domingo, 1 de mayo de 2011

Louis Lewin (III): Vitalismo y farmacología

Dedicaré una última y tercera entrada a tratar la enigmática vigencia y prestigio de la obra de un Lewin capaz de atender a la especificidad de la experiencia visionaria. A tal capacidad corresponderá, sincrónicamente, el uso que éste farmacólogo haga de argumentaciones inspiradas en una perspectiva vitalista y no mecanicista de la biología. Las mismas nos mostrarán un científico que sabe valorar la relevancia para las investigaciones farmacológicas de la vitalidad específica del organismo vivo. Esto es algo de enorme importancia. Si la biología y la farmacología son capaces de reconocer el valor de los afanes adaptativos de los que son capaces los cuerpos vivos, en relación al hombre,  queda abierto el reconocimiento de las disciplinas que atienden  a la esfera de experiencia más personal y a la cualidad de cada persona. Lo que abre una posibilidad de encuentro entre disciplinas diversas y, en tal medida, auténticamente pluridisplinar. Esta apertura a la relevancia de lo cualitativo y de factores estrictamente personales será la condición necesaria para investigar con rigor y en toda su amplitud la experiencia inducida por fármacos visionarios. Precisamente de la vecindad de Lewin con un paradigma de investigación de corte vitalista dependerá, epistemológicamente, su acierto a la hora de reconocer la experiencia visionaria...


Phantastica. Louis Lewin. Como ya he indicado acometo una nueva entrada dedicada a este investigador y científico de excepción. La rica hermenéutica de Lewin, capaz de adelantarse décadas respecto de otros farmacólogos, no se limitará a lo expuesto en las entradas precedentes. En la introducción de “Phantastica”, dejando de lado toda perspectiva mecanicista, se decanta por la relevancia en la biología de lo que hoy llamaríamos las sinergías autopoiéticas de la vida. Desde las mismas, nociones como las de vitalidad y cuerpo vivo, a través de la creatividad de cuerpos y organismos, cobrarán una especial relevancia a la hora de explicar determinadas pautas evolutivas, adaptativas o cognoscitivas. Asimismo -y en relación a los hombres- esta perspectiva nos aportará un contexto puramente biológico y farmacológico capaz de reconocer la relevancia de lo extrafarmacológico y de los recursos creativos que cada persona pueda desplegar a partir de su propia singularidad; atendiendo a su propio bagaje cultural, existencial y a sus hábitos y condicionantes.


Lo propuesto será de enorme importancia. Advirtamos cómo a partir de la relevancia biológica de todos esos factores extrafarmacológicos quedará indicada una senda abierta hacia el reconocimiento interdisciplinar de contenidos de orden humanístico -o incluso de una psicología hermenéutica-. Asunto este decisivo ya que son precisamente las humanidades el ámbito privilegiado de expresión y refinamiento de la vida humana. No olvidemos que los efectos beneficiosos del uso de enteógenos quedan vinculados con la capacidad del experimentador de abrirse existencialmente a los aportes de sentido que la experiencia le pudiera suscitar... Lo que descoloca a muchos farmacólogos dado el carácter extrafarmacológico, puramente cualitativo, singular y personal de tal capacidad. Pareciera que los fármacos del género phantástico gustaran de instalarse en una molesta variabilidad de efectos y de reacciones personales ante los mismos sobre la base de contextos concretos y singularidades personales específicas... Esto resulta tremendamente desalentador para un estudio farmacológico convencional; precisamente por basarse estos estudios en indicaciones cuantitativas y de corte generalista; desatendiéndose factores cualitativos de enorme relevancia tales como los contextos culturales o la cosmovisión y singularidades del experimentador enteogénico. Desde tales estudios todo cuerpo humano sería intercambiable, atendiéndose a patrones de respuesta al enteógeno generales y bien “objetivados”.


Como se hace evidente los estudios farmacológicos más convencionales tienen gran valor si es que nos queremos ceñir  a los patrones de respuesta más estrictamente fisiológicos. Ahora bien, los problemas comienzan cuando desde la farmacología no se sabe reconocer el valor que puedan tener los factores extrafarmacológicos a la hora de decantar los efectos de las sustancias psicoactivas y, especialmente, de los fármacos visionarios. No deja de ser curioso que no se eche un vistazo a la historia del uso de embriagantes para ver la enorme diversidad de efectos, usos y situaciones abiertas por un mismo psicoactivo. Atendiendo a Louis Lewin nos alejamos mucho de esta perspectiva tan sesgada. Precisamente por valorar esa dimensión cualitativa que atiende a la singularidad del cuerpo vivo. Todo lo afirmado explicará el por qué de la agudeza y la anticipación de su obra.

Efectivamente, la riqueza y variedad de efectos de los fármacos visionarios, atendiendo a diversos contextos, parece pues poder encaminarse hacia horizontes de lo más diverso. Atendiendo a esa diversidad de efectos -y a la ineludible distancia existente entre las categorías del lenguaje y la experiencia visionaria- éste farmacólogo apelará al misterio y a la maravilla en la introducción de su obra para contextualizar el efecto psicoanímico de ciertos fármacos... No estamos ante una claudicación intelectual. Apelar a la noción de misterio es una de las maneras más ajustadas de poner sobre el tapete el desbordamiento de nuestras categorías a la hora de describir la ebriedad inducida por los fármacos visionarios. Y es que con los límites del lenguaje nos encontramos al encuentro de los fármacos visionarios.


