miércoles, 12 de febrero de 2014

La verdad como vision (II): Catarsis y sentido

En relación a la experiencia con las plantas y sustancias visionarias, las voces más orientadas, apelan a la introspección y a los aportes de sentido que pudieran acontecer. Con seguridad, esta es la perspectiva de trabajo más certera que hemos sido capaces de elaborar tras ya varias décadas de investigación y reflexión compartida. En este sentido, la deuda con la llamada escuela psicodélica o con gentes como Grof o Yensen es muy importante. Recordemos sucintamente que esta escuela cristaliza como superación y refinamiento de la teoría de la catarsis aplicada al uso de enteógenos. En virtud de esta perspectiva catárquica la mera experiencia visionaria, en tanto experiencia límite en la que se liberan emociones y bloqueos, aportaría de por sí sus propios beneficios precisamente por el hecho de desbloquear y liberar esas emociones; lo que, por cierto, entiende la catarsis como una mera abreación emocional en la línea de los trabajos con la hipnosis del primer Freud.


Lejos de apelar a una mera abreación emocional, para Stanislav Grof, la cuestión del sentido quedará vinculada a la relevancia introspectiva de los procesos de reordenación y re-equilibrio que pudieran acontecer en esas llamadas catarsis. A partir de tal reordenación acontecería pues una emergencia de sentido; un cambio cualitativo de relevancia a la hora de entender y constelar un asunto o contexto dado; una nueva manera de percibirlo y sentirlo que libera vigor anímico y sabe dejar atrás ciertos lastres. La cuestión del sentido supone pues una atención renovada de la que dimana una determinada manera de entendernos a nosotros mismos o de entender nuestra relación con el mundo. Lo que se traducirá en que esas emergencias de sentido estarán íntimamente vinculadas al pensamiento narrativo y a cómo nos representamos y contamos nuestro propio relato.


Las aportaciones de Grof o Yensen partirán de la atención empírica a los casos en que la experiencia catárquica se traduce en beneficios psicológicos estables y transformaciones permanentes de la personalidad y de su capacidad de praxis. Apreciarán, efectivamente, el trance catárquico pero también detectarán la relevancia de determinados emergencias de sentido en el propio relato que el experimentador hace de su proceso y experiencia. Tales procesos de transformación personal estarán en estrecha relación con cuestiones de orden existencial y con cambios importantes en el modo de entenderse y de concebir el propio proceso vital.


Todo esto nos pone, muy reveladoramente, en la pista del sentido original de la expresión catarsis –y no del freudiano- que, lejos de ser una mera abreación emocional, presupone una reordenación de la vida anímica y una toma específica de conciencia. En este sentido no olvidemos que la catarsis, una palabra utilizada en la Grecia antigua en contextos religiosos, rituales y escénicos significaba no sólo un proceso emocional, liberador y purificador sino también una anagnórisis, es decir, una toma de conciencia que cambiaba perspectivas y reordenaba el propio psiquismo. De este modo, catarsis y anagnórisis apuntaban tanto a esa re-ordenación de las emociones como al cambio de conciencia que acoge nuevas maneras de pensar y modificaciones de calado en el relato que nos hacemos de nosotros mismos. Una nueva manera de comprender y comprenderse; de mirar y de mirarse que encontraría su activación -en el caso que nos ocupa- en intuiciones alcanzadas en la experiencia de modificación de conciencia inducida por plantas y sustancias visionarias. Del mismo modo que toda toma de conciencia supone básicamente una visión renovada esas intuiciones vendrán a ser entendidas en tanto visión. No hablo tanto de algún modo de visión externa, ni tampoco de algún efecto visual de esos que suelen obtenerse cerrando los ojos. Me refiero a un modo de percepción más penetrante; metafóricamente una visión de carácter puramente interno que se brinda a la conciencia y que supone un campo de significación de más alcance y hondura. En esa percepción más penetrante nuestras ideas o disposiciones previas se nos revelarían en tanto meras convenciones y apariencias alcanzando en nuestra visión “modos” y niveles de realidad y sentido, en principio, velados u ocultos. Esta visión renovada aportaría, pues, una capacidad para constelar y para revelar enlaces de significación a otro nivel.


Como podemos constatar la cuestión del sentido será tal en la medida que advirtamos modificaciones de calado en la propia cosmovisión personal, un nuevo enfoque, un cambio en la sintonía del dial que dinamiza una praxis renovada en una nueva mentalidad, una disposición novedosa que emerge y que presupone una toma de conciencia...


