miércoles, 6 de junio de 2012

Occidente y los embriagantes: El contexto cultural de los fármacos visionarios

Este blog trata básicamente del encuentro con los fármacos visionarios. Quisiera levantar la lupa para indagar en las tradiciones habidas en los últimos siglos en Occidente centradas en la ebriedad inducida por embriagantes. Con seguridad, encontraremos un contexto antropológico relevante de cara a indicarnos contextos propios para el uso de los enteógenos. ¿Son tan ajenas culturalmente las experiencias con fármacos visionarios? ¿Valen esas tradiciones? ¿Qué nos dicen de nosotros mismos? ¿Cuál ha sido el encaje, las líneas de reflexión y las disposiciones básicas en quienes han tomado drogas y embriagantes en los últimos siglos? ¿Cuales son los referentes de inspiración que pueden aportarnos?


Con seguridad uno de los tópicos atribuidos a la cultura de los sesenta es el de introducir el uso y empleo de drogas pero quizá no sea así. O quizá lo sea sólo desde el ámbito de la cultura de masas. O quizá ni eso ya que antes de la cruzada prohibicionista de comienzos del XX -y ahí están las droguerías para demostrarlo- el acceso a drogas estaba bastante liberalizado sin que se planteara problema social de relieve. No será pues de extrañar que exista toda una discreta cultura decimonónica que reúne como usuarios de drogas al atareado y diligente padre de familia relajándose ocasionalmente con láudano o morfina, al vitteloni y al vividor perteneciente a las clases burguesas o aristocráticas adineradas de finales del XIX- desplegando ya los usos lúdicos y recreativos de las drogas- y, finalmente, a artistas y poetas -muchos de ellos de inspiración romántica- indagando en los límites de la percepción y los misterios de la vida; a medio camino entre el fomento de la propia la creatividad y las variantes laicas de la espiritualidad. Si nos atenemos a este mapa tenemos ya prefigurado, en el siglo XIX, los perfiles propios del uso de drogas en las sociedades occidentales modernas. Tal mapa, todo hay que decirlo, se desarrollaría con mucha menos conflictividad si la barbarie prohibicionista no viniera a problematizar y arrasar lo que la sociedad, sencillamente, vive y expresa. Las drogas tienen sus peligros pero la prohibición los incrementa exponencialmente revelándonos su peor cara.


¿Qué nos dice este mapa?. Básicamente expresa unas tipologías de uso. El de esos poetas y artistas románticos del XIX es una de esas tipologías. Poetas y artistas que, en tanto románticos, quedaban confrontados con los clasicismos y las formalidades artísticas del momento y, también, con una razón ilustrada decantada, cada vez más, hacia la tecnociencia y el utilitarismo. Este dato es muy importante ya que nos transmite el encaje que en esa mentalidad romántica tenía el interés por la ebriedad. La filosofía romántica romántica es la gran crítica postilustrada a la ilustración, al racionalismo y a la razón tecnocientífica. En tal sensibilidad, gustosa de asomarse a otras civilizaciones, prenderá el interés por la ebriedad. Desde el punto de vista del arte se trataba de romper con los modelos y corsés del clasicismo para dejar libertad a la creatividad humana. En esto, todo hay que decirlo, el interés por las drogas y la ebriedad arraiga en la misma génesis del arte y la poética moderna. Desde el punto de vista del pensamiento romántico se trataría de atender a esas esferas de lo humano desatendidas por la razón ilustrada y la tecnociencia, esferas para las que la verdad más que una deducción lógica o una serie de categorías analíticas pasaba a considerarse un estado de plenitud; o acaso la plenitud de la vida devuelta por la plenitud de lo humano. De ahí la relevancia concedida por el romanticismo al éxtasis poético y artístico. La afirmación de la vida, que diría Nietszche, pasaba así a ser considerada el criterio de verdad más allá de toda racionalidad discursiva. Especialmente si, como consideraban los románticos, esa racionalidad ilustrada promovía una pérdida del sentido y la sacralidad del mundo en el auge del valor meramente utilitario de las cosas. Esta será una de las más importantes aportaciones del pensamiento romántico; la de la crítica de la automatización de la existencia humana y la cosificación de la naturaleza desde el vigor del proceso tecnoeconómico. De esta crítica, en principio romántica, surgirá importantes y muy variadas reflexiones centradas en esa sociedad de control y en el nihilismo que caracterizaría el proceso histórico de los últimos siglos. Piensesé en corrientes como la postmodernidad, el situacionismo o el estructuralismo o en autores como Baudrillard Nietzsche, Vattimo, Jünguer, Gilles Deleuze, Guy Debord, Michel Foucault o Martin Heidegger. Bien lejos de esta disposición utilitaria y de la escisión que plantea entre hombre y naturaleza, para un romántico, el valor de vida y naturaleza quedara vinculado a la belleza, al gozo y a esa dimensión puramente contemplativa y extática. Para el racionalista, sin embargo, el valor de la naturaleza es el del espacio abierto al dominio de la mentalidad técnica y de la razón utilitaria.


