lunes, 9 de abril de 2012

Marino Pérez y el efervescente mito del cerebro creador: Un apunte sobre neurociencia y enteogenos

Dedico esta entrada al reciente seminario impartido por el Catedrático del departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo Marino Pérez Alvarez en la Escuela de Filosofía de Oviedo y dedicado a la mediática y efervescente cuestión de la neurociencia. Marino Pérez es, además, subdirector de la revista Psicothema, una de las pocas revistas españolas de relevancia en los índices internacionales de citación. El gran interés de este autor está completamente acreditado. Baste con mencionar el impacto de su libro "La invención de los trastornos mentales" o el más reciente "El mito del cerebro creador". Su obra tiene como contexto la psicología crítica y por ámbitos de especialidad la teoría general de la personalidad, los trastornos mentales, el conductismo o la fenomenología. Este catedrático será muy consciente de la relevancia que para la psicología tiene su vecindad con la filosofía. En su caso la referencia del materialismo filosófico le servirá ese ángulo de reflexión, discernimiento y capacidad crítica desde la que abordar su tarea investigadora.


En referencia a este blog su obra adquiere relevancia en su crítica de la neurociencia más reduccionista y cientificista. Sobre este tema creo que todavía no se ha calibrado el empobrecedor impacto que cierta neurociencia tendría sobre el estudio de los fármacos visionarios dada la devaluación que promueve de las diversas disciplinas humanísticas. Precisamente aquellas que ofrecen esas metáforas que, resonando en el interior del hombre, facilitan la integración y el reconocimiento de este género de experiencias. Acaso la comprensión del arte, la literatura, la filosofía, la espiritualidad o la experiencia mística y religiosa no se dejen explicar a través de su reducción a sus correspondientes correlatos neuronales.


Personalmente no quiero restar ni un ápice del valor de los estudios de neurofisiología, ni en términos generales ni en relación al campo de los fármacos visionarios. Otra cosa serán cierto género de expectativas centradas en rebasar el propio campo disciplinar de la neurociencia para devaluar la esfera propia, la autonomía y los métodos característicos de otros ámbitos disciplinares. Todas estas expectativas encontrarán su contexto en la pretensión de cierta neurociencia de dar por zanjada la dualidad existente entre cerebro y mente. Así las cosas, mente y conciencia serían completamente reducibles al cerebro y a sus procesos, es decir, a la fisiología cerebral. Atendiendo a lo dicho, lo decisivo y lo que mejor explicaría, por ejemplo, la experiencia estética, la ética o las experiencias espirituales, vendría dado por ciertas conexiones neuronales. De esta manera la conciencia sería básicamente una función cerebral y, en esa medida, al cerebro habría que atender para explicar y comprender las vivencias humanas.


En los últimos años pocas disciplinas científicas han conjurado tanto sentimiento militante y de entusiasmo como la neurociencia -o, al menos, como cierta neurociencia-. Para tomar constancia de lo dicho basta con echar un vistazo al gran número de blogs en los que se nos vienen a comunicar sus bondades a la hora de dotar de un contexto nuevo, el propio de la fisiología cerebral, a todo tipo de ámbitos (economía, estética, ética, religión y experiencia religiosa, mística y experiencia visionaria, etc). En la base de esta expansión de la neurociencia estarían una serie de técnicas de observación del cerebro, preferentemente las de neuroimagen, desarrolladas en las últimas décadas. Junto a estas innovaciones tecnológicas encontraremos la pretensión de cierto discurso neurocientífico, como ya he mencionado, de convertirse en el discurso de referencia y la ratio de privilegio, por fin revelada, respecto de esos ámbitos indicados.


El problema de fondo, y en sintonía con Marino Pérez, será pues esa tentativa de reducir la conciencia o la mente a la fisiología. Sin embargo parece que será el propio cerebro, a través de su plasticidad, el que nos indique que no todo podría quedar reducido a la fisiología. Precisamente por quedar constituida esa fisiología cerebral en una completa relación de reciprocidad e interdependencia entre el propio cerebro, el medio cultural y la propia particularidad psicofísica del individuo en cuestión. Esta particularidad psicofísica, con todo su bagaje de vivencias, disposiciones básicas, conductas e intenciones participaría en la constitución del propio entramado fisiológico de cada cerebro desde la plasticidad del mismo. Algo análogo cabría decir de la esfera de lo cultural. Paralelamente el cerebro también constituirá esas esferas de lo humano desde sus propios procesos. De tal suerte que realidad y conciencia no serían una construcción en exclusiva del cerebro sino una expresión compleja en las que varias esferas quedarían interpeladas.


Como objeción a lo afirmado ni siquiera cabría decir que la conciencia serían procesos neuronales cualificados por la gran plasticidad cerebral sin tener en cuenta el ámbito disciplinar desde el que se hace tal afirmación. Esto sería cierto pero desde el  punto de vista de la neurofisiología y quedando circunscrita tal afirmación al ámbito de lo empíricopositivo. Esta explicación, valiosa y válida en su propio campo disciplinar, no tendría, sin embargo, capacidad de reducir en torno a su ratio y capacidad explicativa las demás esferas y asuntos que interpelan las causas y el desarrollo de la conciencia. Por eso, la dualidad mente-cerebro no quedaría reducida al cerebro y su plasticidad. Lejos de lo dicho esas otras esferas operantes en la ecuación de conciencia y mente, tales como la cultura o la propia particularidad psicofísica, ampararían para su estudio toda una pluralidad de disciplinas diversas en sus métodos y sus contenidos.


