viernes, 6 de julio de 2012

Fundido en blanco

I


Las veladas se sucedieron en una de esas casas de buen diseño. El salón principal, junto a la azotea y de paredes blancas, nos sirvió de nave. También de fuero íntimo. En su regazo se sucedieron los mitotes. La blancura de las lisas paredes se nos insinuó como templo y vibración. Fue suficiente. En su oleaje no fuimos sino las formas inocentes de un torrente de aguas blancas. Estábamos en un piso ciudadano. La casa se nos sabía brindar. Allí, en un salón familiar y confortable, el blanco de las paredes irradió su blancura impoluta. En su vibrar el alma, casi licuada y como un magma vivo, se nos fue derramando a borbotones. Recuerdo momentos de placer en los que mi cuerpo encontraba su metamorfosis en una miel salvaje y densa; ebrio, agradecido, más allá de sí. También recuerdo algunas escenas de humor capaces de sublimar toda aspereza. La música, acogida en una conciencia devenida puro espacio, transparentaba una geometría en movimiento. Cada instrumento, cada nota y detalle, se mostraba con una nitidez cristalina. Del mismo modo que los trazos se encuentran en el papel blanco y vacío era el puro espacio quien revelaba la forma de la música. Ritmo y melodía mostraban su detalle pero también su esplendor y su forma. El resultado, un vacío figurado, un silencio sonoro, un lienzo claro en el que los trazos iban componiendo un todo fugaz, permanentemente recreado. La música hilvanaba una figura y el vacío del alma le otorgaba su espacio silente, su marco, su medida, su referencia de vida.


II


A los hombres, doloridos y ciegos, nos vi inmersos en una suerte de esferas que acotaban férreamente nuestras vidas. Las esferas, cada una con su especialísimo mundo, bajaban acompasadamente desde quién sabe donde; como si de ingrávidas burbujas se tratara. Mánsamente caían componiendo una lluvia lenta y densa. Los hombres parecían encontrar su destino gris dentro de esas burbujas vacilantes; según se les iban viniendo encima; casi sin darse cuenta. Tras quedar los hombres engullidos el mundo propio de cada esfera pasaba a ser el horizonte de lo visible y así el mundo de cada cual no pasaba de ser una cárcel discreta. Su orden se nos imponía; con sus convenciones, sus valores y sus modos de sentir. Más allá de esa conciencia escuálida encontraba su residencia la fertilidad de la vida; grácil, acuática, diversa. El fluir de esas aguas vivas se nos escapaba por entre los dedos encaminándose hacia un mundo oculto. Más acá cada cual encerrado en su transparente, esférica e imperceptible prisión; como si fuéramos poco más que peces de colores encerrados. Más allá el imperio discreto y secreto del aquí y del ahora; la pura presencia, el agua fluyendo. Más acá la cárcel. Me vino a la cabeza esa película española de ficción en la que los desventurados quedaban encerrados en cabinas telefónicas con paredes de cristal… La rigidez de la malaventura. La trampa de los arcontes…



III


Escéptico dirigí mis pasos a la terraza de la vivienda. El paisaje vecino era puramente urbano. Mirar desde la azotea resultaba enigmático. El cielo acogía cansino la membrana típica que cubre las grandes urbes, tan cargada de sensaciones mecánicas y susurros eléctricos. Del enigma manaban invariablemente océanos de melancolía y sus suspiros se elevaban ingrávidamente hacia el gran azul. El fragor de los automatismos y las mecánicas ciudadanas no alcanzaban a elevarse. La ciudad se asemejaba a una masa confusa; plomiza, grisácea y carente de forma.


Advertí la llegada del crepúsculo. El cielo se coloreaba de rojos y violetas. De manera mucho más tenue el paisaje grisáceo que ofrecían los edificios cobraba cierto color. Divisar todo ese entramado de azoteas y antenas me devolvía sensaciones monótonas. Su sentir casi quedaba descolgado del cromatismo celeste y de su danza. La melancolía parecía moverse en mi vientre como un pez abisal. En sus aleteos, a veces violentos, resonaban profundidades roncas que agitaban el océano plomizo de la ciudad. Más allá el cielo absoluto y rotundo; ese gran azul capaz de acoger su noche y deshacerse entre rojos y violetas. La visión del cielo me devolvió a mi interior; y ese interior al abrigo de la nave. Allí encontré una reproducción de un viejo cuadro barroco. Ya lo había visto pero nunca antes presté atención a la mirada que brindaba. La estética realista y sufriente nunca me pareció ni modelo ni figura. Un cierto tedio visionario, acaso inducido por mi nostalgia, me invitó a entretener mi mirada en ese cuadro. Miré y me adentré en su vida.


Jesús crucificado era flanqueado por un San Juan confundido y por una María dolida pero templada y poderosa. Los colores y su dibujo me proponían una mirada sobria y contenida. Nada desbordaba su forma. Jesús en la cruz se me ofrecía como un axis mundi, silencioso, diverso de su sufrir. San Juan no pasaba de ser ese niño confundido que nunca nos abandona. El paisaje del cuadro contenía sobriamente la propuesta de mirada y dibujo ofrecida por el pintor. Todas estas sensaciones, puramente intelectuales, vinieron a desbordarse en la visión que rebosaba de María. Una María cambiante, en constante metamorfosis, alborotaba mi párpado y mi alma. Esa María era madre dulce y acogedora, era mujer seductora, era Kali destructora que exultante proclamaba su imperio exhibiendo sus fauces. María cambiaba permanentemente de rostro, de edad, de figura, en permanente movimiento, repitiendo un mismo ciclo. Las masas de color, ahora palpitantes, alumbraban nuevas formas y colores. El dibujo se iba deshaciendo en un permanente baile. Todo ese devenir encendido servía de contrapunto a la gélida quietud intelectual del resto del cuadro. En esa visión la quietud cobraba vida y movimiento; la percepción quedaba abierta a su propio envés; a sus límites, a sus dependencias, a sus miedos, a sus desafíos; a esos empellones que nos terminan por mover. El movimiento y su ciclo se repetía como si de una misteriosa alquimia se tratara. La vida dulcemente se nos brindaba, la propia vida ebria y desatada, la vida abismada y desasida… En tal compás venían a fraguarse historias y relatos; y los hombres danzábamos en un vientre en el que la alteridad y el encuentro silbaban nuestra danza… Repetición y relato. Los relatos de los hombres al encuentro de la Tierra. Diferencia, repetición y Misterio. Las vidas todas en el vientre de un mito dibujando un mismo compás y fraguando en vidas diversas. En esa misma danza había quien daba un traspiés y había quien encontraba su quibla, su arte y su misterio; o simplemente quien vivía adormecido… Y todo no era sino el vientre de María. Vientre, tierra y fruto. La alteridad se nos brindaba en el sueño de la vida. Una alteridad con forma y cuerpo de mujer.

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