martes, 15 de noviembre de 2011

Esa Javea mágica

A M. A. V. y a Angelika. Con cariño, recordando esa Javea mágica de los noventa.



(1)El vientre de la diosa

Todo empezó con ese humor absurdo de las situaciones imprevistas. La tarde había ya acabado y alguien ajeno irrumpió en esos primeros compases por no se qué de un teléfono. Se generaron cierta confusión y también ríos de humor. La dama que nos comandaba puso las cosas en su sitio y así, entre amigos y amparados por la dama, iniciamos la escalada. La cima nos recogió con un brío desatado y ahí me vi, completamente fuera de sí, en el vientre de la diosa. Siendo agua; chorreante, inocente. Borboteando y fluyendo en torrente, en maravillosas cascadas que venían a reposar en conchas de oro. No había nada más sino ese vientre divino y aúreo; y todo no era sino agua que, jubilosa, borboteaba dentro de ese vientre, de concha a concha, siendo cascada, entre tinieblas y bajo una quietud sólo rasgada por la presencia del oro y los sonidos acuáticos. Las conchas recogían las aguas jalonando las estaciones de un movimiento cíclico y jubiloso. Conchas de oro, exactamente iguales a esas que se atribuyen a Venus y en la cuales la diosa se revela y mide la vida. Expansión y contracción. El cosmos entero alojado en su vientre. El agua fluía y era ajena a toda impureza. La inocencia y la frescura del agua nos acogía en el vientre de la diosa. Todo no era sino su danza sagrada…


(2)La llamada del mar

La trepidante escalada encontró finalmente su más estable meseta. Decidí levantarme y divisar el Mont Gó. Esa montaña mágica que en la tierra de Javea dibuja un maravilloso elefante que mira y admira la inmensidad marina. El elefante estaba completamente hierático, como eternamente cautivado por la mar. Miré la mar y viendo escuché su llamada verde, azul y rosada. La sinfonía de la vida, toda ella, parecía tomar forma y medida en su mirada a la inmensidad marina. El mar todo lo acogía, y en su misterio la vida parecía encontrar allí su puerto y su sentido. El gran elefante del Mont Gó, pétreo y cautivado, miraba toda esa inmensidad siendo su testigo y apuntando la senda. La danza de la vida todo lo acompasaba a ese océano de misterio. Su llamada era ubicua y la vida entera una red de algas mecida por la mar. La tierra era tierra marina y los hombres compases de una gran danza de vida.

(3)El fuego y el metal oxidado

Tras tanta maravilla, libre y suelto de mi, el propio psiquismo fue llamando a la puerta. Me senté en una gran terraza y sentí el peso de lo humano. Sentado, mi cuerpo se asemejaba a una armadura oxidada que albergaba un furioso fuego interior. El fuego oculto oxidaba la armadura exigiendo vía libre, algún resquicio para la expresión, algún cauce libre de ataduras. El eros como fuego y calor que riega la vida removiendo aguas y torrenteras… La armadura, esa identidad cerrada y arrinconada en el miedo. La armadura, esa esfera donde la vida encastillada colapsa, sublimando miedos en una suerte de quimera defensiva. Pareciera que ciertas defensas encontraran su aquel en la apuesta por una contracción polar... 

Una contracción polar.... Eros encuentra así su reverso en la pulsión de muerte. Hay miedos que se enquistan como identidades, como cierres a la vida que devienen armaduras oxidadas. Tanathos, la pulsión de muerte, ese secreto no querer vivir, esa oculta pulsión que apuesta por el finiquito del desafío que supone la vida. Contracción.

Tanathos llamaba a mi puerta con descaro y mostraba un rostro de hierro, rigidez y óxido. Sentado en esa terraza sentía sus raspaduras en mi alma. Extinción, fuego oculto, pulsión de muerte. Mi cuerpo y mi alma eran puro óxido recalentado, un fuego de vida hurtado a mi devenir y a mi figura. Thanatos, ese vibrar que negando los patrones heredados se regocija en la negación. Thanatos, el rechazo de las cartas que nos repartió la vida, la negación de todo juego. Thanatos, identidad que quebrando se quiebra a si misma. Pulsión de muerte…

(4) Thanatos

Tanathos vino así a desatarse y atisbé la materia del llanto y la debilidad. También rocé con mi mano oculta ese goce secreto de la pulsión de muerte, rebelde y narcisista. Palpé mi dolor y mi miedo sin retirar mi mano de su ciclón. La sombra me ofrecía sus muy diversos perfiles. No había nada más que miedo a vivir y materia de vida elemental a la espera de forma. Lo brutal de lo elemental exigiendo su sentido en el calor de la vida, su eros propio, la medida de su amor… Lo elemental, la horda de los hecatonquiros. El lote que a cada cual corresponde según la medida de la tribu de simios que lo socializa. De ahí thanatos, ese narcisista rechazo de las cartas repartidas, pulsión de muerte negadora que negando ajusta las cuentas a la tribu.

Diversas grietas nos hilan saturadas de sombra, de noche oscura, de colapsos, de formas fallidas, de llantos. Esas grietas, como parte del lote que las parcas asignan, sólo esperan nuestro propio eros desatado, libre de armaduras, más allá.  Finalmente esos terribles hecatonquiros que imaginaran los griegos podrían mostrarnos un rostro dulce, el del ingreso en la danza, el secreto mandato de las parcas hilanderas. Las parcas hilanderas y su secreto mandato, el corazón de la vida que se afirma de acuerdo a su propia ley. No olvidemos. Ellas saben hilar y tejer en el frío. Incluso en el frío polar.

Había amanecido hacía ya tiempo y viendo la intensidad del nuevo día se me llenaban los ojos de unas lágrimas alegres que desgranaban mi sombra y la dureza devenida. Entre pinos y naranjos caminaba rodeado de luz y mi sombra desgranada se me asemejaba a una granada abierta, roja y palpitante, saturada de semillas. Todo el dolor del alma cabe en el abrazo de eros, en la vida rotunda que toda herida acoge.

 


2 comentarios:

tula dijo...

Acabo de leer "one river " de W.Daves...simplemente puedo decir que me parece exquisito y sensible.

Sigue escribiendo, lo haces muy bien.

un abrazo

jcaguirre dijo...

Otro abrazo y si, seguiré escribiendo. ¡que remedio!
Y del libro de Daves pues comparto completamente lo que dices.