martes, 8 de marzo de 2011

Louis Lewin(II): Un científico ejemplar

Quisiera dedicar alguna entrada más a ese científico ejemplar que fuera Louis Lewin indagando, precisamente, en el por qué de tal ejemplaridad. No olvidemos la senda, cada vez más decantada hacia una especialización creciente, propia de los diversos programas de formación universitaria. Lewin, ya lo he apuntado en la la anterior entrada dedicada a su obra, fue capaz de una enorme anticipación a la hora de delimitar y reconocer la experiencia servida por las plantas y sustancias visionarias. Ahí, precisamente, queda cifrada la genialidad de su propuesta intelectual y la reputación de su obra. Merece pues la pena ahondar en lo ya apuntado. Creo que será especialmente revelador a propósito del método que desde la ciencia sea exigible al investigador de la experiencia enteógena.


¿Por qué ante Phantastica no estamos frente a un libro de farmacología más?. ¿Por qué un libro de corte científico sigue vigente tantas décadas después de su publicación aun considerando los grandes avances habidos?. ¿Por qué se le reconoce como libro de culto?... Las razones de todo esto tendrán que ver con esa potencia hermenéutica del propio Lewin capaz de reconocer, antropológica y existencialmente, experiencias como las inducidas por los fármacos visionarios. Tal perspectiva desborda el ámbito puramente científico para venir a fortalecerlo. En esto Louis Lewin es un ejemplo, un científico ejemplar, capaz de enriquecer su propia capacidad investigadora y de juicio a través de unos recursos intelectuales aquilatados en una sólida formación humanística. Su perfil investigador no es el propio de una especialización excluyente y, necesariamente empobrecedora, por cancelar el acceso a capacidades de análisis que exijan de categorías ajenas a las usuales. Estamos ante un perfil investigador que sabe de la necesaria atención a la propia diversidad de los saberes humanos, lo que le sitúa en las antípodas de la talibanía cientificista o del positivismo filosófico. Lewin aúna la brillantez del especialista con una cultura amplia capaz de proporcionarle los más diversos recursos intelectuales y de juicio. De esta manera, este farmacólogo suizo, nos da una lección de cuál es el proceder del científico y la fuente de su creatividad. Una creatividad, necesariamente, en sintonía con los enormes logros de la razón y la creatividad humana en todos los campos.


Como se hace evidente la perspectiva de Lewin, para empezar, implica una determinada valoración de la experiencia visionaria. No será de extrañar pues que Lewin parta de una delimitación muy concreta, de corte antropológico, de la experiencia visionaria. Como ya he indicado, desde tal atalaya, se adelantará décadas a la inmensa mayoría de los farmacólogos que le sucedan en el estudio de las sustancias visionarias. Incluso, al día de hoy, su perspectiva de análisis está a años luz de la dominante para la mayoría de farmacólogos y psicólogos. En realidad, estamos ante un buen ejemplo de las relaciones entre pensamiento, filosofía y ciencia; de tal manera que una posición filosófica poco idónea o analfabeta redundaría en una producción científica vulgar. En cambio y desde la finura intelectual que le caracteriza Lewin alcanzará una capacidad de reconocimiento de la experiencia visionaria pionera y capaz de adelantarse varias décadas a los usuales estudios de corte farmacológico. Desde este punto de vista, el de la hermenéutica y comprensión de la propia investigación científica, Lewin estará incluso más adelantado que muchos farmacólogos del presente. No en balde pertenece a una época en que los científicos, por los propios programas educativos y por el clima cultural de la época, poseían una formación humanística considerable que, entre otras cosas, desconfiaba de una especialización mal entendida que excluyera conocimientos de corte generalista. Esta especialización mal entendida, además de promover diversas simplicidades ideológicas proyectadas toscamente sobre la propia ciencia, facilitará que se torne irreconocible la experiencia visionaria y sus valores al carecerse de los más elementales referentes teóricos y de análisis. El contexto de tal carencia centrada en la experiencia visionaria apuntará a una de mayor calado, la del reconocimiento del rigor y la metodología propia de las llamadas humanidades o ciencias humanas y, en general, la del valor y rango de expresiones humanas como las del arte y la poesía. En este sentido la cerrazón de algunos malos científicos en su insistencia en cancelar el ámbito del sentido humano en la razón científico-técnica, lo que en realidad cuestiona, es toda pretensión de multidisciplinariedad. Tal cerrazón, derivada de la insistencia en cancelar el ámbito de la racionalidad en las llamadas “ciencias duras” y en el método científico, se traducirá en su incapacidad a la hora de visualizar el rigor propio de las disciplinas que atienden a la vida humana desde el punto de vista de sus elaboraciones culturales y desde la complejidad del propio marco antropológico. El mito de un conocimiento-rey, objetivo y universal, el propio de la ciencia, quedaría asi bien diferenciado del ámbito de las elaboraciones subjetivas.


