lunes, 9 de junio de 2014

Un acercamiento fenomenológico a los fármacos visionarios: A propósito de la lectura de "Lo sagrado"* de Rudolf Otto


Somos cuerpo y palabras, y entre palabras se aquilata nuestro espíritu. Así es, los conceptos y las palabras crean e instauran nuestro complejo mundo; y tanto es así que nuestra capacidad de entender y de discernir se enhebra desde esas palabras. En este sentido pocas cosas serán tan estériles para el propio discernimiento que mediatizarlo y tasarlo desde las categorías de lo objetivo y de lo subjetivo; de tal suerte que lo objetivo sería “eso que es” y lo subjetivo la mera “divagación subjetiva”. No me quiero adentrar en la importante cuestión filosófica de la dualidad existente entre lo objetivo y lo subjetivo ni en su hipotético carácter de mera apariencia. Simplemente me limitaré a constatar algo, por lo demás, evidente para cualquiera familiarizado con los fármacos visionarios. Me refiero al carácter creativo y creador de nuestra percepción y nuestra capacidad de comprensión; de tal suerte que interior y exterior se encuentran en un absoluto régimen de reciprocidad y retroalimentación. En resumen lo objetivo, el mundo que reconocemos, quedara condicionado por factores internos y lo subjetivo, en su misma constitución, quedará abierto a la exterioridad.
Con todo, diferenciar entre lo objetivo y lo subjetivo nos remite a un determinado método y a un protocolo de investigación que se basa en su propia definición de objeto; con lo que en su propia esfera tal distinción será algo no solo justificable sino exigible. El problema empezará cuando se pretendan estudiar fenómenos precariamente objetivables y que queden del otro lado; del lado de lo subjetivo… Me refiero a lo que los filósofos de la mente contemporáneos -en una reflexión que se remonta hasta Aristóteles- llaman los qualia, es decir, esos elementos integrantes de la experiencia que siendo de corte cualitativo exigen de un método de estudio que sepa acogerlos como tales. Sentimientos, sensaciones, vivencias, emociones, goces, perturbaciones, las intuiciones y todo su entramado; en realidad todo el espectro inmediato de la experiencia humana… Como podemos observar estudiar los llamados qualia si exige de algo es de un método empírico que, para empezar, sepa reconocer su propia esfera; que no es otra que la de su propia experiencia por el fuero interno de la persona. Asunto que quizá no sea algo tan difícil ya que eso mismo es lo que lleva el hombre haciendo desde la noche de los tiempos, esto es, lidiar con su propia experiencia íntima a través de la elaboración narrativa de la misma. Así las cosas de lo que se tratará será de adentrarse en estas expresiones –básicamente relatos- que destilan, refinan y asientan la capacidad y las variedades de experiencia del hombre con el fin de integrarle en su conocer y de incrementar su adaptabilidad.
En fin, estas reflexiones, acaso áridas pero ineludibles, me remiten a la necesidad de esbozar lo que debería ser una fenomenología y una hermenéutica de la experiencia de los fármacos visionarios. Una fenomenología por indicarnos ésta la necesidad de atender a la cualidad de experiencia del experimentador como área de conocimiento específico y una hermenéutica por apelar a como la cualidad de experiencia depende de la propia disposición del experimentador o lo que es lo mismo de su manera de acoger, sentir y entender la experiencia. Como se verá la fenomenología –atención a la experiencia- y la hermenéutica –atención a como la interpretación y comprensión de la experiencia vienen a constituirla- están en un absoluto régimen de retribución e interdependencia…
En definitiva, una de las cuestiones nucleares para abordar el estudio de los fármacos visionarios será el de la atención a la propia experiencia visionaria. Si un método fuera incapaz, ni siquiera, de hacerse cargo de esta cuestión por remitirla a la esfera de una subjetividad considerada metodologicamente impenetrable -el cajón oscuro de los efectos subjetivos- lo mejor que se podrá declarar de tal método es su parcialidad. Tal acercamiento sería pues pertinente y fértil pero parcial.
