sábado, 20 de agosto de 2011

Anestesias, maquinarias humanas, sobresaltos...

Me he permitido introducir en el blog alguna experiencia con anestesias, aplicadas en contexto médico, entreverándolas con secuencias oníricas o reales relaciondas con tales experiencias. No son experiencias de ebriedad pero si de extrema modificación de conciencia de la mano de un uso irresponsable y poco cuidadoso de ciertos fármacos. El contexto de estas experiencias será la masificada práctica médica que padecemos hoy en día. Su telón de fondo el de una sociedad en la que todos somos piezas de un colosal engranaje que no conoce de cuerpos vivos ni de personas concretas.



(I)

Anestesias, quirófanos, batas blancas y tejidos humanos listos para ser intervenidos. Hombres que devienen cosa, objetos serviles de manipulación e intervención, masas mudas de carne y huesos cuyos tejidos se destrenzan en el movimiento del bisturí y demás instrumentos de metal. Me quedo con la experiencia tal y como puede ser, rentabilidades y criterios de eficiencia aparte. Finalmente las gasas, esas gasas que se empapan de sangre y cortan su llanto. El llanto de la sangre, entre soledades y desasosiego.


El cuerpo reacciona con temblor y frío. Reconoce su Invierno y su infierno. Tras la intervención helados y dulces fríos para ahogar la herida abierta. Así se juega a compensar a los niños. Estamos, aclaro, ante una operación quirúrgica para la infancia, una operación en serie. Se imparte a los niños a destajo o, al menos, así se hacía. Amígdalas extirpadas en serie. Cuerpos y memorias violentadas… Toda una metáfora; de la educación, de la vida reducida a meros engranajes que se mueven y combinan… Golpes secos y charcos de sangre. Hay quien sobrevive a los vientos fríos a pesar de su mirada ausente. La frialdad atraviesa la máquina de ejecución, aquilata sus engranajes. La máquina. Engranajes que se mueven implacablemente. Previsiones sin matices. Más allá los cuerpos menudos y ese cuidado que merecen y no tienen. Nadie escucha a esa débil masa carnosa que ante los instrumentos de metal se abre en rojo de sangre. Nadie la escucha pues nada tiene que aportar. La máquina médica actuando e ignorando toda cualidad imaginable. El alma no existe, nos dicen.


En todo ese revolver se pueden despertar viejas memorias de ira, una ira de espacios abiertos, espontánea, franca y finalmente sana… Esa ira, la del hombre libre que protege a los suyos y devuelve agresión por agresión, se desenvuelve en grandes espacios cubiertos por la inmensidad azul. Los árboles, inmensos diría yo, y el frondoso bosque sirven de alfombra y regazo a esa gloriosa libertad elemental. Lo mismo cabe decir de las montañas. El gran azul lo domina todo. Todo lo acoge. En la mesa de operaciones el cuerpo agradecería ser tratado como cuerpo, como cuerpo vivo –persona- y no como cosa u objeto. El maltrato convoca fuerzas elementales de profundo calado. Su emerger viejo siempre nos moverá la silla. Tardaremos en reconocerlas y, finalmente, en sentirlas como propias. La ira tremenda de ese hombre elemental. La ira que surge de la matriz de la vida.


A los niños, tras serles desnudado el torso, se les cubre con un manto blanco. Así esperan apelotonados en una sala de paredes también blancas. Uno a uno son llamados o mejor cogidos, agarrados. Se los van llevando poco a poco. Yo me veo como en un teatro, como en un escenario. Yo dejo de ser yo y me veo asumido como personaje. Los niños nos arrimamos a la pared y nos observamos unos a otros. Cada vez somos menos en la sala. Poco a poco unas manos nos van arrancando hacia quien sabe donde. Siento el poco respeto por la vida y unos siniestros engranajes que actúan. Su rostro es siniestramente cómico aunque acaso la comedia brote de la propia pulsión de supervivencia. Finalmente me llevan. Me llevan a una sala glacial y metálica. Me arrancan la garganta y de mi boca mana la sangre. Entre medias ese quirófano y la anestesia. No hay llanto, no hay dolor. Estoy más allá, instalado en la desposesión y la perplejidad. Mi soledad ante la máquina, mi carne blanda ante el engranaje. Finalmente llegan las gasas y unas toallas siniestramente blancas. Ríos de sangre roja las empapan de vida. Nos prometen unos helados fríos. Una poderosa memoria ancestral queda despierta. Todo lo cubre el gran azul y la blanca luz, esa luz misteriosa que acoge todo color.