Creo que se hace evidente lo que pueden aportar las drogas, como herramienta de investigación del alma y de sus diversos estados, a quienes piensen que la cuestión de la verdad y la plenitud de la vida se dirime en la capacidad contemplativa y en las posibilidades de la experiencia humana. Esta será pues la génesis filosófica de la cultura moderna de drogas… La del si a la vida, la de su afirmación, la de su intensidad, la de su goce, la de la de la cualidad de la experiencia como criterio de verdad, la del experimento íntimo, existencial y vital, la del culto a la belleza como antesala del goce y la de la unión extática con la vida.... Ante el valor de todo esto, los románticos despreciaban, e incluso temían, las supuestas verdades de la razón ilustrada que políticamente se iba imponiendo sobre naturaleza y cuerpos. Este pathos o inquietud filosófica, pasada por la sensibilidad romántica, fue la que se asomó a la ebriedad y a los embrigantes. Piensesé en Coleridge, Thomas de Quincey , Baudelaire, Gerard de Nerval, Guy de Maupassant o Boissard y, en general, a todos esos círculos de poetas y artistas que supieron de ese haschisch visionario y exótico a mediados y finales del siglo XIX.


Otra sensibilidad que nacerá a finales del XIX será la de los usos recreativos y lúdicos. Esta sensibilidad valorará el ámbito de los placeres privados desplegados en el ámbito de la fiesta. Inicialmente desarrollada tanto en ambientes de clase alta como en los márgenes sociales, esta perspectiva lúdica alcanzará en el siglo XX una enorme popularidad. Hasta el punto de merecer e indicar una reflexión sobre la relevancia antropológica de la fiesta y los placeres mundanos; especialmente en estos tiempos de administración de la vida en los cuales la máquina y el engranaje son la perfecta metáfora social, tal y como supieron ver los románticos con enorme anticipación. La fiesta y su valor, la ruptura de los convencionalismos y de los automatismos corrientes, la transformación y los devenires de las identidades en el proceso festivo serán todos ellos asuntos de enorme importancia antropológica; y el uso de drogas, con tino y prudencia, puede dinamizar esos momentos. A quien esto escandalice basta con que considere el sabio uso mediterráneo de los vinos y demás alcoholes con el fin de animar cualquier reunión. Sólo una mentalidad puritana no querrá ver la enorme importancia de los embriagantes desde un punto de vista lúdico y festivo. Sobre estos temas de saber beber o de saber drogarse es de lo que se trata -y además en el lugar adecuado, en el momento adecuado y con la compañía adecuada-. Si algo impide el desarrollo de una cultura sofisticada y, más segura, en relación a los usos lúdicos de drogas es la propia prohibición.


Añadamos a estas dos maneras de drogarse una tercera. Me refiero a esa otra ebriedad privada, discreta y buen ejemplo del saber vivir, propia de padres de familia que cumplían diligentemente con sus obligaciones familiares y que, ocasionalmente, sabían buscar en las droguerías un lenitivo opiáceo en el que encontraban un merecido relax. En realidad esta última variedad de ebriedad sería la más veterana si nos atenemos al mapa descrito. La heredera del uso de laudanos y componentes opiáceos que durante siglos sirvió alivio al cuerpo y al alma en culturas muy diversas. Desde la antigua Roma, al Islam pasando por la Europa del láudano tras el Renacimiento. Esta manera tranquila, discreta y privada de ebriedad acaso tenga su pervivencia en esos usuarios adultos de cannabis que, hoy en día, fuman tranquilamente sus refinadísimas variedades de cáñamo encontrando el placer y el regocijo interior.