La tarea que intento esbozar no es fácil y en esta entrada me limitaré a mostrar una senda cuyo tanteo entiendo que tiene una enorme riqueza. Considero evidentes los paralelismos, trazados por tantos autores, entre la experiencia psicodélica o enteógena y las variedades de la experiencia religiosa o espiritual. En este sentido me gustaría adentrarme en el clásico de la fenomenología de las religiones “Lo sagrado” de Rudolf Otto. Adviértase que la gran aportación de este libro en disciplinas tales como la historia de las religiones o la fenomenología de las religiones es considerar a la experiencia espiritual como el núcleo a partir del cual queda constituido el fenómeno religioso. Para atender a la experiencia espiritual Otto elaborará una hermenéutica de la misma, es decir, una comprensión o interpretación de la misma que nos permita, para empezar, reconocerla y poder pensarla. En este sentido el método de la fenomenología necesariamente deberá ser hermenéutico y mojarse en una determinada interpretación y comprensión de eso mismo que pretende estudiar. Como se hará evidente el método hermenéutico no intentará cerrar, cosificar u “objetivar” el tema que trata sino todo lo contrario; pretenderá abrirlo a una determinada comprensión que apele a una esfera de experiencia íntima del hombre. Su objetivo será establecer una dialéctica creativa entre el lector y lo que se propone que remitirá no tanto a lo propuesto sino al propio lector y a las resonancias que lo indicado le pudiera suscitar. Una dialéctica que abrirá el texto de referencia a significados y sentidos diversos y que, necesariamente, servirá una permanente re-elaboración del texto en la recepción y entendimiento del propio lector.
En relación a lo dicho la obra de Otto me parece fascinante; a partir de esta intimidad con la misma iré introduciendo una serie de matices. Mi propia comprensión de la obra de Otto y la resultante de la cópula dialéctica con la misma. Espero que al lector le aproveche el viaje para sus propias tareas de síntesis.
Otto parte en su libro de la enorme transcendencia antropológica de la experiencia religiosa y los encuentros con el espíritu; precisamente por estar a la base de la historia de las religiones. Poesía, ética, filosofía, arte, en su origen y evolución, se encuentran muy vinculadas con tal experiencia. A partir de ahí Otto tratará de penetrar en la misma elaborando un discurso y una teoría general sobre la misma. Este fenomenólogo descartará toda aproximación racionalista. La experiencia espiritual no será racionalizable ni reducible a conceptos por desbaratar y violentar esta experiencia las categorías de la razón. Nuestra razón se vería pues violentada y conmocionada en el encuentro con el espíritu. Este género de experiencia quedaría pues completamente sustraída a las categorías lógicas, bien delimitadas y dicotómicas, de nuestra racionalidad… Otto incluso llega a postular la irracionalidad de la experiencia espiritual y no por qué considere que ésta quede menoscabada o denigrada respecto de lo racional sino por ser completamente transcendente respecto de la racionalidad humana. En esto Otto nos da una lección magistral de hasta donde puede llegar un discurso racional. Lo irracional, eso que violenta la razón puede ser reconocido e indicado en un discurso racional si aceptamos cierto margen de incertidumbre, aplicamos ciertos protocolos de rigor y reconocemos el valor simbólico y alusivo del lenguaje para separamos de su literalidad… No es menester arrojar al cajón oscuro de una subjetividad sin valor aquello en lo que la razón encuentra resistencias… El entendimiento humano no puede quedar satisfecho con tal disposición.
Es importante contextualizar el discurso de Otto, influido por la filosofía romántica y elaborado a comienzos del siglo XX. Quizá si hubiera escrito algunas décadas después no habría hablado de irracionalidad sino de una esfera transracional o incluso metaracional -por metahumana-. He de reconocer que me chirría esa expresión a pesar de estar, básicamente, de acuerdo con él. Otto apela a la irracionalidad pero al tiempo nos indica la enorme carga de sentido que dimanan de ese tipo de experiencias. Incluso llegará a vincular estas experiencias con la capacidad de sentido de la trama cognoscitiva del hombre.
