sábado, 12 de febrero de 2011

El don de la ebriedad


Rescato un antiguo texto escrito hará unos doce años y publicado por la revista Generación XXI. El lector atento podrá rastrear la evolución habida desde entonces. Lo dejo tal cual fue escrito, bibliografía incluida. Tal cual gustó y tal cual levantara sus polémicas. Este texto tiene su historia ya que rescaté algunos de sus párrafos y los fuí variando para otros textos. En su día, para mi, supuso cierto balance temprano. Ahora es tiempo de rescatarlo íntegramente dejando constancia de su propio momento. Al día de hoy valoro especialmente su espontaneidad y el mojón que representa; un rastro de una bitácora transitada.




Es público y notorio que a ninguno de nuestros contemporáneos se le ocurriría entender la alteración de la conciencia como algo más que un divertimento para el consumo. A lo sumo algunos intelectuales un poco locos y ya en los márgenes de lo socialmente correcto se han ocupado de este tema. Pienso en un Nietzsche, un Benjamin, un Jünger, un Huxley... Lo cierto es que el signo de los tiempos nos muestra la ebriedad con resonancias degradadas y degradantes. Capas enteras de la población se encuentran enganchados a ansiolíticos o antidepresivos. Otras sustancias, peor tratadas por el poder farmacrático, son entregadas al mercado negro e introducidas en la espiral de la marginalidad a mayor gloria del capital financiero. Tanto en un caso como otro se persigue lo mismo. Alterar la conciencia para así escapar por unas pocas horas a las miserias de una rutina psíquica en exceso interferida por las codificantes y masificadoras sociedades modernas. Por lo que se refiere a las propias sustancias, en su inconsciencia, se ven arrojadas a una u otra categoría de maneras bastante arbitraria.

Así las cosas, la pauta de consumo que determina la legalidad o ilegalidad de la sustancia construye la relación con la misma y, por tanto, la peligrosidad de la droga, y es que las sustancias no son tan inconscientes como parece. El resultado es un consolidado escenario donde las divergencias acerca de los psicoactivos y su prohibición no son más que parte del decorado. No me cabe duda alguna de que nuestro cruzado Gonzalo Robles(1) y Lou Reed cantando a la heroína son dos caras de la misma moneda, marionetas del mismo escenario, muy necesitadas la una de la otra. Solo un irracional consumo compulsivo, socialmente problemático, legitima una política de prohibición tan irracional como la que hoy se practica. Solo la prohibición construye ese delirio de consumo donde cualquier efecto, sin distingo alguno, es siempre el deseado.


Vista así, la relación de nuestros contemporáneos con la ebriedad, es de las más desoladoras de toda la historia. No es de extrañar, ya que los inmensos y titánicos despliegues de poder de nuestro tiempo exigen un hombre pequeño, frágil y moldeable como engranaje de la inmensa maquinaria de la que todos formamos parte. Existe mucha propaganda contraria a la ebriedad, y una gran incriminación pública de los embriagantes, pero la realidad es que nunca se había dado en toda la historia un consumo tan extendido y masivo de alteradores de la conciencia. La hipocresía y la idiocia son extremas, la ignorancia acerca de la ebriedad también. Antes ya apunté el enganche masivo y creciente a ansiolíticos y antidepresivos. Por otro lado el pararritual pseudorrebelde que constituye la ingesta compulsiva de sustancias, sin discriminación ni arte alguno, y la reducción de la ebriedad a un objeto de consumo más, sólo deja el saldo de que con la ebriedad no se puede jugar. Esta siempre pasa su factura. Sus viejas cuentas pueden llegar lejos y hondo.


