domingo, 26 de enero de 2014

La verdad como visión (I): Del lenguaje al sentido

Con esta serie de entradas quiero templar la potencia de determinados conceptos o decires –lenguajes diríamos hoy en día- respecto del uso de plantas y sustancias visionarias desde una nítida conexión con el pensamiento de la Grecia antigua. Mi propósito será tanto bucear en nuestra propia tradición cultural como realizar una arqueología de la semántica originaria que sirvió de apoyo al nacimiento de la filosofía clásica.  Acaso una lectura de nuestra propia tradición filosófica, bien lejos de la mitologización racionalista que la Ilustración hizo de la Grecia antigua, sea capaz de indicarnos esos lenguajes a la altura de nombrar la experiencia extática y visionaria. Desde un discurso de estas características no se tratará tanto de mostrar determinadas verdades objetivas como de indicar sendas y reflejar cartografías que animen a determinados tanteos. Apelando a la filosofía, atenderemos, por tanto, más a las polisemias del lenguaje y a su capacidad evocadora –a la medida de cada cual- que a la fijación de significados unívocos o conceptos cerrados. El rigor quedará decantado, así, desde la propia naturaleza y dinamicidad del lenguaje y desde el carácter abierto de la semántica de las palabras; lo que supondrá apelar al carácter simbólico y alusivo del propio lenguaje. De ahí la relevancia de atender a cómo los referentes experienciales, anímicos, vitales y existenciales de las palabras siempre están más allá de los significados de las mismas. Esos referentes, encontraran su propia expresión en el lenguaje al tiempo que desbordaran toda delimitación unívoca de significados y conceptos. El lenguaje nos dice; y nos dice tanto por expresar lo humano como por desbordar cualquier pretensión de control sobre el propio lenguaje. Dice tanto al autor, en efecto, pero, sobre todo, dicen a quien lee o escucha. Y es que la palabra revelará su riqueza y potencia no en la intención categorizadora de quien la dice o escribe sino en el encuentro íntimo con el propio lector. Este carácter del discurso filosófico, vivo al margen de la intencionalidad de quien lo pronuncia,  polisémico y completamente decantado sobre su receptor, será precisamente sobre el que se asiente la concepción clásica de la Filosofía en tanto maestra de vida. En este sentido no olvidemos que el valor dado por las diversas tradiciones que han empleado plantas y sustancias visionarias está completamente vinculado al arte de un mejor vivir.


Me he referido a esos referentes, característicos de lo humano, que el lenguaje puede indicarnos. Entre tales referentes quisiera destacar los propios de la cuestión del sentido en tanto experiencia emergente y posible al encuentro de las plantas y sustancias visionarias. De la relevancia de la cuestión del sentido dependerá el caudal de riqueza inherente al uso de los fármacos visionarios. Un sentido que emergerá como posibilidad de lo humano en tanto intuición y discernimiento. Un discernimiento que necesitará ser nombrado con el fin de elaborar sus propias posibilidades y de transitar las sendas a las que abre. Tanto será así que en relación a los aportes de sentido que pudieran acontecer al encuentro de estas sustancias la palabra servirá un escenario de elaboración e integración de esos haces de sentidos emergentes. No en vano toda terapia y toda elaboración hermenéutica o narrativa encontrará en la palabra su escenario ineludible de elaboración. Recordemos que los límites del lenguaje nos indican, al tiempo, su carácter estrictamente simbólico. El lenguaje no será un equivalente inmediato del referente que indica pero si lo indicará a la medida de un contexto concreto. A partir de tal carácter simbólico constataremos la potencia del lenguaje para indicar y facilitar nuestra capacidad de experiencia. El rigor del discurso filosófico dependerá así de su ubicación y sintonía con esta naturaleza simbólica del lenguaje. En el lenguaje somos dichos y las potencias de lo humano vienen a expresarse atendiendo a contextos concretos. Cualquier pretensión de rigor filosófico deberá pues saberse lenguaje y palabra; expresión de lo humano antes que significado y concepto fijado por el autor.


Apelando a este carácter simbólico del lenguaje, nos moveremos en el ámbito de la hermenéutica -o interpretación- en tanto decir o discurso puramente filosófico que apunta a la capacidad de vida... Ya lo dijo Fiedrich Nietzsche: “No hay hechos, hay interpretaciones”… Sincrónicamente -y sin que suponga la más mínima contradicción con este carácter hermenéutico de la filosofía- también podemos afirmar que lo que no se nombra no existe; pasa desapercibido y no se reconoce... De ahí la importancia de contar con decires, semánticas, códigos narrativos y universos de lenguaje a la altura del encuentro con las plantas y sustancias visionarias. Trazos todos ellos de una cartografía con la que habrá que contar y también saber dejar atrás. Lo que será posible apelando a esa naturaleza simbólica y hermenéutica de la filosofía y del propio lenguaje. No olvidemos que el lenguaje interpela tanto lo que queremos designar como nuestra capacidad anímica de encuentro con la vida. La hermenéutica filosófica, la narrativa y la poesía se moverán, pues, al nivel de las resonancias que las palabras suscitan en el discernimiento y en la conciencia de cada cual; a la medida de cada persona singular y atendiendo a la riqueza polisémica de las palabras y a su capacidad de evocación y resonancia. Lo que nos revela precisamente el sentido clásico de la filosofía en tanto maestra en el arte de vivir. Desde esta referencia al arte de vivir enlazaremos los beneficios de la ingesta de los fármacos visionarios y la hermenéutica filosófica.


Con la reflexión filosófica no se tratará de compartir meras nociones, ocurrencias teóricas u originalidad de autor alguna sino de cotejar las narraciones y rastros dejados por lo humano en su expresión y en las sendas a partir de las cuales se despliega las capacidades de sentido de la que el hombre es capaz. Sólo ahí es donde la filosofía se sabrá palabra y decir del hombre; entreviéndose el rostro de una filosofía dionisiaca que danza a la medida de quien la lee y la dota de vida. El lenguaje humaniza la experiencia vital; nos permite hacernos con ella y, sobre todo, en ella. Por eso mismo es capaz de indicarnos las riquezas y las potencias inéditas de esa experiencia. De ahí la enorme relevancia de disponer de ámbitos de reflexión y palabra a la altura de indicarnos las potencias de nuestra capacidad de experiencia. Tal serla la fuerza creadora de la palabra en su capacidad de indicar y facilitar esos sentidos emergentes que dan cuenta de algo hasta entonces confuso y poco elaborado.


En cualquier caso la cuestión del sentido alcanzará la fuente silente de la que surge la palabra. Ese misterio que enhebra espíritu y materia y que ampara toda una diversidad de experiencias, mundos y realidades posibles. Me refiero a esas esferas de vida indicadas como potencia por las palabras. Ahí, ciertas palabras pasan a ser, en palabras de Jünger, criptografías e imágenes de vida.


Ernst Jünger nos hablará de esa esfera en que la conciencia y el espíritu humano, a partir de su propia vitalidad, enhebran un tipo de relación específica con la materia. Del perfil resultante dependerá la capacidad de experiencia y la instauración de mundos diversos a partir de la propia vida de cada cual. No olvidemos eso que dijera Paul Eluard de que hay muchos mundos pero que están en este. Por cierto, este tema de la mutua fertilidad entre materia y espíritu, ya tratado por Ernst Jünger en relación con los fármacos visionarios, bien merece una entrada específica centrada en las diversas veredas de la imaginación creadora, en la propia vitalidad espiritual y en la diversidad de secciones de lo real de las que el hombre es capaz.

No hay comentarios: