viernes, 25 de julio de 2014

Los chamanes de la prehistoria (II)

 
En esta segunda entrada abordaré la cuestión del pensamiento simbólico y la del imaginario animal en las tradiciones chamánicas con la finalidad de preparar lo que sería una hermenéutica de las culturas del paleolítico superior. La justificación general de esta pretensión serán las sincronías y los paralelismos existentes. Como ya he indicado en la anterior entrada las culturas en las que se desarrolló el arte prehistórico, del mismo modo que los diversos chamanismos, eran sociedades de cazadores-recolectores con un imaginario completamente inspirado en motivos naturales y, en concreto, en motivos animales. En las diversas tradiciones chamánicas las referencias a los animales no sólo serán recurrentes; también serán vehículo privilegiado de expresión de lo humano y marco de constitución de esas tradiciones. Las metáforas animales acogerán, pues, significados y sentidos que servirán de espejo y referencia pedagógica a los hombres de esas culturas. De esta manera, las simbólicas animales aportarán una enorme riqueza inspirando y dinamizando la vida anímica de los hombres, el desarrollo de sus caracteres e, incluso, constituyendo la propia comunidad. Pensando e imaginando sobre animales, enhebrando relatos e iconografías, el hombre se pensará, se representará  y se imaginará en sus propios desafíos y potencias. Este será el contexto de significación básico del simbolismo animal en los relatos, las metáforas y los ritos de las tradiciones chamánicas.
 
 
Los símbolos, los ritos  y los mitos serán auténticas piedras angulares en estas sociedades. Desde el punto de vista de los historiadores de las religiones símbolos, mitos y relatos constituirán hierofanías específicas, es decir, modos en que lo sagrado viene a brindarse. Tras toda hierofanía habrá, pues, una variedad de experiencia de lo sagrado con la que los miembros de una comunidad dada tendrán una relación a diverso nivel y a la medida de cada cual. Podría decirse que las diversas hierofanías resonaran en cada cual  según su propio molde. En la más elevada intensidad de experiencia hierofánica el hombre se elevará por encima de su propia cotidianidad para acceder a texturas de ser y a universos de sentido muy por encima de su conciencia ordinaria. La modificación de conciencia relativiza y deja caer los modos de conocimiento más convencionales liberando una experiencia del mundo abierta a posibilidades hasta entonces inéditas. Me remito a la entrada dedicada a la experiencia de lo sagrado a la hora de ponderar este género de experiencias en tanto potencias cumbre de la vida del hombre.  No olvidemos -como bien nos recuerdan los historiadores y los fenomenólogos de las religiones- que en el núcleo de toda tradición religiosa encontramos una variedad de experiencia religiosa y de encuentro con el espíritu. Y así parece haber sido desde los mismos orígenes de la religión, si es que atendemos al carácter de santuario de las cuevas del paleolítico superior y a su complejidad simbólica; una complejidad simbólica que rebasa completamente una mera magia cazadora. Todo sugiere que las referencias animales nos indican algo bastante más complejo y elaborado. A partir de esta complejidad simbólica y antropológica, y de las evidentes sincronías existentes con las tradiciones chamánicas, quedará abierta la posibilidad de comprender las culturas del paleolítico superior.
 
 
En el caso de los chamanismos ritos, mitos y símbolos encontrarán en esas simbologías animales el modo privilegiado de expresión de esa experiencia hierofánica. Hasta el punto que los llamados animales-espíritus habrían de ser considerados como hierofanías en un sentido estricto. El carácter hierofánico de, por ejemplo, un simbolismo animal singularizará a la imagen de ese animal. Esa imagen-símbolo indicará un modo de donación de lo sagrado y una determinada intuición respecto del hombre en su relación con el mundo. Lo dicho se traducirá en el acceso a modos específicos de experiencia que ampararán el desarrollo de la conciencia y la propia constitución de la subjetividad del experimentador. En este sentido, las imágenes-símbolo, como toda hierofanía, operará a muy diversos registros atendiendo al contexto y la capacidad de experiencia del propio experimentador. En relación a las experiencias cumbre indicadas por estas imágenes-símbolo Eliade llega a hablar de auténticas intuiciones arquetípicas respecto de las posibilidades de plenitud de lo humano al encuentro con la vida. En esas intuiciones arquetípicas lo humano quedará abierto a la irrupción de lo sagrado; más allá de sí, transcendiendo la experiencia de la conciencia ordinaria y quedando transfigurado en la toma de conciencia de un mundo o de una esfera o cualidad de ser sobrenatural. Cambia el mundo, cambia el perceptor y cambia su modo de conocer; y ambos quedan transfigurados en la red de sentidos emergentes inherentes a la experiencia de lo sagrado… De esta manera, los animales-espíritu nos indicarán este género de experiencias atendiendo a lenguajes y contextos culturales específicos.
 
