miércoles, 12 de octubre de 2011

Juan Ramón Jiménez

Recuerdo a Dacio Mingrone comentando las visiones de la ayahuasca: "La verdadera visión de la ayahuasca es cuando contemplas la verdadera realidad de todo, cuando consigues ver las mismas cosas pero con otros ojos". Esta afirmación nos llevaría muy lejos, en concreto a ese puerto olímpico de una visión penetrante que desvela la intensidad de la vida. Quisiera que lo aportado por Mingrone, en una de sus orillas, fuera el contexto de esta heterodoxa entrada. Digo heterodoxa ya que como se hace evidente Juan Ramón Jiménez, desde mi punto de vista el más grande poeta en lengua castellana junto a Quevedo, no tomó ni ayahuasca ni enteógeno alguno. Tanto da, a poco que advirtamos que si algo hacen los fármacos visionarios es dinamizar y hacer aflorar procesos y posibilidades perceptivas acaso inconscientes hasta entonces. Por eso, no será raro sino más bien lo evidente que, al encuentro con el enteógeno, nos resuenen muchas de las palabras ya indicadas por todos esos aventureros y caminantes que se adentraron en modos de vida y experiencia que no se contentaban con los propios de la conciencia ordinaria y sus convenciones.



Desde tal atalaya convoco a este poeta de excepción, a este cantor del castellano en el que la palabra desgranó una pureza que alcanzó cotas de eternidad y universalidad difícilmente igualables. En concreto, recojo tres poemas en prosa de su libro “Platero y yo”. Mi criterio de selección es la de la emergencia de esa visión olímpica en la que la realidad, tal cual, queda abierta en intensidad y belleza. Tales experiencias son capaces, por sí solas, de orientar toda una vida. Pocas cosas como la destreza en su cultivo alcanzan esa Gran Salud que nos devuelve intensidad y belleza. Un auténtico cuerno de la abundancia que los fármacos visionarios pueden indicarnos como pasaje a tener muy en cuenta para nuestra vida más cotidiana. La vida queda abierta a la belleza y ésta irrumpe con su potencial de salud, con su poder, con ese poder revelado y sobrecogedor que nos recoge en la vida como parte de ella misma… Cantándola, contemplándola… Ahí, la visión rememora sus bríos y se reconoce a sí misma… Realidad y hombre llegan así a una cópula difícilmente imaginable, a un éxtasis discreto que dibuja toda una senda de vida. Ser capaz de aunar lo cotidiano y ese estado olímpico… La realidad, tal cual, a su encuentro con el hombre, en él y desde él. En su cuerpo y en su espíritu. La visión del hombre, las potencias de vida que ésta alcanza, el sello indeleble y glorioso con el alma queda grabada. el propio reconocimiento en la Unidad... Con seguridad habrá quien, habiendo tomado algún fármaco visionario, se encuentre, se reconozca y se asiente en las palabras del poeta.

 

 
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LA FUENTE VIEJA



Blanca siempre sobre el pinar siempre verde; rosa o azul, siendo blanca, en la aurora; de oro o malva en la tarde, siendo blanca; verde o celeste, siendo blanca, en la noche; la fuente vieja, Platero, donde tantas veces me has visto parado tanto tiempo, encierra en sí, como una clave o una tumba, toda la elegía del mundo, es decir, el sentimiento de la vida verdadera.

En ella he visto el Partenón, las Pirámides, las catedrales todas. Cada vez que una fuente, un mausoleo, un pórtico me desvelaron con la insistente permanencia de su belleza, alternaba en mi duermevela su imagen con la imagen de la Fuente vieja.

De ella fui a todo. De todo torné a ella. De tal manera está en su sitio, tal armoniosa sencillez la eterniza, el color y la luz son suyos tan por eterno, que casi se podría coger de ella en la mano, como su agua, el caudal completo de la vida. La pintó Böcklin sobre Grecia; Fray Luis la tradujo; Beethoven la inundó de alegre
llanto; Miguel ángel se la dio a Rodin.

Es la cuna y es la boda; es la canción y es el soneto; es la realidad y es la alegría; es la muerte.

Muerta está ahí, Platero, esta noche, como una carne de mármol entre el oscuro y blando verdor rumoroso; muerta, manando de mi alma el agua de mi eternidad.




¡ANGELUS!


Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas blancas, sin color...Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué haré yo con tantas rosas?

¿Sabes tú, quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje, y lo deja dulcemente rosado, blanco y celeste -más rosas, más rosas-, como un cuadro de Fray Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?

De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más rosas...

Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Más rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.




EL POZO


¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una piedra a su quietud, se enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.
(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo, adornada de volubles estrellas. ¡Silencio! Por los caminos se ha ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo. Se ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo. ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!)

—Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale, asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.

1 comentario:

RAB dijo...

Un detractor de la ayahuasca:

http://pijamasurf.com/2011/10/la-promesa-de-la-serpiente-o-la-perturbadora-verdad-de-los-psicodelicos-iii/comment-page-3/#comment-69851

a ver si todavia éste va a tener razón y ni falta que hacen las plantitas...

y a JR Jimenez nunca lo entenderé, querido amigo. Temo que María Elene Walsh, que fue una especie de hija adoptiva para el poeta, tampoco podía. Su pureza me enerva, nunca he comprendido por qué. Es mi asignatura pendiente.

:+

pd. esta es la nueva direccion de mi blog.