sábado, 10 de diciembre de 2011

Las regiones de lo imaginal: La relevancia cognoscitiva de la imaginación en la sabiduría sufí. Un esbozo a propósito de la lectura de Henry Corbin

Quisiera atender en esta entrada a uno de los contextos sapienciales más importantes dedicados a la cartografía de la experiencia visionaria. Me refiero a la gnosis sufí en nombres tan relevantes como el hispano Ibn Arabi o el persa Sohravardi. A su través quedará convocado el importante tema de la relevancia cognoscitiva de la imaginación. ¿Cabe que la imaginación coopere en el conocimiento y desvelamiento de nuestra propia naturaleza y plenitud al encuentro de la Vida?. Convocar la imaginación supone aludir a cómo vemos el mundo, esto es, a cómo nos lo imaginamos. Nos movemos pues en el ámbito de las imágenes, de las tramas simbólicas y de los significados aportados por esas diversas maneras de ver el mundo. Las habrá enfermizas y rebosantes de escisiones y tensiones y también las habrá rebosantes de plenitud y salud para quien las vive. Estas últimas elevaran el perfil de la vida en la integración, la armonía y la plenitud. A toda esta actividad responderán las facultades imaginativas del alma y, en general, la imaginación creadora. Estas posibilidades perceptivas, con toda la diversidad de tonalidades intermedias posibles, dependerán del estado de la propia alma. Los estados internos del alma quedarán así en correspondencia con los diversos estados del ser, es decir, con los diversos mundos posibles enhebrados en la mirada del hombre. 


La relación de lo dicho con la química phantastica será evidente. A cualquier aficionado le queda bien claro cómo la manera de imaginar o concebir la experiencia a través de nuestras cosmovisiones privadas media y condiciona completamente el perfil de la misma. Y todo esto no dependerá sino de nuestra capacidad de ver. Ver a través de todo un universo de afectos y fobias que entretejen una determinada imagen previa del mundo con el que nos encontramos. Todo esto tendrá que ver con la imaginación, es decir, con nuestra capacidad de ver desde determinadas figuras o imágenes que totalizan y dotan de significación la propia experiencia. La cuestión abierta será pues la siguiente: Estas imágenes en las cuales percibimos y que tanto tienen que ver con pasiones y sentimientos, ¿nos alejan o nos acercan más a nuestra propia plenitud?. ¿Se puede conocer y discernir desde la imaginación, desde sus símbolos e imágenes?. Tales serán las cuestiones abiertas atendiendo a la relevancia cognoscitiva de la imaginación.


Valga todo lo dicho como aclaración previa. La propia complejidad del tema me obliga. Por cierto, complejidad que vendrá dada por la errada noción de imaginación que tiene nuestra civilización moderna en su esferas dominantes. Para la misma el imaginario no tendrá ninguna relevancia cognoscitiva. La imaginación será poco más que el reino de la arbitrariedad y el desvarío. De ahí la oportunidad del neologismo de lo imaginal en sustitución de lo imaginario como estrategia para evitar ciertas proyecciones. En este sentido es importante apreciar, en tanto expresión del dogmatismo y la talibanía de cierta modernidad, cómo, ni siquiera, la literatura y su enorme aportación al espíritu humano hayan sido capaces de facilitar un modo lo suficientemente fértil de comprender la imaginación. Tras lo dicho adentrémonos por las sendas del sufismo y por su manera de concebir la experiencia visionaria.


En relación a este universo sapiencial acaso sea Henry Corbin quien más pasión y tiempo ha dedicado a divulgar toda esa sabiduría a través de una relevante obra, por cierto, no exenta de cierta polémica. Con seguridad sus libros “El hombre y su angel”, “La imaginación creadora en el sufismo de Ibn Arabi”, “Cuerpo espiritual y tierra celeste”, “Avicena y el relato visionario” o “El hombre de luz en el sufismo iranio” son mojones de primera categoría para adentrarnos en todo ese universo de sabiduría cuyo centro es la experiencia visionaria. ¿Quién puede restarle mérito a Corbin?. Creo que nadie, a pesar del aroma dualista con el que tiende a escindir y separar el mundo sensible del llamado por él mismo y con gran acierto mundus imaginalis. Con todo, en su propio discurso la perspectiva unitaria vendrá finalmente a afirmarse a través precisamente de la glosa de todos esos saberes.


