martes, 5 de julio de 2011

Yukio Mishima: La música de las esferas

Yukio Mishima. La música de las esferas. Me refiero a esa música que este escritor japonés nos propone como espejo de la propia capacidad erótica en su relato “Música”. Ahí el eros rebasa los limes de la propia corporalidad y todo objeto de deseo para devenir cifra y símbolo unitivo. En el eros lo humano queda abierto y se une a la totalidad de la vida, a su naturaleza sinfónica. Eros y atención pura, actividad y receptividad, se tornan uno y lo mismo. “La música se deja oir. No cesa nunca” nos dirá Mishima.


En la obra que nos ocupa este escritor japonés, a través de la metáfora musical, nos indica ese reino de eros, el de los frutos maduros del Amor, en tanto aspiración final y motor de la vida humana. Un Amor que abre y sirve de puente de comunicación con la vida. En sus propias palabras incluso capaz de amparar el acceso a “una perfecta unión con el mundo exterior”. Sin fisuras, sin sombras, sin miedos, sin bloqueos... En ese estado no puede haber dualidad ni contrarios. Estos deben quedar integrados y rebasados. A propósito de Reiko, el personaje central de “Música” Mishima nos dirá: “en aquel momento debía encontrarse en un estado de bienaventuranza. La mentira, la verdad, las pequeñas preocupaciones… lo había superado todo. Atravesaba un territorio celestial con luminosas nubes y se encontraba ciertamente escuchando la música”. Así será este éxtasis amoroso capaz de aunar los polos opuestos de la vida. No en vano Mishima se referirá a Santa Teresa… ”Todos los hombres, en cualquier situación en que se hallen, reconocen rápidamente la luz interior desencadenada por el amor en el cielo nocturno de su alma”. A lo dicho responderá la metáfora musical propuesta, a la intuición directa de la armonía de la vida más allá de todo sinsabor, de toda escisión y de toda confrontación. Está metáfora, desde Pitágoras, será utilizada con recurrencia en tanto metáfora unitiva o no dual. Huxley glosará la capacidad de acceso del alma humana a tales estados y, por eso mismo, el carácter iniciático de la química fantástica. Para Huxley no se trataría simplemente de experimentar. Esta iniciación nos indicaría un camino progresivo hacia ese estado olímpico en el que la música ya “no cesa nunca”. A tal llegará el cuerpo y tal será el tremendo valor de la farmacia iniciática: Tornar conscientes ciertos estados de los que es capaz el alma humana.


En “Música” Mishima aborda una reflexión y un viaje a través del Amor. Desde eros la vida se abre al amante y ésta suena como la música, variada en sus notas pero ordenada; saturada de contrarios y contrapuntos pero naturalmente armónica. En el Amor la vida revela su envés de integración y belleza. Incluso el amor más anatemizado es capaz de servir de puente a ese estado de apertura en el que la vida aúna sus escisiones y nos ofrece un perfil no-dual de armonía y belleza. “La música se deja oir. No cesa nunca”… Así termina precisamente el relato del que nos ocupamos en esta entrada. Un recorrido detectivesco por las alcobas del deseo humano, del amor incestuoso, de las inhibiciones de la propia erótica. El libro tiene una importante deuda con el psicoanálisis pero se plantea como una crítica post-psicoanalítica del mismo. Eros desborda completamente los reduccionismos freudianos así como el proceso analítico su formulación desde la psicología clínica. La aparente patología y lo sagrado, en esa música de la que nos habla Mishima, se encuentran. Ambos contrarios revelan su enlace, su plano de integración. Los recorridos de eros son infinitamente más complejos que el de una simple perspectiva psicopatológica. Por eso Mishima se decanta por un análisis de corte existencial en el que el Amor sea ese quicio que abre a la vida revelada como música. El escritor japonés nos da una referencia concreta, la del deseinanalyse –análisis existencial- de Binswanger. De acuerdo al mismo el análisis encuentra su horizonte y complemento en la ontología de Martin Heidegger, o lo que es lo mismo en la referencia al acontecer -a lo que va siendo- y a su experiencia. Desde tal perspectiva se considera análogamente la normalidad psíquica y las patologías en su común anhelo de alcanzar el Amor en su totalidad. Es más, todas las patologías estarán referidas a ese anhelo en tanto obstáculos y resistencias a la propia irrupción de eros. El Amor será así el dinamizador y el destino de la vida psíquica. Un amor que abre al Ser y a la vida, progresivamente y a diversos niveles. De ahí que no deba causarnos sorpresa alguna la existencia de un poder misterioso que emergiendo regule la vida del alma humana: la de la irrupción de esas potencias de Amor. El mero análisis de la psique quedará pues completado por las renovadas síntesis personales que emerjan del encuentro erótico.


