lunes, 6 de agosto de 2012

La generación beat: Los beatíficos y heridos borrachos de Dios(A propósito de la lectura de “Los vagabundos del dharma”)


La de “vagabundos del dharma” bien podría ser una magnífica descripción de quienes se adentran por las veredas de los fármacos visionarios; la figura del loco, del nómada errante, más allá de las convenciones sociales tan querida por los beatniks y de tanta tradición cultural y literaria... Personalmente creo que quien se interesa por el uso de los fármacos visionarios tiene mucho de “vagabundo del dharma”, de loco que se interesa por lo que está al margen y es cuestionado, de marginal que sabe de la existencia de territorios a explorar donde otros ven delito, de emblema de escándalo para algunos, de proscrito dulce y feliz, de perseguido sin causa, de hombre de frontera. Siendo un marginal y un nómada es también un colono que se adentra en una tierra nueva de referencias inciertas. A sabiendas de la riqueza del territorio al que accede pero indigente de unos saberes que no tiene. Las escasas raíces y la evanescencia del mundo que deja atrás le lanzan a una búsqueda que, por espiritual, básicamente apela a su creatividad y a su potencia vital. Se tiene nostalgia -saudade- de otro perfil de vida, se intuye esa potencia de vida en el propio misterio del alma, se desprecia la existencia envasada que nos indican las convenciones sociales. Ahí es donde la oportunidad del fármaco visionario queda justificada. Una cala en las potencias de nuestra vida anímica, en su capacidad de autotranscendencia, en la profundidad de sus raíces y su dolor. Se experimenta con la propia conciencia. Precisamente para divisar horizontes y atisbar una manera renovada de vivir y mirar. La visión nada tiene que ver con algo de contenido alucinógeno…

Fue Ernst Jünger quien nos indicara la pertinencia de los fármacos visionarios para el tiempo presente. Precisamente por que la detonación que llevan de la mano deja muy a las claras la complejidad y los muy diversos estados de la conciencia. Algo acaso pertinente en una sociedad en extremo agarrada a la conciencia ordinaria y que lo desconoce casi todo sobre las potencias espirituales de la vida anímica. Precisamente ahí inciden los experimentos existenciales y los ensayos de la generación beat. Explorando los relieves de un territorio ignoto y poco hoyado, otorgándole forma y figura, tanteando vías de tránsito que compartir con otros vagabundos del dharma lanzados, como ellos, a las veredas del espíritu tras dejar atrás, a veces heridos, el terruño de las convenciones sociales y la aldea psicofamiliar. En tal disposición arraigará su interés por los fármacos visionarios y por los viajes no sólo exteriores sino, sobre todo, interiores. Se trata de elevarse por encima de los diversos naufragios discretos a golpe de libertad interior. El beat(1), el golpeado que intuye la potencia de una vida plena y libre en el interior de su alma... Su mirada al Oriente o al Zen será pues indesligable de su interés por las posibilidades de la conciencia y por el viaje interior. También de su temprano interés por los fármacos visionarios. De estos asuntos trataré en esta entrada tras mi efervescente y, por momentos, ebria lectura de “Los vagabundos del dharma”.

Jack Keoruac. “Los vagabundos del dharma”; un libro de encuentros que, paradójicamente, acaba con una despedida. La de Gary Snyder yéndose al Japón a profundizar en el Zazen y en sus estudios de la literatura del Asia oriental. Una despedida que da cuenta del horizonte en el que se ubica el libro. En realidad, el mismo horizonte que intuye la generación beat. Me refiero a esas referencias y praxis espirituales capaces liberar la suficiente capacidad de vida como para superar la tragedia cotidiana y los modos de alienación de la vida contemporánea. Si en el poema de Allen Ginsberg “Aullido” cristaliza el tremendo diagnóstico beat de las sociedades de control -intuyéndose ya esas potencias espirituales- en “Los vagabundos del Dharma” tales potencias se hacen visibles en tanto praxis al alcance de la mano. En realidad, el viaje final de Snyder a Oriente es una metáfora de gran calado. Oriente representa un sabiduría espiritual viva que desvela la profundidad de la crisis en la que se halla instalada la cultura occidental. En Oriente se hallan vivas esas prácticas capaces de liberar los enormes recursos de vida y de libertad interior de los que carece el Occidente moderno; con todos sus fastos y habilidades técnicas. En el caso de Snyder esa mirada a Oriente y a sus praxis meditativas le devolverá un rostro pagano, enamorado de la tierra, que reivindica el propio cuerpo. En el caso de Kerouac una ocasión para renombrar su propia tradición espiritual cristiano-católica de la mano de un Buda generoso. Dentro de la generación beat o en sus aledaños poetas como Philip Lamantia o el también poeta y monje trapense Thomas Merton harán un viaje similar al del propio Kerouac.

