lunes, 7 de abril de 2014

La selva esmeralda de John Boorman

Hacer una buena película exige antes de nada saber mirar. Alcanzar esa mirada que sabe entender una historia. Reconocerla, no en sus detalles, sino en su sentido más general para a partir de ahí poder dar cuenta de su trama y de lo humano que se expresa en la misma. En este sentido el director John Boorman se destaca por su mirada fina y por su intuición para acceder a ese sentido general que anima y brinda los secretos de ciertas historias.

Su película “Excalibur” es un perfecto ejemplo de lo que trato decir. Boorman conecta como pocos con el sentido del mito artúrico y, en esa medida, lo puede recrear. Y, al cabo, eso son los mitos; figuras de lo humano, formas complejas que en sus horizontes de tensión y resolución son permanentemente recreadas; narraciones con múltiples variantes, narradas y vueltas a narrar, a la medida de su propia riqueza y de la intuición de cada cual.

“Excalibur” es la mejor adaptación cinematográfica del mito artúrico. Una adaptación que, por entender el sentido del mito -ya lo he indicado- es capaz de recrearlo. Ante un mito nos encontramos pues con una creación del imaginario pero también con una narración que trasmite una cosmovisión, que asigna significados y unos determinados valores. De ahí que los mitos constituyan subjetividad y comunitas. En realidad ante los mitos y ante ciertos rituales que instauran el tiempo eterno del mito -no olvidemos que el mito respecto de lo humano es origen y es destino- nos encontramos ante una de las elaboraciones más sofisticadas del genio del hombre al encuentro con la vida. Hay algo que conviene no olvidar. Con seguridad una de las grandes revoluciones que el hombre ha vivido fue la del paleolítico superior. En ese momento es cuando irrumpe el arte, una conciencia simbólica compleja y, probablemente, el lenguaje desarrollado. Consideremos que la existencia de éste exige una capacidad para lo simbólico altamente evolucionada.

En el caso que nos ocupa, que no es el de la magnífica película “Excalibur” sino el de la no menos magnífica “La selva esmeralda”, nos encontramos con un caso similar. Boorman no nos narra un mito pero si un cuento. Los cuentos comparten con los mitos la potencia de lo narrativo transmitiendo universos de sentido y desgranándonos lo humano en las escisiones que plantean y en sus horizontes de resolución. Del mismo modo que los mitos los cuentos se toman ciertas licencias narrativas. En el caso de los cuentos, muy especialmente, constatamos la licencia de un final feliz. Con todo, lo más meritorio de “La selva esmeralda”, en tanto cuento, es que nos indica una posibilidad de acceso al sentido propio de un mundo muy maltratado por la mentalidad contemporánea. Me refiero a las tradiciones nativas. Y lo hará a partir de un determinado grado de reconocimiento y de conexión con la mentalidad de los pueblos indígenas. Justo lo contrario de lo que suele suceder.

Entiendo que una buena parte de los estudios antropológicos modernos y, en general, la sensibilidad contemporánea padece una disfunción básica a la hora de acercarse a los pueblos indígenas o nativos y, en concreto, a las tradiciones chamánicas. Estas antiguas expresiones de lo humano serían emblema de la superstición y la ignorancia; un ejemplo de la irracionalidad de lo humano. Da igual que esas culturas acojan iconografías narrativas y simbólicas muy complejas, hablen lenguas tan elaboradas y con tanta carga expresiva como las nuestras o presenten cosmovisiones omnicomprensivas y capaces de sentido. Las tradiciones chamánicas, para el hombre contemporáneo, serían una especie de estadio prerracional de lo humano. Para el que escribe estas líneas tales simplificaciones no responden más que a la proyección sobre toda cultura de nuestro propio metarrelato y de su unívoco y ascensional sentido del tiempo; la narración que de nosotros mismos nos contamos… La disfunción indicada se expresará en una doble vertiente. Por un lado se insistirá en esa irracionalidad pero por otro se utilizará a esas culturas como coartada para la seducción que lo irracional ejerce en muchos contemporáneos… No olvidemos que arrojar expresiones y esferas enteras de lo humano a la caja negra de la irracionalidad lo único que promueve es su rebrotar irracional. La sensibilidad new age sería ejemplo de esto último.

“La selva esmeralda” de John Boorman se alejará de tales prejuicios postulando una mirada sobre las tradiciones chamánicas que intenta adentrarse en su propia mentalidad y en su propia capacidad de sentido. ¿Acierta Bormann en esta pretensión?. Antes de nada poner de manifiesto las dificultades existentes para un acercamiento de estas características. Para hacerlo posible este cineasta partirá del contraespejo que para esas culturas supone la cultura moderna y la mentalidad tecnocrática del tiempo presente. Desde esta confrontación Boorman nos narrará un cuento, básicamente, dirigido al público contemporáneo. En él se glosará el impacto que sufren esas culturas -y su medio- al encuentro con la modernidad técnica. Su mirada es magistral, implacable y precisa. El destino de estas culturas no puede ser sino la destrucción de su medio ambiente, el etnocidio, la aculturación y el trasvase de los supervivientes a los escalones más bajos y más explotados dentro de la escala social del mundo moderno. Paralelamente Boorman nos presentará el modo de vida de unos pueblos que viven instalados en un presente continuo ajeno al shock de futuro–sus narraciones no son históricas ni las vidas de los miembros de esas tríbus lo son- y completamente integrados en la naturaleza y en sus ciclos. En la comparativa Bormnn nos mostrará los modos de alienación del hombre moderno en relación a ese hombre nativo arraigado en la tierra. Entiendo que la pretensión del director no es tanto una mitificación vulgar del pasado remoto –el mito moderno del buen salvaje-, sino mostrarnos lo que hemos perdido. Como ya he dicho el cuento está, básicamente, dirigido a occidentales y ahí debemos encontrar sus principales méritos. Como se hace evidente Boorman no cae en los típicos y tópicos prejuicios inherentes al mito del progreso aunque, insisto, tampoco nos narra una vida indígena mitificada, sin zonas oscuras, utópica y feliz. Con todo, si que se decanta por esa vida sencilla y necesariamente más corta en el que el mundo y naturaleza se identifican. Se decantará pues por esa vida arraigada en la tierra y dejará de lado la hipertrofia técno-operatoria y faústica del mundo moderno y sus dinámicas de explotación planetaria.