Todo lo dicho sirve, de suyo, una perspectiva de elaboración en la vida cotidiana de la propia experiencia visionaria y de la capacidad de visión e intuición que se alcanza en ciertos estados. Básicamente una tarea de rememoración y de elaboración e integración de dicha experiencia a través de la propia capacidad de palabra. Advirtamos que si algo queda transformado en una determinada toma de conciencia es el modo de entendernos hasta ese momento y, en esa medida, si algo trastoca tal toma de conciencia es la narrativa de nuestra propia biografía. Así las cosas, no debiera sorprendernos que la idea de terapia, en tanto trabajo sobre nuestro propio relato y sobre cómo nos entendemos, fuera la otra idea que más tempranamente se asoció al uso de los fármacos visionarios. En concreto, en el contexto de la llamada escuela psicolítica la cual empleaba estas sustancias en un contexto de terapia analítica. A partir de las grandes potencias introspectivas servidas por la experiencia de los fármacos visionarios Grof integró también esta perspectiva terapeútica de tal suerte que las emergencias de sentido inherente a toda catarsis debían ser elaboradas e integradas terapeúticamente con el fin de dinamizar y dar un cauce a esa posibilidad o potencia re-estructurante.


Catarsis, anagnórisis, toma de conciencia, elaboración a través de la palabra… Personalmente considero que, al día de hoy, no ha habido un acercamiento que haya llegado más lejos en la indicación de ese método que nos permita adentrarnos con destreza en el manejo de las sustancias visionarias.


Como se hace evidente la perspectiva apuntada desborda completamente la manera de entender lo terapeútico propia de la psicología clínica. No en vano, los usos de las sustancias visionarias en psicopatología y en la estricta esfera de la clínica son bastante discutibles y, en todo caso, quedan muy acotados a contextos o categorías concretas. Además, los beneficios que puedan aportar las sustancias visionarias suelen exigir nítidamente en el experimentador un determinado grado previo de equilibrio y estructuración personal.


Si bien es cierto que la acotada noción que tenemos de terapia en el contexto de la psicología clínica queda completamente desbordada no es menos cierto que pareciera esbozarse, al encuentro de su experiencia, la necesidad de una determinada perspectiva terapeútica mucho más amplia, integral y decantada hacia el desarrollo personal. No es algo casual que esta perspectiva coincida con la del sentido original de la palabra terapia, una idea muy vinculada a la tradición filosófica y a la idea de la filosofía como maestra de vida. Terapia es una palabra de origen griego que en su significación original alude al cuidado, ocupación y especial atención que merecen las diversas esferas de lo humano; la ritual y cultual, la de salud y equilibrio en términos morales, anímicos y espirituales y la de la salud del cuerpo humano. El llamado “cuidado de sí”, auténtico emblema de la filosofía clásica, era pues una terapia referida al cultivo del propio equilibrio psicofísico y moral y, finalmente, a la integración y excelencia del carácter. En realidad, un método de cultivar una buena manera de vivir en sintonía con nuestras posibilidades de plenitud. Desde la perspectiva que pretendo apuntar esta manera de entender lo terapeútico está completamente a la altura del encuentro con las sustancias visionarias y es que si algo nos hace falta es una semántica capaz de acercarnos a este género de experiencias de un modo fértil. Sentido, catarsis, terapia…


Como en tantos otros casos el referente griego, en tanto fuente de la propia cultura occidental, se constituye en una firme atalaya en la que mirarse. A la riqueza que nos aportan los referentes griegos para catarsis o terapia añadamos los que nos conducen a la cuestión del sentido. Consideremos que en la Grecia antigua la cuestión del propio discernimiento estará básicamente vinculada con la cuestión del sentido –logos- que aporta una mirada renovada. De ahí que la Grecia clásica considere la verdad en tanto visión. Una visión que discierne, que conoce y reconoce, que aporta sentido. Tanto será así que el campo semántico del verbo eidos integra en su significación ver, saber y conocer. Al tiempo, la cuestión de la verdad estará en íntima conexión con la cuestión del logos, es decir, con la cuestión del sentido entendida en tanto enlace y composición. El logos helénico estará bien lejos de la racionalidad moderna; de ahí que la traducción de logos por razón sea objeto de críticas. Desde el punto de vista del logos el discernimiento será tal por enlazar, constelar y componer un plano de sentido, una forma o figura coherente que da cuenta de un determinado ámbito; nuestra vida, un aspecto de la misma, la propia realidad… Tanto será así que junto a sentido, las palabras proporción, vínculo o medida dan cuenta de la significación del logos helénico.


Atender a la manera helénica de entender la verdad en tanto visión nos revelará la posibilidad de una visión penetrante, una cualidad perceptiva que reconfigura nuestra relación con la vida para descubrir perspectivas hasta entonces inéditas. En definitiva, la cuestión de los aportes de sentido inherentes a una visión singularizada que discierne y conoce; una visión penetrante dotada de discernimiento y con capacidad para enhebrar y re-elaborar una determinada escena desde una perspectiva de la que dependería ese sentido emergente. Desde ese sentido la escena adquiriría una nueva composición ofreciéndonos una figura de la misma más resolutoria, más profunda y más verdadera.