Una primera y apresurada cala. ¿Qué será eso del mundus imaginalis?. La potencia simbólica del mundo manifestando sus muy diversas posibilidades o niveles ontológicos –estados del ser-. De cara al hombre un determinado despertar y la capacidad de percibir el mundo iluminado en sus muy diversos significados y posibilidades ontológicas. A tal responderá este despertar cincelado a partir de la capacidad de autotranscendencia e integración de la propia alma. Por tanto, la percepción del mundus imaginalis dependerá del alcance por parte del hombre de esos estados internos del alma que activan las facultades imaginativas en sus posibilidades de discernimiento.


El hecho de que el acceso a ese mundus imaginalis quede vinculado a la percepción supondrá que nos refiramos a una cualificación de los sentidos que si bien transciende lo puramente sensorial no por eso deja de acontecer en la percepción del mundo ordinario. En el mundus imaginalis el mundo queda abierto a un modo de percepción que ve más allá de lo sensible sin por ello separarse de ese mundo sensible. A tal visión responderá lo imaginal. Por eso, en el mundus imaginalis todo lo existente tiene su correlato homólogo nos dirá Corbin. Esto no es un arcano. Me refiero a una toma de conciencia vivida de que el universo es un mundo rebosante de significado, de nexos simbólicos y de posibilidades de sentido; lo que paradójicamente nos situará en un determinada densidad visionaria y simbólica que al abrazar el mundo sensible dotará a la cotidianidad de un sentido y de una significación completamente nuevas. En tal estado del alma y, por decirlo en palabras de Artaud, la vida se abre como si de un tejido se tratara. Con todo, lo propio de tal estado será esa liberación de las posibilidades de significado y tramas simbólicas. De ahí que las experiencias oníricas y visionarias sean mundus imaginalis, ya que si a algo responden es a sus muy diversos significados y a sus polisémicas tramas simbólicas. Precisemos que estamos ante una potencia del alma, en principio velada a la mayoría de los mortales, pero que desvela todo un mundo oculto de significados. Hasta el punto que bien podríamos hablar de un conocimiento simbólico o de una imaginatio vera. En tal estado la hermeneútica irá de la mano de la comprensión.


Todo lo dicho no pillara desprevenido al aficionado a la química phantastica ya que si algo caracteriza el encuentro con las sustancias visionarias es la inflación, a veces enfermiza e inquietante, de significados. Por cierto, tampoco pillará desprevenido al que sepa sobre esquizofrenia. Estamos ante una estado del alma no ordinario y, de hecho, las manzanas se caen por diversos sitios. Se ha hablado mucho de los paralelismos, sin contexto de paralelo alguno, entre locura, modificación de conciencia e iluminación. Este interesante tema bien mercería una entrada específica.


Mundus imaginalis. A partir de lo dicho hasta ahora queda claro que esta expresión no se refiere a un mundo concreto. De hecho que Sohravardi denomine a ese mundus imaginalis, Na-koja-Abad -literalmente significa la ciudad del no donde- resulta revelador. En, realidad, con tal denominación, se quiere aludir a un estado del ser -orden ontológico- percibido por el alma que incluye, arropa y dota de sentido al mundo sensible y ordinario. Al tiempo, este estado del ser, que corresponderá con un estado del alma, abrirá a órdenes superiores. En concreto a esos misterios a los que alude la teología negativa. Me refiero a la intimidad con el Gran Misterio, con ese Vacío o Nada fértil y creadora completamente transcendente respecto de cualquiera de sus manifestaciones.