Supongo que el lector avezado se preguntará como Otto se acerca a tal experiencia si ésta no es racionalizable. No olvidemos que Otro trata de elaborar una teoría general sobre la experiencia de lo sagrado. Para ello se referirá a esta experiencia analógicamente y a partir de los sentimientos que constela. Determinados sentimientos, los sentimientos que mueven este tipo de experiencias, quedaran referidos al núcleo de este tipo de experiencias. Desde esta perspectiva estrictamente empírica Otto se acercará a los encuentros con el espíritu. La referencia a la esfera de los sentimientos será por analogía, servirá simplemente para hacerse una idea de la misma. No olvidemos que esta experiencia por su propia naturaleza no será comparable a nada cotidiano. En su tránsito todo quedará del otro lado. Insisto, nada común le será comparable. La experiencia de lo sagrado quebrará completamente la cotidianidad de nuestra conciencia. Por eso, nos dirá Otto, que los sentimientos que genera en el hombre la experiencia de lo sagrado tampoco serán exactamente los sentimientos que los hombres nos cuenten. Desde su punto de vista los hombres se referirán a su capacidad de experiencia emocional y a su propia esfera sentimental para traducir y nombrar humanamente tal experiencia. La experiencia será pues nombrada analógica y metafóricamente a través de la indicación de sentimientos más comunes.
La esfera de emociones suscitada y recurrente en los encuentros con el espíritu apelará a una constelación de sentimientos intensos de alboroto, de conmoción, de anonadamiento, de deslumbramiento, de sobrecogimiento… para Otto esta experiencia, que podrá ser más o menos sutil o más o menos templada, constituirá el núcleo esencial del fenómeno religioso. A pesar de su irracionalidad podremos pues hablar de lo sagrado desde los sentimientos que constela.
Como se podrá observar Otto hace una determinada apuesta hermenéutica desde la esfera de los sentimientos. Si se hubiera decantado por la esfera de sentido emergente su propuesta habría ido más en la línea de ciertas intuiciones y acaso de esa perspectiva de lo transracional se hubiera abierto paso. Con todo, ambas perspectivas son fácilmente integrables y de hecho el propio Otto terminará por encauzarse hacia ese puerto.
Para adentrase en la experiencia de lo sagrado, esa misma que indican tales sentimientos, Otto recurrirá a la idea de lo numinoso. Tal experiencia supondrá un encuentro radical con una esfera de experiencia nunca antes degustada, una alteridad completamente transcendente que es vivida como completamente real –óntica- en la medida que transfigura la cualidad de ser completamente de todo. Esa irrupción violenta nuestra racionalidad pero no sólo; también violenta todas nuestras categorías, nuestro orden del mundo y nuestra misma identidad… Todo queda dislocado. De ahí la pertinencia de acercase a esta experiencia desde el ideograma de Misterio. En estas experiencias estaremos instalados en el Misterio y ante una experiencia mistérica…
Lo numinoso, en tanto apertura al misterio, desgranará el doble carácter de los sentimientos que nos mueve.  Por un lado de mysterium tremendum; algo que sobrecoge, violenta, estremece y suscita pavor por ser completamente “otro”; un alteridad radical para el hombre y el mundo tan completamente majestuosa y omnipotente que compromete nuestra propia razón e incluso nuestro propio ser e identidad; llegando incluso a suscitar terror y espanto. Por otro de mysterium fascinans; algo que enamora, que maravilla, algo singularmente atrayente, seductor y atractivo, algo a lo que se brinda una entrega incondicional ya que todo lo acoge y transfigura…
De la combinación de ambas perspectivas surge ese sentimiento de encontrarse ante una realidad más intensa que irrumpe; lo que llevará a conectar y a identificarse con esa plenitud de ser que se nos brinda y que suscita ese arrebatador hechizo embriagador y dionisiaco que eleva sobremanera a quien lo siente. En ese enamoramiento y en el deslumbramiento ante una realidad más intensa que irrumpe se cifrará el enorme poder y la enorme fuerza que mueven este género de experiencias; capaces de liberar enormes energías anímicas y de conferir claves existenciales que animan toda una vida. De esta manera la cuestión del logos o sentido emergente será la fértil senda y la potencia raíz de los encuentros con el espíritu.