Estas liberaciones de sentido dinamizarían nuestra propia creatividad y vigor anímico lastrado hasta entonces por modos de comprensión e interpretación que sólo habrían menoscabado el desarrollo de nuestras potencias. La cuestión del sentido dejaría así atrás maneras de elaborar o enfocar un asunto o, incluso, de concebir la vida entera o nuestra propia identidad. Lo que supondrá la crisis de lo ya caduco, el reconocimiento de la propia finitud y de nuestros límites y la emergencia de ese sentido renovado desde la quiebra de nuestro viejo orden interno. Estas visiones previas se nos revelaran como meras apariencias o meras convenciones sociales que habrían lastrado la cualidad de nuestra conciencia y, en esa medida, nuestra propia praxis. En resumen, toda catarsis supondrá una toma de sentido y ésta un sentido o un logos emergente, es decir, una nueva manera de dar cuenta de nuestra historia personal y de relacionarnos con nuestro ser y con la realidad. Por ser los hombres, básicamente, el relato que nos hacemos de nosotros mismos elaborar e integrar las visiones e intuiciones que pueden servirnos este género de experiencias tiene una ineludible cita con la palabra y, en su caso, con el trabajo terapeútico de la misma.


Acercarnos a esta manera helénica de entender la visión y las cuestiones que con ella se relacionan nos pone en una senda de acercamiento fértil a la experiencia con enteógenos y a la efectividad de las catarsis y sus tomas de conciencia; una senda capaz de elaborar el vínculo que como occidentales podemos trazar con este tipo de experiencias. Consideremos que la cuestión de la visión es central en todas las tradiciones que han elaborado los estados modificados de conciencia. Del mismo modo será algo muy inmediato a cualquier experimentador con estas sustancias. Ahora bien, ¿se trata de una visión ceñida al sentido de la vista y a sus alteraciones y a un contenido meramente alucinatorio?. Si así fuera la capacidad de visión que suscitan los enteógenos tendría un interés limitado y, sobre todo, ajeno a la cuestión del sentido. ¿Se trata de una experiencia de conocimiento capaz de aportar algún género de discernimiento?. Así lo han considerado las diversas tradiciones que han manejado estas plantas y sustancias. La manera helénica de entender la verdad en tanto visión, a la postre una cuestión central en toda nuestra tradición filosófica, nos puede aportar instrumentos hermenéuticos de gran relevancia para adentrarnos por estas veredas.


3 comentarios:

Rab Kosmonauta dijo...

"¿Se trata de una experiencia de conocimiento capaz de aportar algún género de discernimiento?". Definitivamente, sí. Siempre y cuando la persona que se atreve a la experiencia esté, como bien dices, medianamente equilibrada, y los dadores (esto creo que lo hemos hablado alguna vez) sean responsables e idóneos.
En lo personal, a mí ese camino me sirvió para abrir una puerta insospechada hacia el cristianismo, y fíjate que es paradójico, tomando en cuenta lo que la Iglesia (la Santa ¿Madre? Iglesia)hizo con las sustancias visionarias, ni hablar de sus dadores. Y sin embargo tiene mucho sentido que lo hicieran, ya que representaban un canal de competencia con el que los conquistadores no podían darse el lujo de contar.
De todas maneras, pienso que el proceso que describes en el post:toma-catarsis-ruptura-integración y sentido, puede conseguirse sin necesidad de ningún fármaco. Para mí a ha sido todo un logro saber que habiéndolos necesitado, lo usé, y que ya no he vuelto a necesitarlos. Ahora tengo otro vehículo. Pero mi camino sí que es raro... rarísimo, jeje.
Un saludo

jcaguirre dijo...

Completamente de acuerdo con todo lo que comentas Rab

Hans dijo...

En estados alterados de conciencia, nuestros sentidos quedan desprovistos de casi toda protección egóica, quedan totalmente expuestos a lo que ocurre, y hasta el mismo sentido de yo se hace partícipe, se unifica a lo percibido, sometiéndose a dicha experiencia, a veces con cierta resistencia, por vértigo quizá.

En este sentido, y ante tal vulnerabilidad sensorial y egóica, es menester y adecuado, el uso de un lenguaje que todo el ser entienda y reconozca en dicho estado.

Y es aquí donde se hace inminente el uso de el lenguaje artístico, sea este sonoro o visual, por ser este el mas profundo lenguaje humano. Gracias a la sinestesia conseguida por el estado alterado, todo este lenguaje abstracto, promueve y remueve de la forma mas adecuada los viejos preceptos, porque así se está lejos de influencias egóicas que tienden a dogmatizar, enclaustrar, cuadricular el sentido de el ser.

Una re-estructuración libre de dogmas egóicos impuestos, deja en plena libertad al individuo experimentador de elucubrar sus propias conclusiones post trance, y a la vez deja la puerta abierta a satisfacer esa curiosidad natural residual de la experiencia entéogena.