jueves, 28 de julio de 2011

La nieve que todo lo cubre







Ese frío de la ayahuasca... Hay muchos que se refieren a él. Algunos lo conocen y otros simplemente parlotean. No es un frío cualquiera. Te hila los tejidos enroscándose a tu cuerpo como un zarcillo endurecido y viscoso. En su enroscar pareciera una serpiente que, mostrándonos su piel, nos invitara a un juego de profundidades abisales y arcaicas. Un juego que agarrota, sin vuelta atrás.


En tales veredas los miembros y el cuerpo entero quedan contraídos y enhebrados en la serpiente. Parecieran convertirse en una madera fría. Nos detenemos. El frío, un estado de la vida, en intimidad con la quietud. También con la rigidez, el olvido y el destierro de eros... La serpiente, de sangre fría, de movilidad restringida, muy cercana a lo elemental. La divisamos instalada en las fraguas del origen, en el umbral del manantial. Más allá de sus muchas pieles sólo queda el borbotear de la oscuridad en la grieta de la roca. Su mirada fría nos despoja de toda capacidad de movimiento. La serpiente; entre nuestra presencia y la de ese manantial vivo que borbotea en la oscuridad de la roca. Apolo antes de asentarse en Delfos y llegar a ser encontró a la serpiente Python guardando su manantial oracular. Tras verle Apolo las vueltas a la serpiente, la sacerdotisa oracular de Delfos mantuvo el nombre de Python en su propio rango. En su ondulante regazo la Pitia decía los decires verdaderos. Recordaba más allá de los fríos y de su áspero olvido. A golpe de corazón y latido…


Los fríos y los vientos gélidos, sus misterios... En su soplar cesa el movimiento. En la inmovilidad, cristalizados y detenidos, pueden llegar a vislumbrarse los patrones básicos. El cese de su operar y la distancia devenida con todo proceso pueden depararnos tal visión. A golpe de corazón y latido... Acogidos a tal ritmo, penetrando en el frío, pareciera como si nos adentráramos en un museo del origen dentro de un palacio de hielo. La forja y los engranajes de las cosas que van siendo se vislumbran a través de cristales y geometrías congeladas en una tremenda quietud. El palacio, en sus galerías, nos va mostrando los troqueles y patrones que gobiernan todo devenir; a través de una parada fría y áspera, de un salto-atrás, de un movimiento de retorno, de un modo de intimidad con la quietud, la nada y el sueño. Ese latido que ve es lo que imprime ritmo y posibilidad al áspero tránsito. Acaso sea esa la visión de claridad del frío, una visión abisal y cercana a esa oscuridad rebosante más allá de toda geometría… Se nos confronta una visión de muy difícil trato. En su regazo las carnes sanguíneas se reconocen como de una de esas maderas contraídas y polares. A veces, incluso, experimentan su propia cristalización si es que el corazón late con fuerza y es capaz de ver. Con todo, tal tránsito contrae, encoge y duele. Los hallazgos, congelando, pueden quemar. Finalmente, el acercamiento es a un blanco purísimo, a un blanco de nieve que todo lo acoge; también a un blanco de calavera. La intimidad es con el blanco en una escena previa e inmóvil de acercamiento a la Nada... Nada permanece en su regazo. Nada más que la grieta en la roca y su oscuro manantial. En tal arcano se resuelve el misterio de todo parto, de todo devenir, de todo fruto, de toda fertilidad, de toda mutación... El agua de la roca acoge una frescura capaz de toda forma. En su fluir, más allá de todo y más allá de sí, la serpiente cambia de piel. Fuego y movimiento. El blanco, el de la nieve y el de la calavera, acogen todo color y, por eso, alumbran cualquier color.


La de la salamandra, la del dragón, la del lagarto... Las variaciones de la serpiente que se instala en el frío. Los muy diversos rostros de su violenta y dúctil quietud, previa a todo movimiento, previa a toda variación… En la geometría cristalizada y detenida de la vida, paradójicamente, reside el secreto del fuego y de la mutación. La geometría congelada del cristal de hielo, al encuentro con eros, inicia el viaje a la forja de Vulcano. Los patrones de la vida inician su movimiento alumbrando nuevos mundos. La serpiente es un dragón; y también una salamandra. Dragones y salamandras saben del secreto del fuego. Entre nieves, vientos gélidos y pieles que se dejan atrás. Desde su propio hieratismo y quietud. Desde su flexibilidad de navegante.


Más allá de todo, más allá de su soledad, Zeus se encontró con las escamas de la serpiente. En la oscuridad, entre vientos y fríos polares, se descubrió en su lomo... Más allá de sí y de su soledad creadora, Zeus remontó hasta su origen, origen de todo. Cabalgando la serpiente, siendo, Zeus dejaba de ser para volver a ser siempre diverso. Hen kai pan. En realidad Zeus era nada, cero, pura vacuidad.