viernes, 1 de abril de 2011

Luz, tiniebla...

A Osa, en el firmamento estrellado


Inteligencia oscura, oscura por desbordar el propio entendimiento y razón. Ahí la luz es otra, una luz cegadora que si confunde y ciega es al propio conocer. El entendimiento ordinario se apaga. Sus modos y maneras, enmudecidos, se instalan en su propia tiniebla… Sin embargo, más allá, se conoce, se ve, se siente, se encarna... Cuerpo y entendimiento, en condición de silencio, reciben saber y vida. El deseo, las tomas de conciencia del entendimiento ordinario... Todo lo propio sobra en ese gran silencio, en esa capacidad de pura presencia que acoge y ve. El poder que irrumpe, un vigor a nada comparable, así nos lo demanda; y nuestra mente, en su cacarear o, sencillamente, en esas pasiones que nos trastabillan, a veces nos juega malas pasadas. La mente con sus velos… Esos mismos que nos ensordecen y ante los cuales sólo cabe acogimiento y capacidad de presencia; nunca rechazo. No son más que nuestros hijos descarriados reclamándonos; descarriados por maltratados y heridos. Sólo esperan a encontrarse en nuestra capacidad de vida.


En estas un gran deseo permanece, un anhelo, un movimiento de apertura, una confianza firme, una entrega a la vida desatada, a la luz que irrumpe… El Misterio de la vida parece tocar el alma y nuestro espíritu, en su silencio, vaciado de todo ruido, encuentra tierras vírgenes y nuevas orillas del otro lado del Océano.


¿La verdad del deseo? … La alteridad que indica, el enlace que traza, el vínculo que ampara… En el gran deseo la Unidad funde e integra lo que antes fueran dos. En ese vacío del alma ya no queda nada del experimentador curioso, tampoco de una experiencia por la que alguien transite. Sólo queda ese vacío, esa sutil capacidad de vacío; y en ella el lápiz de la vida brindando en Unidad su riqueza. Sus mundos posibles y, acaso, los imposibles. Estamos en una matriz, en un vientre. Ahí las formas encuentran su troquel. El arcano es la receptividad y el encumbrado vacío del alma. El entendimiento, mudo y más allá de sí, acoge pasivamente una luz renovada en su silencio. ¿Quién es capaz de ese silencio?. Uno. Nada. Nadie. ¿Quién es nadie?... Nadie. Así respondió Ulises en la Odisea a Polifemo. Este en su cueva le preguntaba por su nombre… “Mi nombre es nadie y nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos”… ¿Quién es nadie?. ¿Donde habita?…

3 comentarios:

Emilio Blázquez dijo...

Gracias por recrear los pasos a la entrada de ese vacío tan vital y necesario. Atreverse a hablar de ello es una hazaña y a la vez es lo más responsable que se puede hacer.

jcaguirre dijo...

Bueno Emilio, gracias a ti. La palabra nos excede. Nos excede de lejos.

RAB dijo...

Hijos descarriados. Esos mismos a los que una amiga llama animales del bosque, que se asoman de vez en cuando, mordiendo, por no haber sido acariciados a tiempo. El silencio los acoje con la paz que necesitan.
:+

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