Snyder, Keroauc, Lamantia, Philip Whalen, Ginsberg… Un mismo diagnóstico, el de la crisis radical del Occidente moderno, y una misma mirada a Oriente… A partir de ahí las vías abiertas son muy variadas. La de Whalen o Snyder muy decantadas hacia la práctica del Zazen y hacia una sabiduría de la tierra. La de Kerouac o Lamantia, re-encontrando las potencias espirituales de su propia tradición cristiana teniendo a la vista ese Oriente que no ha olvidado las sabidurías y técnicas de contemplación propias de la vida espiritual.

En ese viaje de Snyder al Japón se cifra pues un modo de plenitud de la generación beat. Y así lo reconoce Keroauc dedicándole un libro en el que Snyder lo es casi todo. En su reivindicación del cuerpo y la naturaleza y en su invitación al Zazen como vía abierta al enriquecimiento del “budismo” de Kerouac. Gary Snyder, ese poeta, practicante de Zen, traductor de poesía china, anarquista revolucionario para más señas, hombre de más allá de la frontera al encuentro del nativo americano, enamorado de la tierra -nuestra salvaje madre- y de la vida que bulle en su seno.

Snyder deslumbra a Kerouac , en su sencillo estilo de vida, en su acercamiento al Zen, en la amistad que le brinda, en su intelectualidad refinada -preñada por el Zen y las tradiciones nativas-, en su querencia de una vida libremente salvaje –corporal-, libre de códigos abigarrados, en su sexualidad desinhibida y respetuosa…

Kerouac le revelará a Snyder su interés por el Budismo y por su doctrina sobre el dolor y la insatisfacción. Snyder le mostrará a Kerouac el otro lado del Budismo, ese envés discreto de vida liberada que brota a partir del diagnóstico que hace el Buda de la cuestión del dolor. Una sensibilidad espiritual arraigada en la vida y la naturaleza, en su experiencia sencilla y directa, más allá de las innumerables codificaciones mentales que nos abruman, de los deseos proyectados e introyectados en nuestra vida anímica. Allí donde nace la vida. Más allá de donde nace el dolor, la insatisfacción y la frustración. Más allá de esas identidades interceptadas que nos han brindado a base de condicionamientos a veces dolorosos. El Zen quedará, pues, como una vía abierta hacia la superación del dolor privado y del nihilismo del tiempo contemporáneo, como fuente de inspiración y como praxis en la que poder renombrarse. En el Zen no cabrá fuga alguna de la vida; ni religiosa, ni delirante, ni racional, ni sentimental...

Al encuentro con el Zen Keroauc vivirá uno de sus momentos de mayor tensión vital y espiritual. En “Los vagabundos del dharma” le percibimos volcado hacia la contemplación y la capacidad de silencio. Siendo capaz de medir su cuerpo y su espíritu en la soledad de la montaña y en pleno contacto con la naturaleza, Cuerpo a cuerpo con la vida, con una notable capacidad de concentración. Muy lejos estamos del Kerouac disperso de Big Sur, acechado por el alcohol, el éxito y una sociabilidad que le desgasta y le daña…

La complejidad de la vida de Kerouac; lúcido y luminoso pero con una herida abierta de por vida. Kerouac, encarnando su propio tiempo, el nuestro... La propia complejidad y tragedia enunciada por la denominación beat. Lo beat: lo golpeado, lo herido, lo alienado, la lúcida conciencia de quien, resistente, sigue vivo y sin programar tras el golpe recibido. La América de los cincuenta, antesala de nuestro tiempo. Una sociedad triunfante que indicaba a la población una utopía de empleados dóciles, de chalecito adosado y de consumo sin límite. Ya entonces había quien osaba imaginar una vida diferente, siendo algo más que una mera pieza en un colosal engranaje tecnoeconómico, en contacto con naturaleza y cuerpo, teniendo rostro, al margen de la movilización total para la producción… Tal fue la sensibilidad beat, instalada en la toma de conciencia del dolor subyacente a la programación de la vida, a la mecanización y la cosificación de las existencias –las existencias como meros objetos sin rostro que se reponen y administran-, al universo de renuncias personales que tejen la dorada vida del empleado medio. Más allá de la ideología política de cada uno de sus miembros la generación beat tomó conciencia de un enemigo formidable e invencible, de un apocalipsis devenido. Moloch(2), el devora-hombres. Moloch el destructor…. Moloch, el que golpea, vence y dispone de las vidas sacrificadas en su altar. Ante él sólo cabe apelar a algún modo de libertad interior.