Esta codeterminación compleja y recíproca entre medio y cerebro va más allá ya que interpelaría, según Marino Pérez, al cerebro mismo en tanto resultante evolutiva. El propio cerebro, en tanto órgano, quedaría constituido desde esa codeterminación recíproca a lo largo del proceso de hominización. De esta manera, el cerebro humano, en su fisiología básica, dependería de la relevancia en la propia evolución de esferas tales como la tecnológica, la cultura y, en esa medida, de los esfuerzos adaptativos, creatividad y conducta de los homínidos. Lo que, ni más ni menos apunta, a algún género de cincelamiento desde la vida anímica y desde su creatividad del propio cerebro(1)... De ser así las cosas difícilmente podremos insistir en eso de que la conciencia y lo mental sean una mera función de la neurofisiología...


En su crítica Marino Pérez se fundamentará en la escuela del materialismo filosófico. Como ya he indicado, este profesor de la Universidad de Oviedo señalará tres ámbitos como los decisivos a la hora de explicar la conciencia. El ámbito de la cultura, el de la particularidad psicofísica y el del cerebro. La conciencia y la mente serán el resultado de cómo esas tres esferas se van rehaciendo recíprocamente. No cabría por tanto contemplar reduccionismo alguno referido al ámbito de lo fisiológico. La mente y la conciencia, en tanto resultantes, no serán reducibles explicativamente al cerebro. Muy al contrario, serán susceptibles de diversos enfoques atendiendo a esas esferas de lo cultural y de la propia particularidad. De ahí que el cerebrocentrismo actual -en palabras de Francisco Traver- no responderá sino a toda esta tendencia a que“ cualquier cosa pretende ser explicada a través del cerebro, sus módulos o sus conexiones, naturalizando todo aquel conocimiento que procede de la tradición del pensamiento filosófico y de las humanidades. Si la ética, la religión, la filosofía o el amor pueden reducirse (naturalizarse) a una cuestión de conexiones cerebrales es muy posible que cada vez más seamos más sabios en neurología o biología molecular pero más ignorantes acerca de nosotros mismos: el declive de las humanidades es precisamente no sólo la causa de nuestro escaso pensamiento critico sino de que hayamos caído fascinados por los hallazgos de la neurociencia que muy a pesar de todo ha sido incapaz de resolver el problema del dualismo mente-cerebro”.


Creo que todo lo aportado nos pone en la pista de su relevancia para el estudio de los fármacos visionarios. Desde las tres esferas apuntadas una pluralidad de disciplinas se verán interpeladas. Desde ciencias duras como la neurofisiología a disciplinas más humanísticas pasando por los diversos enfoques posibles en psicología. La neurofisiología atenderá a la relevancia de lo puramente cerebral, otras disciplinas a la esfera de la cultura y a las muy diversas cosmovisiones con todos sus géneros literarios, relatos y sus tradiciones sapienciales y estéticas y, finalmente, un tercer ámbito de estudio estará dedicado a la propia particularidad y singularidad anímica. Neurofisiología, psicología antropología, estética, filosofía, tradiciones sapienciales y espirituales... Toda una pluralidad de ámbitos cada uno con su propio método y autonomía.


En fin, vamos con los enlaces del seminario impartido por Marino Pérez en Oviedo aunque antes quiero dejar constancia de una referencia muy recomendable. La de su artículo "El magnetismo de las imágenes: Moda, mito e ideología del cerebro".En este artículo el autor abordará un compendio del libro “El mito del cerebro creador”. Todo un placer personal dedicarle una entrada a este importante psicólogo y pensador.
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(1) Lo planteado apunta a la cuestión de la posible influencia en la evolución de la conducta, los afanes adaptativos y la creatividad de los cuerpos.  Como sabemos Lamarck postulo la transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos pero esto nunca ha sido demostrado. Con todo hay cabida a cómo la creatividad o el medio cultural, pueden influir sobre la evolución a través del llamado "efecto Badlwin". De acuerdo al mismo y en una línea más darwinista que lamarckiana las modificaciones genéticas, en principio azarosas, vendrían a ser seleccionadas en un medio en que la creatividad y el medio tecnológico y cultural serían completamente relevantes. De tal suerte que quedarían selecionadas por su mejor o peor adaptación a ese medio cultural. De esta manera lo mental y los esfuerzos y creaciones adaptativos de la conciencia tendrían una determinada incidencia causal en el proceso evolutivo que tiene como resultante el cerebro del sapienes sapiens a lo largo y ancho de la hominización. Al "efecto Baldwin" apelará Marino Pérez con al fin de superar las objeciones que a sus tesis podrían hacerse desde una hipótética no transmisibilidad a los genes de lo promovido por la conducta. Sobre este tema del llamado efecto Baldwin pondrá como un ejemplo la selección de la capacidad de digerir lactosa y su relación directa con la cultura del pastoreo. Con todo, y en relación a esta cuestión, conviene no olvidar la insistencia de evolucionistas como Lynn Margulis en rescatar la evolución lamarckiana indicando cierta trasmisión hereditaria de los caracteres adquiridos
















1 comentario:

tula dijo...

Muy bueno...
un saludo.