Advirtamos cómo si algo pone sobre el tapete la crítica que abordo será esa castración para la razón que supone la exclusiva atención a un ámbito objetivo –el de los hechos- frente a otro subjetivo y de escasa relevancia epistémica o formativa –el de las “ocurrencias” subjetivas y “culturales”, todas al mismo nivel precisamente por carecer de sustantividad y valor propio-. Muy distante respecto de esta perspectiva quedaría la de Lewin que, lejos de desatender ciertas referencias antropológicas o de enajenarlas en la impenetrable categoría de lo subjetivo, las convertirá en la óptica de reconocimiento de la propia experiencia visionaria. Tal posibilidad de reconocimiento estaría pues en una relación muy directa con cierto nivel de iniciación en esos lenguajes –arte, poesía, filosofía- en los que tales experiencias han venido a refinarse, siendo glosadas y sometidas a crítica y elaboración, a lo largo de la historia. Advirtamos como la valoración de tales lenguajes, si de algo depende, será de la conciencia de que, confrontados con la realidad o la vida, estaremos ante modos de relación muy diversos entre hombre y mundo. Cada uno con su propio lenguaje. Y es que, muy lejos de quedar acotada en esa dogmática de lo objetivo y lo subjetivo, la relación entre hombre y mundo, estará inmersa en modos de encuentro y relación que alumbran perspectivas y texturas de vida de lo más diversas.

Como ejemplo, resulta muy revelador el contraste de la riqueza exhibida por Lewin frente a la pobreza e indigencia que subyace a llamada la escuela psicomimética en lo que sería el reconocimiento de la experiencia visionaria. La referencia a esta escuela no es baladí ya que, si bien cancela toda investigación de la experiencia visionaria según la inicia, representa a la mentalidad dominante respecto del valor de esta experiencia. De acuerdo a la misma estaríamos frente a una mera inducción farmacológica de un episodio esquizoide... Creo que resulta importante recordar que experiencias como la visionaria, desde el punto de vista de de la psiquiatría oficial, no apuntan más que a meras categorías clínicas psicopatológicas. Criticar esta perspectiva resulta sumamente fácil. Basta con convocar el valor antropológico que a lo largo de la historia han tenido cierto tipo de experiencias para la evolución humana o, sencillamente, tomar nota de la complejidad de nociones como la de imaginación, percepción o visión. Advirtamos como esto supone, ni más ni menos, acoger en tanto cognoscitivamente relevantes factores y elaboraciones subjetivas de orden cualitativo como, por ejemplo, las diversas cosmovisiones posibles, las elaboraciones del arte, las de la filosofía y las diversas mentalidades y cosmovisiones… Todas ellas dependientes de diversos modos de imaginar, sentir, conocer y, en esa medida, de percibir… Introducir variables como las apuntadas, ni más ni menos, hace quebrar la mentalidad positivista en bloque con todos sus filosofemas; entre ellos la existencia de una nítida y cristalina realidad objetiva.


En fin, la reflexión a propósito de Louis Lewin y su enorme anticipación, de muchas décadas, a la hora de reconocer la experiencia visionaria, necesariamente, nos lleva muy lejos. En concreto a asuntos tales como el de la unidad de las ciencias y al de la relación entre las llamadas ciencias fisicalistas –ciencias duras- con las disciplinas humanísticas. Es una pena que debates tan fértiles e interesantes se vean empañados no sólo ya por complejas cuestiones de choques de paradigmas y de reconocimiento de campos de estudio sino por el desconocimiento fomentado desde una especialización excesiva, excluyente y celosa de sus intereses de casta… Verbigracia: Poder y reparto del pastel… Por cierto, de la radicalización de conflictos como los descritos surgirá esa peculiar talibanía cientificista que pretende, tan devota como virulentamente, la reducción del ámbito de la razón y el rigor al campo de las ciencias experimentales de corte empírico-positivo. Por fortuna, el empirismo o la racionalidad no se agotan en lo empírico-positivo; ni el ámbito de lo disciplinar y su rigor formativo en las ciencias fisicalistas... Quizá sea bueno subrayar que más que ante complejos debates epistemológicos o cuestiones de choques entre paradigmas, en ocasiones, ciertos debates no son más que el síntoma de un descuido radical en lo que sería una formación humanística básica en el contexto de la típica pugna por el usual reparto del pastel. Tales debates suelen tener la pretensión de presentarse disfrazados como debates sobre la ciencia pero, en realidad, están muy lejos de tal pretensión. Una cosa es la ciencia, o las ciencias, y otra bien distinta el positivismo o el cientificismo en tanto filosofemas, por cierto, bastante toscos. En esto Louis Lewin nos da toda una lección de lo que puede aportar la formación humanística a una perspectiva puramente científica, creativa y a la vanguardia: Ser capaz de reconocer aquello que se estudia. Ni más ni menos. Acaso saber abandonar las gastadas nociones de lo subjetivo y lo objetivo, con toda la dogmática que introducen, para abrirse a la creatividad inherente a los procesos perceptivos y a las diversas cosmovisiones, sea un primer paso.

3 comentarios:

Victoria dijo...

Como siempre, tus reflexiones son aire renovador. Gracias. En estos momentos estoy escribiendo un artículo donde hablo de Lewin. Confío en esa unidad de la que hablas, en esa ciencia humanista, más integradora, imaginativa y creativa, consecuente con otras realidades que consideradas o no, existen.

tula dijo...

Gracias por el apunte.
un fractal abrazo.

jcaguirre dijo...

Hola Tula. Ando a medio gas por temas de salud y con ganas d eprodigarme más en internet. Animo para tu magnífico blog.

Hola Victoria:
La próxima entrada también será sobre Lewin. Lewin estaba más cerca del paradigma vitalista que del mecanicista. Por eso mismo su valoración de la experiencia visionaria en tanto tal. Sobre eso irá la entrada. La tengo casi acabada pero esperaré unos días.