Origen y catarsis


Toda alteración de la conciencia implica un verse de otra manera, un emerger de nuestros déficits, apegos y dependencias. Toda ebriedad puede ser fuente de la mayor de las delicias, pero al tiempo puede ser no más que puro escapismo y asidero, exclusiva huida hacia adelante. Son muchas las culturas que han elaborado complejos saberes y desarrollado detalladas técnicas acerca de la ebriedad. Todas ellas eran conscientes de aquello que la ebriedad conjuraba, espacios donde uno no puede sino perderse, como quien se pierde en el mar y lo infinito, para constatar la propia mortalidad y limitud... o, acaso, la propia destrucción. Asuntos estos muy delicados por apuntar a esos puentes que, rebasando la propia individualidad, devenida puro artificio, indican lo sagrado y eterno, es decir, aquello que no es mortal ni perecedero. Dicha ebriedad tradicionalmente encontraba diferentes catalizadores, el uso de sustancias u otras técnicas de éxtasis como la repetición de mantras, los ritmos de respiración, la danza o la música. Todos estos procedimientos tenían como objetivo la ruptura de la rutina psíquica y sus resortes sempiternos. Las culturas no modernas conocían bien la inmensa fuente de sabiduría, poder y placer que esta salida consciente de uno mismo depara. De hecho, la etimología de éxtasis alude a la salida o viaje fuera de uno mismo. Estos viáticos constituían experiencias donde el propio distanciamiento con nuestros hábitos psíquicos corrientes otorgaba llaves y revelaba como constructo lo que era tal, limpiando así el ojo de nuestra consciencia que dejaba atrás los lastres que arrastra nuestra particular representación del mundo. Elevar el tono general de nuestra experiencia de la vida y sanear nuestra propia naturaleza, limpiándola de polvo y paja, eran la recompensa al que transgredía los miedos de la propia muerte y limitud. A este respecto es curioso cómo las tradiciones chamánicas, la alquimia y la medicina tradicional otorgan una signicación sanadora a la ebriedad. Vistas así las cosas, la ebriedad para los pueblos antiguos era un auténtico don, una de las bellas artes, que diría Antonio Escohotado, a cultivar no como objeto de consumo sino como auténtico viático para la alquimia y el conocimiento de uno mismo. La catarsis del espíritu era la recompensa, catarsis que resultaba de la aceptación del límite mortal que el hombre representa, del carácter evanescente de su individualidad más inmediata. Catarsis que encontraba su comienzo en la foto fija que de uno mismo ofrecía la ebriedad, para desde ahí amparar la intensificación de la propia naturaleza y la orientación de la misma de acuerdo a su arquetipo, naturaleza y eternidad. Todo esto tenía sus peligros, ya que ese viático necesariamente abisma, a aquel que lo emprende, al socavón de sus propias contradicciones y miedos. Al desvelamiento de los condicionamientos inconscientes de la conducta. Socavón que como constructo encuentra su aparente consistencia en la inconsistencia de nuestra propia individualidad, juego de hechicería negra, en palabras de Carlos Castaneda, por el cual nosotros mismos generamos el mundo que nos determina y maneja.


Ebriedad y destrucción


Toda ebriedad destruye. Aún en el mejor sentido. Si no, que se lo digan a quien se adentra en sus laberintos sin tomar las necesarias precauciones ni realizar ablución alguna. Un yonqui, un alcohólico, alguien atrapado por el barroquismo de su propio subconsciente en un trance visionario... Toda destrucción de lo que siempre fue efímero, construido y falso, puede ser el comienzo de un descubrir lo que siempre estuvo debajo de tanta paja y hojarasca psíquica. Nuestra cultura es completamente ignorante por lo que a la ebriedad se refiere. Por ello se generan esas dependencias y estragos que no hacen sino manifestar desajustes de la propia conciencia moderna. Si algo no permite nuestro precario modo de vida es la relativización del mismo, proclamar su carácter fugaz o incluso falaz, destapar que no somos lo que creemos ser, revelar que el flujo de nuestras aspiraciones, pensamientos, sugestiones, deseos y fobias no son más que hábitos sociales y constructos educacionales. De esas cosas, hoy en día, nadie quiere saber, y es eso precisamente lo que hace imposible el desarrollo de una cultura refinada acerca de la ebriedad. Quisiera ilustrar esta apretada exposición con una cita de Martin Heidegger que muestra a la perfección la desafiante cifra de ese don que en la ebriedad reside: "La época sigue indigente no solamente porque Dios haya muerto, sino porque los mortales apenas conocen lo que tienen de mortal". Siempre Heidegger, tan griego. Nuestros padres los griegos, maestros de la Tragedia, sabían que ésta siempre brinda una ocasión para la elevación. Aristóteles de manera muy explícita habla de esa catarsis de los sentimientos que procura la hermeneútica de lo trágico. Por todo ello, como dice Antonio Escohotado, "La ebriedad siempre será gratitud".