Acceder al orden ontológico del mundus imaginalis exige de una profunda transformación interior que sanee las facultades imaginativas del alma en la senda aportada por el intelecto. Lo que exige la completa activación de las facultades cognoscitivas de la imaginación con todo el proceso de catarsis –movimiendo del alma- y anagnorisis -toma de conciencia- que eso supone. Fuera de lo dicho las experiencias visionarias vendrán a tener una impronta puramente psíquica; lo que pondrá de manifiesto sus peligros si ésta fuera acaso dinamizada por una sustancia visionaria y al margen de la forma y los contextos adecuados. Creo importante precisar que, en este caso, la experiencia visionaria es comprendida y apuntalada en un contexto sapiencial concreto, el propio del sufismo, de la mano de todo su universo de prácticas y lenguajes. De tales prácticas y de tales lenguajes dependerá ese proceso de transformación interior necesario para navegar por el mundus imaginalis. Un ejemplo de lo dicho será el relato visionario del ángel purpurado de Sohravardi. Ahí la imaginación nos servirá un relato simbólico de la propia vida del alma que desvelará la profunda transformación del viajero desde la esclavitud a la liberación e iluminación. Como ya he indicado de tal transformación dependerá la comprensión y la navegación por ese mundus imaginalis.


Volvamos con esa oportuna denominación de mundus imaginalis. La denominación con la que Corbin traduce esa región o ciudad del no-donde es afortunada ya que queda vinculada a esas potencias cognoscitivas de la imaginación a condición de no considerar ese mundus imaginalis como un mundo escindido y separado del mundo sensible y de la experiencia ordinaria. Hablamos de símbolos, de relatos visionarios y de la potencia simbólica desatada de un mundo ordinario que así deja de ser tal. Tanto será así que el nombre árabe de ese mundus imaginalis será alam al-mithal o mundo del símbolo o de la imagen. Imágenes y símbolos indicarán la trama psicoespiritual de la vida. Este desvelamiento acontecerá en el interior del alma del hombre. Tal interiorización nos devolverá pues paradójicamente al exterior y al encuentro con la vida.


Este mundus imaginalis será cartografiado e imaginado a través de la delimitación de diversas áreas o esferas visionarias. La geografía resultante será la que nos desvele la trama psicoespiritual del alma en su capacidad visionaria ya que será esta capacidad visionaria la que servirá el acceso a las diversas esferas o regiones del mundus imaginalis. Entre las mismas encontramos la región o ciudad de Jabalqa en la que acontecen los arquetipos de plenitud de los seres singulares como devenir y polo atractor de esos mismos seres, la de Jabarsa en la que acontecen las formas psicoespirituales de nuestros pensamientos, deseos y actos tal cual fueron en la vida. La textura psicoespiritual de esta región supondrá el desvelamiento del sentido y trama de esos pensamientos, deseos y actos, la textura de su propia problematicidad, si es el caso, y su incardinación en ese horizonte espiritual que les otorga un sentido en el propio devenir de la vida. Finalmente la región o ciudad de Hurqalaya se corresponde con lo celeste, es decir, con los arquetipos y símbolos de lo divino en tanto símbolos de transformación y pautas ordenadoras que rigen tanto macrocosmos como microcosmos. Creo importante precisar la relevancia de Hurqalaya de cara a ese unus mundus o mundo-uno en el que la conciencia humana y el alma del hombre acoge la multiplicidad de la vida como teofanía de belleza, pletórica de armonía y de unidad en la diversidad, una irrupción de intensidad a la que sólo cabe contemplar como si de un enamorado se tratara. En tal estado la propia plenitud encontrará su sello en la plenitud de la vida. Interior y exterior serán finalmente uno y el espejo del alma -nafs- reflejará y acojera la plenitud del espíritu –ruh-. Hurqalaya desvelará pues la unicidad de lo real más allá de toda dualidad.


En relación a lo dicho no puedo dejar de recordar esa diferenciación técnica que hace la ciencia del sufismo entre el hal y el maqam. El primero sería un estado pasajero cuya finalidad sería alentar al viajero del espíritu. En cambio el maqam sería un estado completamente consolidado y permanente. Ciertas experiencias de aficionados a la farmacia fantástica, para escándalo de algunos, bien podría ser calificadas como hal.