El golpe había sido recibido pero la vida se revolvía aún en el cuerpo golpeado(beat). Ante la tragedia, como bien sabían los griegos, nace el héroe trágico, un héroe que muta y transforma su conciencia. En el interior del hombre se alojan reservas inagotables de energía, un auténtico cuerno de la abundancia de la vida. Ahí el hombre, desde la alquimia de su conciencia, es capaz de ponerse del otro lado. Esa esfera discreta es la del espíritu, la de la inocencia del Ser, la del poder inagotable de la vida más allá de toda escisión o dualidad. La generación beat supo ver esa salida, esa posibilidad de la conciencia. Ahí residen reservas inimaginables de vigor, estados de conciencia que ven el mundo desde una atalaya de plenitud. Burroughs, Kerouac, Ginsberg en su poética y también en sus precoces coqueteos con la modificación de conciencia y los fármacos visionarios buscaban esa visión poderosa, esa inspiración del espíritu. Por eso, y después de esa toma de conciencia lo beat, en palabras de Kerouac, deja de ser lo golpeado para ser lo beatífico, lo iluminado… De ahí que Kerouac buscará algún instrumento capaz de renombrar los restos del naufragio de su propia tradición espiritual; o que iniciara un personal viaje al Oriente para encontrar tales instrumentos. Ginsberg también hará lo propio y se pasará en India y Japón un importante periodo de su vida. Burroughs buscó su Oriente en la ayahausca y en las selvas peruanas, anticipándose décadas a muchos que después hicieron el mismo viaje...

Creo importante el referente de la generación beat para quienes al día de hoy se adentren por la veredas de los fármacos visionarios. No olvidemos que el interés por estas sustancias surge a partir de las propias indagaciones sobre las posibilidades de nuestra conciencia en una sociedad que lo ha olvidado casi todo sobre las cuestiones y los saberes espirituales. La lucidez beatnik es extrema si es que atendemos a la programática que nos indican. Trabajar con los enteógenos y dejar atrás la alienación de nuestra vida anímica exige un determinado Oriente, es decir, un arte, un saber previo. Ese arte acaso pase por renombrar contenidos importantes de nuestra propia tradición pero, con seguridad, pasa también por lo que nos pueden aportar las sabidurías del Oriente. Ahí encontramos verdaderos saberes vivos que, curiosamente, vivifican nuestra memoria en tanto cultura, al tiempo que acogen técnicas meditativas que pudieran estar a la altura del trato con los fármacos visionarios. Desde tales praxis y desde ese volver a nombrar nuestra propia tradición cabe imaginar esa Eleusis renombrada con la que algunos sueñan. Jünger la profetizó en el último volumen de sus diarios. Inevitable Jünger.
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(1)Beat (en inglés): el golpeado, el vencido, el sobrepasado, el apaleado, el sacudido.



(2) Moloch es esa figura mitológica meditarránea (fenicio-cartaginesa) que devoraba a quien se le ofrecía en sacrificio. Ginsberg la toma para su memorable poema “Aullido” como imagen que indica la cualidad tanática de la administración de la vida típica de las sociedades tecno-económicas modernas. En manos del Moloch de Ginsberg todo será un objeto del que se dispone y al que se sacrifica.

4 comentarios:

RAB KOSMONAUTA dijo...

Te gusta Thomas Merton? Es de los pocos ecuménicos verdaderos que hay en la iglesia católica, alguien muy inspirador. Son muchas las cosas que dices en un solo capítulo, y tanto, que cada párrafo daría para un capítulo entero de un libro completo. Yo que tú lo escribiría. A la herida que mencionas (refiriéndote a Keourac) me refería el otro día cuando hablé de que morían solos (Ginsberg vivía en un zulo, a Bourroughs le cayó la biaba por lo de su mujer, etc). La verdad, encontrar un escrito tan impecable en forma y contenido en una red tan plagada de mierda (con perdón), da gusto y se agradece. Por cierto, el Kosmo está abierto de nuevo pásate cuando quieras ;)
Un saludo trasatlántico, Carlos

jcaguirre dijo...

Si, me encanta Thomas Merton. Por su modo de entender el cristianismo y por su encuentro con el Zen. Ya vi que habías reabierto kosmo y lo metí en los link. Crisis y luz siempte tan enrabietadamente unidas. Abrazos

Enric Carbó dijo...

Recuerdo haber leído hace años esta novela, como algo más bien generacional, de jóvenes que buscábamos ampliar horizontes. Manuel de Pedrolo la tradujo al catalán como "Els pòtols místics", pues no sé si él o los editores consideraron que la palabra "dharma" el público no sabría lo que era.... Excelente artículo que rescata el camino que abrió Kerouac y sus compañeros, ya no como algo meramente generacional

jcaguirre dijo...

Un placer verte por aquí Enric. La generacion beat, efectivamenet intuyo sendas que muchos transitaron -transitamos- después. Ese es su gran valor.