(II)

La niña agarrada a una muñeca desgarrada y calva, fea, mutilada y rota. ¿Nadie salva a la niña?. Pobre niña, se agarra a ese monstruo otorgado que ella nunca pidió. La enfermera exige que se lo quiten. La mama dice -no, pobrecita-, el papa calla. Finalmente nos quedamos solos la niña y yo. Vuelvo a estar con niños en un quirófano esperando la intervención aunque yo ya no soy niño. La niña me mira. Yo la miro a ella. En su mirada incierta se advierte claramente su apego por esa muñeca cojitranca y deforme. Su miedo ante la intentona de arrebatársela. También sus ganas de vomitarla. Alguna mano amiga intenta, de nuevo, separarla del monstruo. La niña llora y repatea. Ahí la dejan, a su suerte. Con la muñeca entre sus brazos. Hay quien me llama aunque no por mi nombre. Vuelvo a ser una cosa en manos de una máquina. Me introducen en un quirófano sobre una mesa con ruedas. Los engranajes comienzan a actuar. Inyección. Sueño profundo. Pérdida de conciencia. Son los prolegómenos del tobogán. Un tobogán de pronunciada pendiente. Por el caigo y finalmente despierto. Despierto en negro. No hay nada salvo mi golpe de conciencia. No hay visión. Mis músculos no se mueven. Mis ojos están cerrados. Hay oído. Oído y dolor. El dolor causado por quien manipula el cuerpo limpiando la herida abierta. La intervención quirúrgica está en su última fase. Por pura desatención cuerpo y conciencia ya están despertándose. Mi Invierno arranca, entre tinieblas, con el cuerpo agarrado por la inmovilidad. Sólo hay dolor. El dolor extremo que el cuerpo pasivamente recibe. Mi invierno, mi infierno. Con todo es un dolor ajeno. Leva el sello del anestesista que se fue sin atender ni cuidar a un cuerpo vivo. El anestesista. Ese cretino que cómodamente supuso que todos los cuerpos eran iguales. Máquina, sistema, procesos, grandes números, cantidades… Los engranajes de la máquina chocan contra mi conciencia y percuten mi cuerpo, derraman su sangre. No es la primera vez y en mi fundido en negro sólo queda la inmovilidad y el dolor. También la escucha de la conversación que se traen los médicos. Sin comentarios. Me introducen por la boca una especie de tubo que aspira. Me llenan de gasas la nariz. Las gasas, esas prendas blancas que se tiñen de vida. Entre gasas y dolores esa memoria ancestral pugna por emerger. Una ira poderosa y libre. La ira del hombre elemental en este caso sin cauce alguno de expresión. Casi ni la reconozco pero ahí está llamando a la puerta para sencillamente ser vista, ser reconocida. Estoy completamente agarrotado y mi conciencia se derrama toda ella en un querer moverse. El cuerpo tiembla y alguien finalmente advierte que me muevo. ¡Qué curiosidad!. Al fin y al cabo no se ha muerto. Y si hubiera muerto nadie hubiera sabido por qué. Me echan varias mantas encima según salgo del quirófano. Ahora es el frío y el temblor quien reina. Yo me quedo con el saldo de haber atravesado un infierno de incomunicación, inmovilidad y dolor. La anestesia y su efecto siguen disipándose. Nadie ha sido capaz de atender y ver el alma y su dolor. Incluso, tiempo después, cuando trasmita al médico lo sucedido me mirará con cara inexpresiva. La máquina calla. Veo al salir a la niña de la muñeca. Ahora le toca su turno. El horror emerge en su cara. Por lo que a mí respecta quedará por reconocer a ese hombre ancestral. Finalmente se producirá el encuentro y también la amable despedida.

4 comentarios:

rab//. dijo...

...Desasosegante...
(no sabía dónde poner los puntos y comas, así que los he puesto antes y después). Un saludo

jcaguirre dijo...

Las praxis de la congelación.
Un abrazo Rox.

Transwarp dijo...

Padeci una operacion de almidgadas en las infancia, todavia la sueño, que lejos estamos de comprender la conciencia...

jcaguirre dijo...

En mi época las hacían en serie y era pavoroso