El destino del hombre en el Amor será precisamente el de la realización de sus capacidades unitivas con la propia vida. Desde las mismas sólo queda ser uno con la vida y atender extasiado a su sinfonía. El éxtasis cuando a uno le roza sobrecoge. Su memoria acompaña de por vida. No deja indiferente el Misterio de Belleza que viene a revelarse. Basta un mero roce de esa música para reordenar toda la existencia. De ahí que el amor, ese amor que abre a la vida, sea el motor oculto del psiquismo humano, su más poderosa arma, su fuerza motriz. Adentrarse en los misterios del Amor conduce siempre más allá de sí. El tránsito de sus senderos cambia y transforma. Los roces del éxtasis no son raros al encuentro con los fármacos visionarios. Ahí la vida se revela ofreciendo de su mano un irrefrenable caudal de plenitud y salud. La propia erótica encuentra su modo de plenitud en la recepción pura de la vida. La visión abandona los terrenos del imaginario y se ciñe a la música de lo más estrictamente real. “Sentía la música por todas partes, llenado cielo y tierra, sonaba envolviéndome, atravesaba mi cuerpo”… La cuestión del cuerpo, central en todo proceso espiritual… No es baladí la alusión al cuerpo que convoca Mishima. Tampoco lo es la alusión al orgasmo y al encuentro entre cuerpos como metáfora de ese éxtasis musical. En el encuentro con los fármacos visionarios es el propio cuerpo quien nos cambia. Bien de la mano de esa percepción espiritual olímpica, majestuosamente musical, capaz de aunarlo todo. Bien a través de esas sombras que en su reverso esconden el Misterio de su pertenencia a esa vida indestructible y Una que cantaran los fieles del dios Dionisos. El espíritu se brinda así en la carne. La del amor es la buena nueva; la condición de su refinamiento la capacidad de atención, la pura apertura, el silencio en esa música a la que por fin se accede, el vacío devenido tras la integración de los fantasmas del inconsciente. Reiko no es capaz de escuchar la música pero todo su periplo analítico la conducirá finalmente a sentirla. “El sólo hecho de pensar en la música la hacía desaparecer. El concepto de la música anulaba en ella la música misma”. Mishima sabe que la música de la vida se brinda en el silencio más allá de toda actividad mental. Ese mismo silencio interior que nos exige el éxtasis. Ahí el cuerpo se abre a la vida y éste queda desbordado en la liberación de sus propias potencias perceptivas. El cuerpo rompe sus límites y su carne es la del propio mundo. Erótica y contemplación devienen Uno y lo mismo. No hay ni interior, ni exterior... Como bien nos recordara Baruch Spinoza: “Si supiéramos lo que puede un cuerpo…”. Mientras tanto nos arrastramos.


Como coda final. Toda nueva síntesis personal, es decir, toda auténtica catarsis si algo exige son tomas de conciencia, introspección y análisis a través de instrumentos a la altura. Los mismos deberán saber atender a ese análisis de la psique y al por qué de sus fantasmas pero en un contexto antropológico más amplio que atienda al propio sentido de la existencia humana. Mishima acierta en reivindicar un análisis de corte existencial capaz de dialogar y de dar cauce a la palabra. Esa misma que dimana del encuentro con los enteógenos. Pocas cosas son tan importantes en la cita con los fármacos visionarios como un análisis a la altura de psique y existencia. El alma al encuentro de su propio y singular relato... Un análisis de corte existencial lo suficientemente flexible como para urbanizar la experiencia enteogena a la medida de cada cual. Desde mi punto de vista algo insustituble en nuestro propio contexto cultural si de lo que se trata es de dar forma y palabra al encuentro con los fármacos visionarios. 

4 comentarios:

Alvar dijo...

Música es un libro que me dejó, sobre todo, preguntas y puntos de vista. Aunque en algunos momentos me dio la sensación de que la historia se forzaba un poco (quizá debido a mi ignorancia de la época y no al talento del autor), es cierto que se sacan reflexiones como ésas (y otras). Además, Música es bastante más fácil de leer que otros libros de Mishima.

jcaguirre dijo...

Hola Alvar. Se habla menos de Música que del resto de su obra. Quziá sea por la influencia del psicoanálisis. Y si, deja todo tipo de preguntas a propósito de la forma final de esa crítica postpsiconalítica al propio psicoanálisis, o también en relación al tema del amor y lo sagrado. Quizá sea ese su mérito dejar tantos trazos abiertos. Es un libro de insinuaciones y tanteos, una investigación en curso. Creo.

Mr. Zanjas dijo...

Joer, y yo sin tener noticias de este relato... Tendré que hacerme con él.

Sería interesante explorar la relación entre el éxtasis y el esfuerzo físico intenso que nos lleva a caer exhaustos; entre el éxtasis y el miedo a caer al abismo, el miedo a morir congelado, segregador de cantidades ingentes de adrenalina, algo que he podido experimentar recientemente en los Alpes. Es algo que llega a sacarte de ti, algo que, incluso, no sabes si deseas repetir.

jcaguirre dijo...

Un placer tenerlo por aquí Sr. Zanjas. Un día un amigo me contó un sueño en el que caía a toda velocidad por un precipicio para finalmente ir frenándose y quedar suspendido en un espacio acuoso en el que tenía ua intensa experiencia de éxtasis... Y si salir de uno mismo siempre es un tema complejo, un área incierta y necesariamente acuosa.