domingo, 17 de julio de 2011

Ad inferos







Primera escena. El universo se descompone en sus propias piezas. Un inenarrable malestar irrumpe. Dolor y visión son uno y lo mismo. La naturaleza, antaño generosa, asiste muda al convite. El vientre se hace presente y la mano trata de facilitar el vomito.

Una escena más. La mano se adentra en la caverna. Trata de superar su malestar. En lo más profundo la caverna se revela carnosa y viva. Ahí la palabra, la propia palabra tras la boca, no es más que músculo tenso y expresión sanguínea. Lo elemental se nos brinda en un tránsito de dolor. Lo elemental, lo que nos compone desde el subsuelo, nuestras hebras más elementales antes de toda elaboración o integración. Lo elemental. Eso mismo que antecede a toda expresión y toda palabra. Lo elemental. La materia prima de toda figura, de toda forma. Lo elemental. Las fibras que nos tejen. Lo elemental. Los elementos que amparan toda forma compleja. Lo elemental... Todos somos fuego eterno que se enciende y se apaga según medida. Así hablo Heráclito. Elementos que se unen y deshacen. Pasiones básicas...

Los elementos que nuestra vida enhebra revelan la tierra que habitamos, sus componentes más primarios. No son trama sino materia elemental. No son armonía sino notas. No son figura, son potencia y posibilidad. Al destrenzarnos y deshacernos nuestras hebras e hilachos vibran en el viento. Ondean como banderas de esa vida elemental y sanguínea que nos compone. Esa vida arcaica que busca su palabra, su partitura y su cristal. Entremedias de esos vientos nuestra figura se descompone dolorosa. La geometría se deshace. Dejamos de ser. Deshechos accedemos al corazón de la caverna, a ese músculo vivo y sanguíneo a partir del cual brota toda forma ulterior. Accedemos a una matriz elemental, a una potencia tensa en una caverna sanguínea. Lo elemental, burbujeante de energía antes de toda trama. Acercamos la mano. La matriz desata su condición de torrente. Las formas comienzan a brotar a borbotones. El músculo tenso deviene cráter y manantial de lava. Un cráter negro en un paisaje negro libre de toda forma. El cráter expulsa lava a borbotones y un promontorio va trazándose en ese horizonte vacío. De lo elemental y de ese universo vacío van surgiendo las formas. Nada. Fuego y movimiento. Montaña; y en la montaña un lobo negro que habita lo elemental y su emerger. El músculo sanguíneo y vivo se encuentra en su figura de lobo. El cuerpo se vive otro. De dientes, hueso y cartílagos emergen unas fauces. El lobo negro, crispado, en su dolor corre en el cráter. La lava y el negro paisaje son su territorio. Lo elemental nos ofrece su rostro. El lobo brinca y agita su figura. El hombre se siente y anda sobre las piernas.

Tercera escena. Un camino vedado. La de la forma alejada de sí. La deformidad deviene dolor. La figura ajena corrompe nuestra vida. Un paisaje digno de Brueghel o de El Bosco nos sirve de espejo. El infierno se abre, el infierno de una vida alienada en la ausencia de sí. El infierno es legión, legión de fragmentos sin nervios, sin enlaces que los conecten. Zeus perdió esos nervios tras ser derrotado por Tifón. Tifón el rostro de lo elemental que descompone cuando irrumpe. Tifón la vida fragmentada y bronca pero dispuesta a su propia forma. Burlando a Tifón, Apolo le devolvió los nervios a Zeus. La belleza y el encuentro. La armonía que vincula lo deshecho. Suenan las cantatas de Bach. El propio daymon como senda de vida. El propio espíritu como figura de riqueza. El fuego, la energía en movimiento… Vulcano trenza y compone en la fragua.





2 comentarios:

rab//. dijo...

Un texto tan bello como inspirador.

jcaguirre dijo...

Ando leyendo el ensayo de Jünger "Sobre el dolor" y se me vino encima. Es una vieja experiencia que va sedimentando años después.