 
Todo lo dicho nos introduce el otro gran rasgo de las tradiciones chamánicas. El del éxtasis como experiencia hierofánica de especial intensidad y como vehículo que abisma a las profundidades del alma y a potencias no convencionales de lo humano. De acuerdo a los diversos chamanismos, la experiencia extática, permitirá acceder a un mundo sobrenatural, discreto y oculto, pero del cual dependen los equilibrios y los sucesos cotidianos. Es importante hacer notar que estaremos ante una experiencia estrictamente interna pero que, sin embargo, tendrá una determinada relevancia óntica[1]. Por lo que, si bien en el éxtasis estaremos accediendo a las profundidades del alma, también nos adentraremos en algo más que en una mera experiencia psicológica. Cambia la persona y con él la textura y la cualidad del mundo percibido. En relación a lo dicho vuelvo a remitirme a la entrada anterior dedicada al tema de lo sagrado.
 
 
Las experiencias de trance extático tendrán, pues, una dimensión estrictamente visionaria. Acogerán una transfiguración intensa y relevante del mundo y, al tiempo, brindarán visiones específicas de determinadas imágenes-símbolo. Por un lado, cambia la asimilación interna del mundo exterior quedando éste transfigurado. Por otro, determinadas visiones específicas darán cuenta del proceso de transformación de la conciencia que acontece en el éxtasis. En el caso del chamanismo esas imágenes-símbolos serán los animales-espíritus. En el trance, el experimentador, quedará asimilado en su más estricta intimidad a esos animales-espíritu. Estas visiones responderán pues a la manera en que las diversas culturas humanas representen esas intuiciones arquetípicas de las que nos hablara Eliade. Su irrupción en una experiencia visionaria y, especialmente, la identificación con las mismas, anunciará y facilitará umbrales de experiencia que profundizan en la experiencia de lo sagrado. A lo dicho responderán las visiones de los animales-espíritu. En estas visiones lo sagrado se brindará al experimentador como si de un símbolo vivo se tratara. De esta manera, la imaginación humana expresará lo humano y sus potencias en una suerte de imaginatio vera. Estas visiones saldrán de lo más hondo del alma del hombre. En concreto de esa parte del alma que acoge las más refinadas potencias de la vida anímica; auténticos símbolos vivos que ordenan y expresan lo humano al encuentro del espíritu.
 
 
Apelar a la sobria ebrietas quizá sea la mejor manera de entender la experiencia del éxtasis. En el éxtasis se brinda un nuevo modo de conocer y de habitar el mundo y esta es la finalidad de toda técnica de modificación de conciencia. No se trata de tener los ojos blancos ni de quedar alterado. Es más, la destreza en el éxtasis se traducirá necesariamente en una determinada sobriedad exterior.
 
 
En relación a la discusión sobre el carácter interno o externo de las imágenes-símbolo o los animales-espíritu ésta tendrá, en realidad, muy poco sentido. Consideremos que en esos estados si algo salta por los aires es la división estanca entre lo interior y lo exterior. Tales imágenes, en cierto sentido, aludirían a potencias de lo humano que se van desplegando. En otro a la plenitud de la vida brindándose en la conciencia del hombre. Lo interior y lo exterior desvelarán así su completa interpendencia  y el plano continuo en el que se brindan.
 
