domingo, 16 de diciembre de 2012

Entrencinas

El entramado cotidiano acosa. Intimamente aparece. Es el reino de las identidades perdidas, de los hombres y las mujeres sin rostro, del deseo atropellado que atropella. Entre encinas ingiero la ayahuasca esperando su cópula salvaje y selvática, mi devenir planta, esa metamorfosis del alma en la que siendo dejamos tanta hojarasca de lado.
 
Nada de eso ocurre.
 
En otras tierras fueron vivos trazos amarillos y rosados, trazos de metamorfosis que abrían a la vida pájaros de fuego y figuras de vida poderosa. Ahora los trazos son de un apagado verde y azul. Ejecutan  una danza discreta; una danza acuática y ondulante de la que no brotan formas. La danza es Océano; toda ella; sin forma, diferencia ni fisura alguna. Sólo hay Océano.
 
Un cuerpo  doliente y lánguido yace tumbado en el  lecho de un río de cera. El fluir de la cera líquida va desdibujando y desgastando cuerpo y rostro. El cuerpo también es de cera. La forma pierde sus relieves y, poco a poco, la cera se libera en el torrente. Solo hay río.
 
Una presa de agua impenetrable sestea en una noche de esperas y silencio. Eros, dormido, se oculta en su oceánica penumbra sin forma. Eros, un eros yaciente y retenido, ajeno a devenires, figuras y geometrías. Sólo queda el agua dormida.
 
Viejos amigos ante la hoguera cantan ditirambos. La vida queda abierta.

2 comentarios:

tula dijo...

Te deseo sigas viajando y narrando esos viajes..tan hondos, tan animales.
un abrazo.
Tula

jcaguirre dijo...

jajajaja, eso mismo que sean animales