Si nos atenemos al mapa descrito, algo de lo que aprender, será cómo las viejas culturas mediterráneas no desligaban tanto las pretensiones más espirituales o las puramente lúdicas. La ceremonia sagrada, lo ritual y lo festivo tenían para las culturas paganas orillas diversas en esa suspensión que promueven de los ritmos ordinarios de la vida. Otro asunto a considerar son los paralelismos de esa impronta romántica, que anhela lo sagrado a partir de una visión renovada del mundo, con las diversas tradiciones iniciáticas y mistéricas que han empleado los fármacos visionarios. En ambos casos se pretendería el acceso a un estado expandido de conciencia. Otro tema relevante es el del uso racional y contextualizado de los diversos embriagrantes de acuerdo con las sensibilidades decritas en lo que sería su libre desarrollo y desenvolvimiento; con sus protocolos, formalidades y escenarios según el género de ebriedad requerida. Como se hace evidente si algo promueve la prohibición es el impedir el desarrollo de esta sofisticación en usos y contextos; lo que incrementa los riesgos que, de suyo, tiene el uso de cualquier embriagante. Riesgos, por lo demás, asumibles y medidos si es que existe un saber hacer.


Si nos remitimos al sigo XIX vemos ya prefigurados los perfiles de los usos de drogas en el XX. Creo interesante recordar todo esto ya que conviene reconocerse dentro de una cultura que, buscando una expresión propia, contiene un arsenal orientado y orientable hacia su propia maduración y refinamiento. Dicho de otro modo no se parte de cero. Las líneas maestras para integrar socialmente ciertos usos, reducir los riesgos y dejar que los embriagantes nos muestren su mejor rostro están bien delineadas. A pesar de la tierra quemada dejada por los dos frenesís prohibicionistas del siglo XX -a comienzos y en su segunda mitad- bastaría con dejar hacer a la sociedad civil y a su propia memoria.


La contracultura y las culturas underground de la segunda mitad del sigo XX permanecerán en las líneas maestras indicadas. El uso de drogas que observamos en la generación beat y, después, en la cultura de los sesenta aunará desde derivas puramente contemplativas, espirituales y extáticas hasta la atención a los escenarios lúdicos y a la fiesta desatada. Las referencias románticas dejaran paso a otras, quizá menos enfrentadas con las tradiciones racionalistas, pero igualmente centradas en apreciar la coherencia de esos modos de atender a la verdad que estiman los estados anímicos y los correspondientes mundos que estos sirven. Ese será el contexto del acercamiento a las sabidurías orientales a partir de esa atención preferente que Oriente presta a la conciencia y a sus estados. La verdad no será, pues, un asunto de mera lógica argumentativa sino que interpelará a la capacidad de vivencia y de plenitud del propio ser. En Oriente complejas sabidurías y métodos intentan facilitar la evolución de la conciencia y las potencias unitivas entre conciencia y vida más allá de la conciencia ordinaria. A las mismas sabrán atender la contracultura y muchos de los interesados por ciertas variedades de ebriedad. En Occidente esta cultura disidente abordará toda una relectura de la propia tradición cultural al margen del racionalismo y del positivismo oficial. La alquimia, el neoplatonismo o la mística volverán a valorarse desde una perspectiva renovada. En esta atmósfera tan paralela a la del siglo XIX y perfilada en sus diversas vertientes por gentes como Huxley, Kerouac, Artaud, Michaux, Ginsberg, Jünger, Watts o el propio Hofmann arraigará el uso de los fármacos visionarios. A la ecuación romántica de belleza, goce y éxtasis el siglo XX añadirá la de la introspección psicológica como manera de refinar esa capacidad de goce fruto de la cópula unitiva con la vida y el cosmos. Con todo, esta variación no será sino el refinamiento de esa vieja aspiración romántica de discernir, lejos de todo racionalismo, el modo de verdad que se nos brinda en la experiencia. Un importante matiz. Reivindicar la relevancia de la vida, como criterio de verdad, no supone caer en irracionalismo alguno sino, muy al contrario, acceder a un vigor filosófico y a una racionalidad que sabe ver más allá de sí.