Al hilo de lo dicho resulta muy oportuno que los hombres-invisibles, la tribu protagonista de la historia, llamen a los hombres modernos hombres-termita ya que lo destruyen todo. Destruyen el mundo para alumbrar un mundo indefinible, sin forma ajeno a lo humano y a la propia naturaleza. Un no-mundo en sentido estricto. Para los hombres-invisibles los límites del mundo son los límites de la selva y fuera no puede haber nada…

El planteamiento no puede ser más poderoso. El hombre sólo puede encontrar su plenitud integrado en la naturaleza ya que el mismo es naturaleza. En esa integración se juega su capacidad de ser. Contraponer hombre y naturaleza sólo puede abrir un escenario de alienación estricta de lo humano. Desde esta perspectiva la permanente manipulación de la naturaleza lo único que promueve es un escenario en el que el mismo hombre se convierte en objeto de manipulación. Un escenario ajeno a la propia medida del hombre.

En el mundo de los hombres invisibles la naturaleza será el exuberante, bello y recio escenario de la vida y los hombres se pasaran su tiempo inmersos en la naturaleza y narrando cuentos. El éxtasis y la modificación de conciencia será el vehículo que utilicen los hombres para adentrarse en el Misterio con el fin de resolver sus desafíos. Para ello tomaran una planta visionaria, en concreto el yopo, y danzaran –en la medida de lo posible- en plena experiencia. Desde su mentalidad los fármacos visionarios permitirán ver más –así se afirma expresamente en la película-; es decir, permitirán acceder a visiones cargadas de conocimiento, visiones que habrá que saber interpretar. Estas visiones ampararan la resolución de desafíos y profundizar en la propia identidad. El uso y la ingesta del yopo estará tasado por un determinado contexto antropológico y ritual y por un determinado saber hacer el cual facilitará y orientará la experiencia.


Como podemos observar -y más allá de las licencias literarias del cuento- Boorman capta y muestra el sentido del vivir nativo y del uso de las plantas visionarias. Capta el sentido del vivir nativo y nos lo muestra como un contraespejo que nos arroja violentamente a la cara nuestras propias limitaciones… En definitiva, Boorman sabe captar la expresión de lo humano que acontece en esas culturas atendiendo a sus universos específicos de sentido. De ahí lo luminoso de su acercamiento.

6 comentarios:

Francisco Rosa Novalbos dijo...

Preciosa película en la que pueden observarse diversos ritos de las culturas ancestrales como los ritos de tránsito a la edad adulta, el rapto de la novia... también reedita en cierto modo el mito de Tarzán.

Otra película interesante por lo que toca al desastre ecológico de los delirios "imperialistas" de ciertos pueblos (aunque en este caso no precisamente occidentales) y de la (auto)destruccion de una cultura, es Rapa Nui (la Isla de Pascua). Pero no recuerdo si el tono de la misma es respetuoso con la cultura o es un ejemplo mas del prejuicio occidental sobre la "irracionalidad" neolítica. Probablemente lo segundo.

DDAA dijo...

Está clarísimo que los de Rapa Nui se autodestruyeron sin que el malvado hombre blanco tuviera en ello arte ni parte, y ojalá que este fuera el único ejemplo (mayas, aborígenes australianos creando un desierto donde antes había un vergel con sus tácticas de caza...) La superstición puede ser tanto o más dañina que la ciencia. De la Selva Esmeralda destacaría que el protagonista juvenil, hijo de John Boorman, era en la ficción vástago del ingeniero que estaba construyendo la presa. Y es un poco fantasioso que el chaval llegue hasta la casa de su padre en la gran urbe gracias a un viaje psiconáutico, pero bueno, la película sigue siendo estupenda a pesar de estas licencias

jcaguirre dijo...

Hola ambos, desconozco el asunto de la Isla de Pascua pero es cierto que la capacidad de distorsionar poderosamente el medio ambiente no es privativa de la modernidad técnica. Y si en lo de las supersticiones, sea de quien sean, tienes completa razón Alejo. Sobre las licencias que se toma Boormann... Si por eso mismo he hablado de las "ciertas licencias" ya que estamos ante un cuento... El chaval llegando a la urbe, o la presa estallando... Me refería a eso mismo. Un cuento...

jcaguirre dijo...

la referencia nativa creo que puede aportarnos cosas, d eeso va mi entrada, pero desde luego no por las supersticiones que esas culturas puedan tener

jcaguirre dijo...

yo personalmente, sobre lo novelesco de algunas licencias que se toma Boorman en el cuento "la selva esmeralda", las veo como un planteamiento novelesco. Boorman no hace teoría. En parte son hipérboles, en tanto recurso narrativo, vinculadas la mántica propia de la ingesta de ciertas sustancias. Una mántica que, basicamente, es visión e intuición.

jcaguirre dijo...

y sobre el hecho de que la presa explota no por el intento del padre de dinamitarla sino por las lluvias convocadas pro el chaman... Boorman se decanta por hacer un cuento. Si el padre es quien hubiera dinamitado la presa el guión habría ganado complejidad trágica pero habría dejado de ser un cuento