vivencia. Así las diferentes posibilidades de comprensión que se abren apelaran a esas claves hermenéuticas que enlazarán palabra y vida anímica a través del sentido vivo que emerja de la palabra. Como se hace evidente lo básico de tal uso del lenguaje no será ese primado del significado, por mucha precisión terminológica que se sea capaz de desplegar, sino cómo los significados son capaces de resonar en nuestra vida anímica generando un sentido vivido, íntimo y personal. La ciencia primará el significado, la objetivización y la modelización del ámbito de experiencia a través del método experimental. Este método será el refinado resultado de esa protocolización de la experiencia. Lejos de lo dicho las humanidades encontraran su dimensión empírica en la propia experiencia sintiente de cada hombre concreto, de cada cuerpo vivo; lo que incardinará a las mismas en una ontología hermenéutica y en el desarrollo y la evolución de la creatividad singular de cada cuerpo sintiente. Su riqueza radicará en la cualidad irrepetible de cada hombre al encuentro de vida y lenguaje. Muy al contrario la ciencia moderna atenderá a la modelización en leyes de unos fenómenos a los que se atiende desde la fértil tensión reductora, objetivizadora y cosificante que incorpora el método experimental. Aquí la modelización primará sobre la singularidad y el concreto humano. El campo de la ciencia será pues el de lo objetivable y el de la cantidad. El de las humanidades será el de la expresión de la vida anímica singular, concreta e intransferible al encuentro con la totalidad de la vida y desde los aportes de sentido que la palabra promueve. Ante las disciplinas humanísticas no estaremos ante subjetivismo alguno sino, muy al contrario, estaremos inmersos en la plena efervescencia de la razón vital en su potencia de intuir plenitud y sentido. El sentido, su experiencia y asimilación, nos devolverá, como si de un espejo se tratara, la experiencia de una vida más integrada. De ahí que desde lo puramente psicológico o anímico, intuyendo el sentido, se desvele una perspectiva ontológica capaz de acceder a posibilidades de vida de lo más diverso. Psique y cosmos encontrarán pues su conexión. Desde tal conexión y a partir de los propios estados anímicos aflorarán posibilidades perceptivas y texturas de vida de lo más diverso. En tal enlace se revelarán las posibilidades de la vida humana al encuentro con la vida como parte de la vida misma. Así lo psicoanímico, lejos de quedar arrinconado en el incierto ámbito de lo subjetivo, apuntará su fuste ontológico en esa diversidad de mundos posibles que en la percepción se nos brindan…


Estar al tanto y saber valorar la diversidad de lenguajes y la potencia de investigación derivada de la autonomía disciplinar será el primer paso a tener en cuenta en todo estudio pluridisciplinar. La cuestión de la unidad de saberes encontrará en esta autonomía su necesaria aduana. Por lo que al estudio de los enteógenos se refiere el encuentro entre ciencias y disciplinas humanísticas será una condición básica para la altura, el brillo y el grado de madurez de cualquier investigación que se aborde. Acaso el famoso cuadro de Rafael "La escuela de Atenas" nos ponga en la pista.
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(1) Ontología: Sumaria y apresuradamente; sabiduría primera, ciencia del ser. En la Grecia antigua la disciplina más general por centrarse en los seres en tanto que son. No en tanto que son seres particulares, algo en concreto –vegetales, animales, piedras, etc-, sino sencillamente en tanto que aparecen y se dan a la vida. Las ciencias particulares se centrarían desde este punto de vista en la naturaleza concreta y particular de cada ser (botánica, zoología, geología, etc). La ontología, en cambio, trataría, en términos generales y universales, la cuestión del Ser. Cuestiones como la de la Unidad del ser, su origen y finalidad o la cuestión de “por qué hay algo” serán todas ellas cuestiones ontológicas... En griego clásico esta apelación al Ser “to on” quedaba enunciada en participio. Así más que el Ser se hablaría de “lo siendo”. Tal matiz es importante ya que nos indica como el centro de atención de la ontología no aludiría a ser en concreto alguno separado de la vida sino al propio plano, -a la propia potencia-, que origina, vincula y enlaza los diversos seres particulares más allá de toda dualidad o diferencia. Así la ontología quedaría abierta, de suyo, a la cuestión de la Unidad del cosmos y al “eterno retorno de esa potencia creativa” en la propia diversidad de seres. De esta manera la ontología es la ciencia que trataría las cuestiones en relación a lo Uno –lo que origina, unifica e integra el cosmos- y lo Múltiple -la diversidad de los seres-. La influencia de la ontología en la historia de la filosofía occidental ha sido colosal, como colosal ha sido su crisis de la mano de sus lecturas más hueras y racionalistas. La mística especulativa y la teología mística encontraron en la ontología un permanente ámbito de referencia en su relación con el lenguaje y la palabra. La teología dogmática se sirvió políticamente de ella sellando su crisis. En la Grecia antigua la ontología, desde el cuadro general de disciplinas que esbozaba, fomentó sobremanera el desarrollo tanto de las ciencias como de la filosofía.

3 comentarios:

tula dijo...

Sin poesía es difícil navegar por el camino de la ciencia, no tendría corazón y lo descubierto no podría expresarse cálidamente.
Muy interesante entrada, Leonardo da Vinci estaría contigo.
un abrazo.

jcaguirre dijo...

Leonardo y el Renacimiento son el gran modelo de la integración de saberes.

RAB//. dijo...

Me parece muy acertado señalar la absolutivización del enfoque fisicalista. Gente inteligente intentando abrir un archivo word con el illustrator y afirmar a pie juntillas que el creador de Word era tonto, pone en duda la inteligencia en pro de la prepotencia intelectual de siempre. Pongo el ejemplo de la informática porque se me ocurre ése, aunque ahora mismo se me podrían ocurrir muchos otros... ;) Es una lástima, ya que se somete el logos al paradigma ideológico dominante y se rompe el vínculo, la comunicación y el intercambio. Para muchos, mejor bañarse en el mismo río hasta que las aguas se estanquen. ¿Se acabaron los tiempos de la duda? Si es así estamos listos. Preferimos, al parecer, limitarnos antes que dar el brazo a torcer. La intuición está muy desvalorizada, y tanto, que sus propios defensores la someten al microscopio. Me parece a todas luces paradojal y -si se me permite el esnobismo- me pone rab//.

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