Como conclusión de todo lo expuesto creo que las, recientes pero existentes, tradiciones de uso occidentales de fármacos visionarios operan en una sensibilidad intelectual que trata de transcender los límites de la razón ilustrada en la atención a la experiencia del cuerpo y al refinamiento de la percepción. El fruto de esta programática sería la integración personal, el desarrollo de las posibilidades de cuerpo y mente y el acceso a una realidad plena y bella a través del propio goce, de la capacidad de atención y del propio equilibrio. Cuestiones como la de la unidad y la armonía de la vida o la copertenencia de los contrarios tendrán una importancia decisiva en la perspectiva de conocimiento apuntada. Ahí encontraremos el valor propio de un modo de entender el conocimiento desde las praxis anímicas centrado en la salud, la templanza y el goce a través del despertar de las potencias contemplativas del alma. Tales potencias contemplativas sabrán atisbar el éxtasis y la fuente de una salud inagotable en esa experiencia que, transcendiendo la separación entre objeto y sujeto, abre a la Unidad gozosa de la vida. El uso de los fármacos visionarios quedaría integrado en esta perspectiva como una praxis más de las que el hombre sabia y prudentemente puede disponer a través de un determinado saber hacer. El ya indicado viaje a Oriente, junto a la memoria viva de la enorme relevancia que en Occidente han tenido las tradiciones intelectuales que han trabajado estos temas, acaso sean la mejor manera de ubicar en nuestra cultura el uso de los fármacos visionarios. Con eso no se trataría de descartar lo aportado desde otras perspectivas como la científica sino de integrar sendas en un abordaje desde diversas orillas. Acaso la verdad del cuerpo –la de la experiencia vivida- y la de la mente –la puramente racional- no tengan que quedar confrontadas.


Finalmente, este uso contemplativo e introspectivo de los fármacos visionarios difícilmente será desligable en su destino de los usos lúdicos y, en general, de la cuestión planteada por las drogas en nuestras sociedades. Desde este entrelazamiento en una misma cultura que históricamente se desarrolla, la generada ante el encuentro con los embriagantes, no será casual que tanto los posibles refinamientos de los usos lúdicos como las posibles formalizaciones de los usos más iniciáticos encuentren su horizonte de madurez en todo lo relacionado con la celebración y los espacios rituales. Con seguridad, el reconocimiento social de los espacios capaces de integrar los usos de los fármacos visionarios sólo acontecerá cuando la cultura prohibicionista sea superada y quede cancelada la problematicidad servida por la prohibición. No olvidemos que ambas variedades de uso son expresiones sociales ante un mismo fenómeno: el encuentro con los embriagantes. A cartografiarlo y a sacar conclusiones he dedicado esta entrada.


Los ámbitos de la cultura occidental en los que arraiga el interés por los fármacos visionarios tienen un gran calado intelectual al tiempo que nos sirven una perfecta atalaya de orientación. Esta atalaya acaso sea el mejor aval para, tal y como profetizara Ernst Jünger, el siglo XXI vea el desarrollo de esos entornos capaces de integrar el uso de los enteógenos. Desde esa atalaya, superadora de la razón ilustrada, se ha mirado a Oriente y a las sabidurías de las culturas tribales pero también se busca renombrar nuestra propia tradición cultural en lo que sería una nueva manera de mirar el legado griego y la historia entera de nuestra cultura. Acaso la senda a la que invita esta tarea nos dirija a la Florencia del Renacimiento.

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(1) Con seguridad el mejor alegato romántico contra el entonces naciente industrialismo es el del romántico inglés Thomas Carlyle. En su obra “Signos de los tiempos” advirtió cómo el proceso económico traía de la mano dejar a la conciencia humana expuesta ante enormes concentraciones de poder anticipándose a las críticas vertidas hacia la automatización de la existencia en las sociedades modernas. Para Carlyle la máquina no sólo sería un objeto exterior sino el símbolo interior de la cultura industrial.
(2) De cara a profundizar en esas culturales disidentes que nos ayudan a contextualizar el uso de embriagantes en Occidente no puedo dejar de recomendar los libros “Filosofías del Underground” de Luis Racionero y “Heterodoxias y contracultura” de Fernando Savater y Luis Antonio de Villena.