Precisar finalmente que este mundus imaginalis tiene una función mediadora ya que permite que los diversos universos simbolicen unos con otros, en palabras de Corbin. De hecho, las ciudades de Jabarsa, Jabalqa y Hurqalaya aluden a las mismas realidades de acuerdo a texturas simbólicas y estados del ser diferentes. Desde el plano puramente psíquico al celeste. La función mediadora de este mundo intermedio será también entre ese mundo sensible que lo imaginal arropa y esa transcendencia radical de la Nada divina –por decirlo al modo de San Juan- a la que indica la teología negativa. En tal circulación triádica todo quedará vinculado y unido. Al final toda esta mediación no hará sino expresar y manifestar el Misterio de la radical Unidad de la vida.


Ante todo lo expuesto nos encontramos con una auténtica cartografía de lo imaginario en sus posibilidades cognoscitivas. Esta cartografía nos indicará una jerarquía de estados para el alma y para su capacidad de visión en correspondencia con una determinada jerarquía de estados del ser. A toda esa variedad de regiones accedería el alma en la experiencia visionaria cupiendo interpretar las visiones desde tal cartografía. El alma, de acuerdo a su estado efectivo y a la capacidad visión inherente a ese estado, accedería a alguna de esas regiones. Desde las más psíquicas a las celestes. Sin esa capacidad de visión o de conciencia durante la experiencia visionaria la confusión será lo más recurrente. Con todo la finalidad última de tal sabiduría irá más allá de lo propiamente visionario y será la intimidad con ese Misterio de la Unidad, más allá del mundus imaginalis. Por lo que se refiere a este mundus imaginalis se atenderá básicamente a la capacidad de la imaginación para revelar la senda abierta hacia la plenitud espiritual y hacia el conocimiento de los significados. Desde las formas y figuras divinas y celestes de Hurqalaya hasta los arquetipos singulares de plenitud de Jabalqa pasando por esa reserva psicoespiritual de todo lo hecho y sentido que es Jabarsa. Por eso, cabe concluir que lo imaginal, lo propio de ese mundus imaginalis, sería la propia riqueza simbólica de la vida, del Ser, en sus muy diversos niveles y modos de significación. Algo velado a la conciencia ordinaria pero capaz de alumbrar en el alma de la mano de sus facultades imaginativas. Hablamos del símbolo, también podríamos hablar de la manifestación de la trama psicoespiritual de la vida y de la manifestación de un Misterio insondable en sí mismo e incognoscible del que sólo cabe indicar su potencia creadora. Tal será la Nada divina. La Tiniebla de Allah.


A modo de postre dos recomendaciones. En concreto, dos libros sobre estos mismos temas que, desde mi punto de vista, superan al propio Corbin. Me refiero, por un lado a la importante obra de José Miguel Puerta Vílchez “Historia del pensamiento estético árabe” y, por otro, al bellísimo e imprescindible libro de Ramón Mújica Pinilla “El collar de la paloma del alma: Amor sagrado y amor profano en la enseñanza de Ibn Hazm y de Ibn Arabi”. Buen provecho.


En tanto imagen viva de la enorme riqueza de la hermenéutica de la experiencia visionaria en el sufismo tenemos la suerte de contar con la fantasía visual “Isphahán”. Ahí va este magnífico trabajo de Cristobal Vila.







4 comentarios:

tula dijo...

Hal y el maqam...¿¿Tonal y Nagual...??
un abrazo.

tula dijo...

El Cristobal Vila muy bueno e interesante.

jcaguirre dijo...

Hola Tula.
Según los sufíes los hal pueden ser muy intensos y asimilarse a un maqam. Lo único es que son estados pasajeros. La experiencia estabilizada del mundo del nagual, sobriamente, si que se podría vincular con un maqam y también con ese mundus imaginalis. El hal sería como un fogonazo de ese nagual en la conciencia. Creo que el contexto de uso por parte de Don Juan de plantss visionarias era inducir, si era el caso, un hal que renovara y reorientara la personalidad. Sobre el tonal no ando muy seguro de lo que era. Creo que se refería al mundo ordinario, no?.

tula dijo...

El mundo ordinario, sí, lo que engloba todo lo conocido y lo humanamente desconocido para el hombre, lo que no podemos conocer nunca porque se sale del ámbito humano eso es el Nagual.
Ahora lo he entendido.