Todo lo suscitado en las experiencias religiosas, como muestra la historia de las religiones, animará además a la cristalización de diversas praxis de invocación con el fin de rememorar tales experiencias y abrir a ese encuentro con el espíritu. La ingesta de fármacos visionarios encontrará su contexto en estas praxis de rememoración. La finalidad de esas prácticas será convocar tal género de experiencias y, sobre todo, rememorar sus intuiciones y los sentidos emergentes que acogen como estados permanentes que elevan al hombre por encima de su conciencia corriente.
En “Lo sagrado” Otto se decantará por una delimitación teórica de lo sagrado a partir de una perspectiva empírica, existencial y emocional. Sin embargo, previamente, en su obra habrá buscado en la experiencia espiritual una especie de disposición religiosa originaria de apertura a lo absoluto, un a priori religioso del hombre, un a priori transcendental –el el sentido kantiano[1]- del conocer humano que explicaría lo específico de la experiencia religiosa a partir de la elaboración y formalización que el espíritu humano puede, puntualmente, realizar de su propia experiencia. Esta disposición espiritual sería uno de los mimbres de lo humano y uno de los pilares constituyentes del mundo que el hombre habita.
Este apunte es importante ya que a pesar del general tono emocional y empírico de “Lo sagrado” en su capítulo XV dedicado al análisis de lo sagrado como categoría a priori retomará Otto este planteamiento al afirmar que la experiencia de lo numinoso brota de la trama cognoscitiva del alma. Según Otto tal potencia necesitaría de influencias y estímulos específicos capaces de amparar el despertar de esa disposición latente del espíritu humano. El comienzo de la experiencia de lo numinoso quedaría referido a un género de experiencia pero su origen no sería sino la textura espiritual y creativa del conocer humano. Lo numinoso, para Otto, sería pues una idea pura y un a priori cognoscitivo también en “Lo sagrado”. La experiencia de lo numinoso respondería pues a ese proceso de elaboración y formalización de la experiencia humana y, en tanto tal, apuntaría al misterio espiritual y creador del alma humana. Hasta la profundidad del alma y a la intimidad de su espíritu alcanzarían los elementos irracionales de la experiencia religiosa. Esta apelación a la propia actividad cognoscitiva del alma será esencial si es que queremos apuntar a la experiencia espiritual superando lo que sería una perspectiva meramente sentimental y subjetivista.
Entender la experiencia espiritual enhebrada a la trama cognoscitiva del hombre para Otto no psicologizaría la experiencia o la reduciría a lo meramente humano precisamente por la relevancia óntica de tal experiencia. En realidad en los encuentros con el espíritu emergería una variedad específica del conocer humano en tanto conocimiento del absoluto, de un absoluto que irrumpe transfigurando vida y conciencia. El hombre como tal, absolutamente instalado en el misterio, acogería en potencia esta capacidad de experiencia más allá de sí y de su conciencia ordinaria.


* El libro de Walter Otto ha sido traducido como "Lo santo" en la edición publicada por Alianza Editorial aunque mucho más pertinente habría sido traducir "Das Heilige" como "Lo sagrado"; tal y como indican autores de la talla de Martín Velasco u Olegario González de Cardenal.
[1] Para Kant el conocer del hombre dependería tanto de la experiencia externa como del proceso de formalización y elaboración que hace el hombre de esa experiencia externa. En esa medida toda esa actividad formalizadora que elabora la experiencia externa, para Kant, tendría un carácter transcendental constituyendo, apriorísticamente, el conocer del hombre.