domingo, 23 de septiembre de 2012

Burbujeante sobre la piedra(De fiebres phantasticas y aguas derramadas)

El presente blog pretende ser la puesta en común de una determinada investigación sobre la modificación de conciencia y la ebriedad. De hecho, en su día, atendí a las posibles  alteraciones de conciencia vinculadas a los usos protocolizados de anestesias en entornos hospitalarios. Ahora dedico esta entrada a las experiencias visionarias y de modificación de conciencia que las fiebres elevadas pueden llegar a inducir. Acaso en tales estados se nos brinde ese estado acuoso, deshilachado y poco oportuno, del que hablara el gran Heráclito de Efeso. Un estado fronterizo que divisa confusamente espesuras impenetrables, formas que se desdibujan y llamaradas inciertas. Un sentir en el que, lejos de toda geometría, se intuye el derramarse del alma sobre la piedra fría y las intensidades de fuego que acompañan crisis y colapsos. Fríos y calores confundidos; figuras y rostros que pierden su identidad...



 

I


Fiebre alta, frío, calores, visiones, fragmentos de cotidianidad, sudores, delirios...

Recuerdo la textura acuosa y esquiva de esos días. En esa tierra líquida las formas parecían perder su hilo y su nervio. La conciencia vacilante se me escurría de entre las manos. El alma confundida se me derramaba desde los ojos; tan acuosa como los días se iba deshaciendo. El universo entero se destrenzaba hebra a hebra... Me sentía licuar.

Entre esas aguas destempladas también me ví en alguna ordalía. Hubo algún si y algún descarte olímpico; formas nuevas encontrando su cincel y parcas sombrías alejando su manto de olvido y ceniza.

En esos días todo se alternaba sin secuencia ni escenario alguno. Hielos, torrenteras, lagunas, rápidos, meandros, arenas movedizas, burbujeantes aguas hirvientes… Falto poco para divisar el Océano. De todo aquello quedaron imágenes en desorden además del recuerdo de la tenue piel que tuvo el mundo en esos días.

La memoria de lo vivido, más que a una secuencia lineal, me remite a un registro geológico, a un veteado de diversos estratos, a una farallón de roca en el que diversas imágenes quedan superpuestas por capas y niveles.






 
II


Arrebatado por enigmas insolubles, por los vientos arrastrado, vagando, perdido por un paisaje en penumbra, lóbrego, rocoso, cavernoso, saturado de oquedades y peñascos retorcidos.

Allí, confundido, en una gélida caverna, bajo una manta y un grueso abrigo, convertido en artesano loco, pretendía resolver un enigma.

"De un cuadrado hacer un círculo”.

Calores, fríos y sudores me asaltaban. Las altas temperaturas no cedían y mi desazón aumentaba. Mientras el cuadrado me atrapaba. Me saltaba a la piel. Se me reclamaba como propio. Sus ángulos y segmentos, subcutáneamente, profundizaban en mi cuerpo. De mi lado yo ponía mis vanos esfuerzos para resolver el enigma y saber de “cómo se nos brinda el círculo”. Del otro el cuadrado, crispando y tensando mi piel, transformaba mi cuerpo sin pausa. Soñando con esferas lidiaba con ángulos y segmentos…

Entretanto la aspereza de mi tránsito febril; calores y fríos desatados, destemplanza. Estaba en manos del más allá, del más allá de mí, del Misterio que nos rebasa… Al compás de todo aquello mis sueños geométricos se descomponían en sucesos aislados. Nada venía a enhebrarse en hilazón o sentido. Todo quedaba como derramado, irradiando una presencia a media luz. Por suerte, la amada supo transformar el calor febril en un frescor amable.

La luz, la luz plena del día, el sol reluciente iluminando la vida. Allí mi alma confusa atendió a acierto ritmo, a cierta melodía. Frío y calor iban encontrando un encaje. Finalmente mi corazón y mi alma se llenaron de un calor confortable y tranquilo. En sus ondas me mecí. Bajaba la fiebre.


 



III


Tras el día venía la noche, y en la noche no se donde me ví; pero ahí me ví, con mi cuerpo desdoblado en dos imágenes superpuestas. Ambas flotaban ingrávidas; la una junta a la otra. Desde esa mirada dúplice divise una tierra firme, dura y rocosa. Su color era de un blanco lechoso. Sin miedo apoyé mi pie en su vientre. Esa tierra, más allá del más allá, se me ofrecía tan fría y áspera como mi propio desorden. Una luz tenue irradiaba de la roca. Los relieves de la tierra, de esa liquidez lechosa, parecían acoger toda la vida posible; todo sentimiento sucedido, toda pasión por suceder…Esa tierra no era sino un océano cristalizado de roca. No sobrevolé ese reino pero en sus matices y veteados permanecían adormecidos y vivos los deseos de cada corazón.

No se me hizo acogedora esa eternidad pétrea y polar... Volviendo deseante a la vida recuerdo esta visión como un tránsito a una Hibernia gélida y escondida. Un océano pétreo de memorias pasadas y futuras anhelando sangre y figura. Todas ellas según su propia medida. En Hibernia, la del corazón era la única guía, la medida madre. Acaso la que en su momento diera calidez a ese océano de roca. Dicen los sabios que más allá de la densidad del plomo radica la belleza; y aún más allá la inocencia de la vida. Uno. Todo a golpe de corazón y calidez, con el pecho bien abierto. Acaso todo ese océano de memoria esconda el Misterio de la piedra líquida y el secreto de toda memoria. Saliendo de esas tierras frías retorné a los calores del cuerpo. La fiebre empezaba a bajar.


 


IV


El calor irrumpe; como una marea que satura mis venas y mi piel. Cuerpo y mente encuentran su trenza. El calor viene de la mano del deseo. En el retorno a la vida eros despierta y entra en escena. La danza echa a andar. Geometría en movimiento. Figura. Cuerpo vivo.