Establecer un nexo que, desde lo puramente biológico, reconozca la experiencia singular del experimentador será pues lo que aporte esta perspectiva vitalista a la hora de delimitar el encuentro entre hombre y sustancia visionaria. La vida anímica concreta, la capacidad de vida singular, la propia creatividad y vitalidad podrá tener la atención que se merece. En tal estela Lewin contextualizará los efectos de las sustancias psicoactivas desde argumentaciones de corte vitalista. De hecho su valoración de la experiencia visionaria, en tanto experiencia personal legítima y propia de hombres sanos, dependerá muy directamente de esta valoración de la propia vitalidad y de su expresión. En sus propias palabras: “existe una energética personal que engloba la totalidad de la vida física de todo ser vivo y que se puede denominar energía vital. Con este término me refiero a la suma de todas las capacidades dominantes tanto de los fenómenos químicos como de los físicos y de las funciones motoras sometidas a la voluntad, cuyas respuestas difieren de un individuo a otro. Esta energía, nacida con el individuo y que afecta a todas las partes de su cuerpo, ya sea el cerebro, los nervios o los músculos, las glándulas o las vísceras, los huesos o las mucosas a cada tejido que forman parte de la constitución de organismo… es una fuerza que actúa en la organización y la ejecución de las funciones de todas las partes del cuerpo…” Para Lewin esta vitalidad general, diversa en sus respuestas de un cuerpo a otro, tendrá una estrecha relación con las potencias adaptativas de los seres vivos; lo que pondrá a esta fuerza vital en estrecha relación con las potencias cognoscitivas del cuerpo vivo.


Habrá quien afirme que la apelación a esta fuerza vital no es demostrable, ni medible, ni reducible a datos… Lo cierto es que es imposible que así sea ya que estamos apelando a la creatividad del cuerpo vivo y no a una de sus partes o miembros. De algún modo esa fuerza -creativa- es en la vitalidad del cuerpo sintiente y cognoscente aunque no se nos brinde a los sentidos en tanto variable específica.  Tal planteamiento acaso exija una elaboración compleja a la altura de la propia complejidad que esgrime. Una complejidad que no será sino la de la creatividad de la propia vida… En realidad esta fuerza vital a la que nos referimos es inherente a toda noción de totalidad orgánica viva. De hecho, cualquier conjunto que tenga que ver con la vida, por ejemplo un grupo humano, es un todo que desborda la mera suma de sus partes por mucho que esto suponga aceptar una complejidad para nada evidente a los sentidos. En palabras de Ken Wilber un holón que, de suyo, remitirá a estructuras que lo transcienden. En este caso el propio medio natural con el que se vincula, al que transforma y en el cual viene a transformarse el cuerpo vivo. Ante la fuerza vital estamos pues frente a ante una inferencia que integra un modelo y no ante una inducción pura que pueda ser medible en un experimento. La racionalidad humana no se agota en lo inductivo como, por cierto, tampoco lo hace el método científico por la relevancia de lo puramente deductivo en el mismo… A estas alturas creo que nadie mínimamente ilustrado dudará de la relevancia de lo deductivo en el método científico; por su deuda con deducciones y desarrollos matemáticos y por la relevancia en su génesis de procesos deductivos de corte puramente filosófico. En este sentido el libro “Qué es la ciencia”, del historiador de la ciencia Alexander Koyré, resulta del todo esclarecedor.


En estrecha relación con lo afirmado no puedo dejar de indicar los límites y brillos de los estudios de corte cuantitativo -farmacológicos- o estadístico -conductistas- tan oportunos en lo que nos indican como acotados por su propio campo y método. Si estos estudios pretendieran monopolizar la investigación sobre las sustancias visionarias  nos devolverían al más absoluto analfabetismo respecto de qué pudiera ser eso de la experiencia visionaria. De acuerdo a los mismos se trataría de atender a modelos generales que nos indicaran tendencias, tomando los diversos cuerpos como intercambiables dentro del campo de estudio que se defina. Bastaría pues con una determinada tendencia estadística para justificar el uso general de un fármaco visionario... El planteamiento, más allá del interés que pueda reportarnos, no puede estar más alejado de la persona singular.


Si bien es cierto que esta perspectiva cuantitativa de estudio tiene su rigor interno y su propia operatividad –la propia del conductismo metodológico- es inevitable advertir cómo esta perspectiva arroja al irrelevante cajón de sastre de lo subjetivo la experiencia singular y concreta del cuerpo vivo y, con ella, la decisiva cuestión de la creatividad personal; lo que cancela cualquier reconocimiento posible de las humanidades y, de paso, de cualquier perspectiva interdisciplinar. De ahí, el problema que plantean las talibanías que quisieran reducir el ámbito de la investigación rigurosa a estos estudios cuantitativos. Quiero que se me entienda bien. No se trata de censurar nada ni de ir en contra nadie. Se trata de saber alentar la integración de perspectivas complementarias de estudio al tiempo que se denuncian ciertas pretensiones de exclusividad y ciertos primados teóricos del todo extravagantes e interesados.


El distanciamiento de Louis Lewin del método cuantitativo, a la hora de evaluar los efectos de las sustancias, resulta revelador. En sus propias palabras “resulta imposible una apreciación apriorística de los efectos de la interacción entre una sustancia y el organismo humano” o en relación a los fármacos visionarios “debemos aclarar que los efectos del peyote dependen de la individualidad de cada uno”. Como ya he indicado las argumentaciones de corte vitalista serán de enorme importancia en el modo en que Lewin entienda la psicoactividad de cualquier fármaco y, en especial, de los visionarios. Todas estas afirmaciones dan un contexto de prudencia y de sentido de realidad a su monumental tarea clasificatoria. Por lo demás, la ponderación de factores cualitativos será decisiva para, siquiera, divisar en la distancia la experiencia visionaria.