Sobre lo lúdico


La ebriedad integra, quizá como ningún otro escenario, momentos y usos estrictamente lúdicos. Desde luego, no deja de ser una luminosa directriz para el viaje. Es muy evidente que delicias de la misma son el placer, físico, estético o mental, y las sintonías personales que enmarca. No habiendo nada más sagrado que la alegría y la plenitud del espíritu, lo lúdico se inserta como el necesario complemento de la catarsis que la ebriedad supone. Toda limpieza del propio dial lo primero que produce es una suerte de reconciliación con la vida y por ello la celebración de la misma. La ebriedad, limpia de polvo y paja, es acaso la fiesta y celebración por excelencia donde la propia libertad se goza y se agasaja. La ebriedad, en la alegría que ésta muestra, no entiende de nada que la ignore, ni de apropiamientos psíquicos de la misma, ni de pesanteces que interfieran su devenir inocente. Es sin por qué, como la rosa del poema de Silesius. La entrega sincera a la misma abre escenarios donde la comunicaci¢n humana encuentra sintonías, siempre más allá de uno mismo. Son hermosos los momentos para la ebriedad en buena compañía, tiempo para la confianza, el festejo y la broma, donde la existencia y los seres que la pertenecen parecieran elevarse, quedando rotos los limes de la propia individualidad. Muy ajenas son a todo esto esas borracheras donde el genio de la sustancia ofrece al que no es capaz de dar la talla un habitar la ebriedad encerrado en sí mismo, cosificando la realidad, para convertirla, toda ella, en una innoble construcción, paranoica y proyectiva. Ese es el castigo de los dioses a los que no son capaces de compartir la alegría, de recibir lo lúdico, de contemplar el juego de la inocencia. Larga vida a Dionisos, el niño que juega y se mira en el espejo, Dios de la ebriedad.


 
BIBILIOGRAFIA:

* EL DIONISIO MODERNO Y LA FARMACIA UTOPICA; Enrique Ocaña.
* HASCHISCH; Walter Benjamin.
* LAS PUERTAS DE LA PERCEPCION & CIELO E INFIERNO; Aldous Huxley.
* MUNDO INTERIOR, MUNDO EXTERIOR; Albert Hofmann.
* LAS PLANTAS DE LOS DIOSES; Albert Hofmann, Richard Evans Schultes.
* LSD; Albert Hofmann.
* CAMINO A ELEUSIS; Albert Hofmann, Gordon Wasson.
* HISTORIA GENERAL DE LAS DROGAS. Antonio Escohotado.
* ALUCINOGENOS Y CULTURA; Peter T. Furst.
* ENSEÑANZAS DE DON JUAN; Carlos Castaneda.
* VISITA A GODENHOLM; Ernst Jünger.
* ACERCAMIENTOS; Ernst Jünger.
* NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA; Fiedrich Nietzsche.

(1) Gonzalo Robles, en su día, fue el responsable del PP en políticas sobre drogas.

5 comentarios:

tula dijo...

Buena descripción...y si , el miedo nos lo han metido en el cuerpo, pero...a los que nos va la aventura, el viaje iniciatico, nos entregamos con placer y con miedo, pues como decía D. Juan, el miedo no mata, lo que nos mata es que nos digan lo que se puede o no hacer....

No recuerdo en cual de sus libros, le explica a Castaneda el porqué le da plantas de poder, se las da porque como occidental está apoyado en la razón y en creer que la única realidad es ésta, la cual nos impide ver que la realidad solo es una descripción y las plantas de poder rompen esa certeza....

jcaguirre dijo...

Castaneda es uno de los mejores metáforas para tener en cuenta en ciertos asuntos. Y si, las plantas visionarias no son más que medio, uno más.

Emilio Blázquez dijo...

Artículo muy actual y oportuno, dada la paranoya colectiva que oscurece el ambiente, precisamente por la falta de ebriedad lúcida y de juego.

DDAA dijo...

Castaneda es el Lobsang Rampa de la New Age enteogénica. Eso si, la primera novela de la serie es excelente.

jcaguirre dijo...

Mi perspectiva: La primera y alguna más. Sobre todo la primera serie. Los círculos castanedianos, inluidos los fundados por el propio Castaneda, no merecen demasiado interés.