 
En resumen; esta simbología animal indicará una variedad de experiencia hierofánica y visionaria accesible a través de estados de éxtasis. Las imágenes-símbolo, siguiendo a Eliade, serán modos de rememoración de determinadas experiencias de carácter espiritual a muy diversos niveles. Estos símbolos dependerán, pues, de su condición hierofánica. Los símbolos tendrían su propia semántica y tal semántica apelaría a ese núcleo de experiencia que los origina y a las potencias y posibilidades de lo humano que quedan indicadas; evidentemente ajustándose a contextos culturales concretos. La simbología de los animales-espíritu apelaría a esa modificación de conciencia de carácter hierofánico en la que acontece la relativización de la conciencia ordinaria, la irrupción de una realidad transcendente que todo lo acoge y la liberación de haces de sentido emergentes. Los animales-éspíritu, en tanto símbolos vivos de lo humano en ese trance de modificación de conciencia, facilitaran y mediaran en ese tránsito espiritual al mundo de lo sagrado. De esta manera, ese mundo de los espíritus –o del gran espíritu[2]-sería el modo en que las tradiciones chamánicas indican la irrupción de lo sagrado; una irrupción que transfigura el mundo y desvela tramas de sentido inaccesibles a la conciencia ordinaria. En concreto esas tramas de sentido que Eliade entendiera como intuiciones arquetípicas. En las mismas encontraría el hombre un modo de plenitud al encuentro de lo sagrado.
 
 
El chaman será quien se adentre más profundamente en tal género de experiencias. El es quien está iniciado en las técnicas y contextos de ese éxtasis hierofánico y en esa capacidad de transcender la conciencia ordinaria en la conciencia de lo sagrado. Así accederá al envés espiritual del mundo en esos estados de trance o de modificación de conciencia. Lo que supondrá una auténtica iniciación al quedar enriquecida la visión del mundo propia de la conciencia ordinaria con la visión que otorgan estos estados de trance. Visiones que, ya lo hemos indicado, transfigurarán el universo cotidiano permitiendo acceder a texturas de realidad, en principio, inéditas.
 
 
A la simbología natural y animal, al éxtasis y a las ideas de rito, mito -relato- y símbolo añadamos otro elemento propio de los chamanismos. La de la relevancia del arte en tanto vehículo de expresión y símbolo de esas visiones e imágenes. De esta manera, el arte, en los chamanismos, aludiría en buena medida a una determinada experiencia visionaria del hombre la cual expresaría mediante símbolos esos estados de trance. Estos símbolos interpelarán no sólo a los chamanes sino también a toda la comunidad al constituir una expresión ideográfica de los relatos y visiones compartidas. Su función será la rememoración de esas intuiciones arquetípicas sobre las potencias de lo humano en la línea de lo apuntado por Eliade. En relación a lo dicho conviene tener muy presente que en las lenguas de las tradiciones chamánicas no existe un equivalente de la palabra arte y que toda manifestación que nosotros entendamos como artística quedará completamente incorporada a una determinada funcionalidad. En este caso la funcionalidad del arte será la propia del conocimiento simbólico  –rememorar- y la de su eficacia ritual.
 
 
El arte, en términos generales, es uno de las grandes expresiones del espíritu humano. En cualquier obra artística encontraremos siempre un esfuerzo de abstracción con la finalidad de que algo sea transmitido. Tal esfuerzo quedará plasmado en una semántica que, simbólicamente, queda referida a determinados sentires, pensamientos e intuiciones. Al tiempo el arte también maneja un determinado motivo que reproduce de un modo más o fiel. La reproducción del motivo quedará completamente condicionada por lo que el artista quiera expresar. El equilibrio existente entre el motivo que se reproduce y lo que se transmita decantará el arte bien hacia la abstracción, bien hacia el naturalismo. Atendiendo a este criterio general lo afirmado respecto del arte en las tradiciones chamánicas, evidentemente, responderá al propio contexto chamánico.
 
 
Referir el arte a un modo de experiencia o intuición es algo inherente a cualquier tipo de arte. En el caso del chamanismo esta experiencia nuclear estará estrechamente vinculada con la experiencia del Misterio y lo desconocido que descabalga y transciende al sujeto empírico corriente y la conciencia ordinaria. Esta intimidad con el Misterio constatará una determinada intuición de lo sobrenatural y una vía abierta a potencias de lo humano de las que usualmente no somos conscientes. Esta, y no otra, será la matriz originaria de la que surja el arte.
 



[1] Por experiencia óntica -u ontológicamente relevante- entiendo una experiencia relevante respecto del ser del mundo que se nos revela en esos estados. En el éxtasis la textura y la cualidad de ser del mundo, efectivamente, quedará transfigurado; del mismo modo que quien atraviesa el trance extático.
[2] No olvidemos que las referencias en las tradiciones chamánicas a un plano de unidad o ser superior más allá de la diversidad de espíritus no será algo raro. De hecho la experiencia de lo sagrado tenderá a re-unir en un plano de unidad y de sentido toda la diversidad de la vida; lo que aportará una experiencia cognoscitiva de especial relevancia más allá de toda dualidad.

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