miércoles, 10 de septiembre de 2014

La cuestion del empirismo: Ciencias y humanidades

Hace unos días, en su noventa aniversario, Gustavo Bueno –en declaraciones al diario El Mundo- dedicó algún comentario irónico al supuesto carácter empírico de las ciencias. A quien desconozca su obra acaso pudiera sorprender que alguien que ha dedicado buena parte de su vida académica e investigadora a analizar la operatoria y el modo de conocer de las ciencias positivas realice tales declaraciones. El comentario en cuestión surgía de la mano de ciertas reflexiones sobre el papel social que juegan en nuestras sociedades las “invocaciones” a la ciencia; básicamente, avalar cualquier política o vender en el mercado cualquier producto. Precisamente al indicar esta capacidad de “sancionar la verdad universal” que la cultura popular otorga a las ciencias Bueno realizaba esa llamativa afirmación de negar el carácter empírico a la ciencia...
 
 
Por favor no se intranquilicen algunos lectores. Ni Gustavo Bueno ni el que suscribe estas líneas ponemos en duda la seriedad epistémica de las ciencias modernas. De hecho estas constituyen un auténtico hito en la historia humana. De lo que se trata, más bien, es de enjuiciar el rigor conceptual de considerar al método científico como un método empírico. En relación a este asunto la afirmación de este filósofo no encontraba matiz alguno. Incluso, cómicamente, Bueno se refería a esos científicos que se llenan la boca apelando a lo que sería el carácter empírico de las ciencias… Y es que acaso postular el carácter empírico de la ciencia responda a esa misma percepción popular, poco elaborada y totémica, que transforma a la ciencia en el instrumento mesiánico de una revelación por fin alcanzada.
 
 
Gustavo Bueno es, con seguridad, uno de los filósofos vivos más relevantes; y no sólo dentro del contexto de la filosofía en habla hispana sino en un contexto internacional. Su propuesta, la del materialismo filosófico, aporta una de las más elaboradas y sólidas teorías a la hora de comprender y fundamentar las diversas ciencias positivas. La cuestión es la siguiente: ¿por qué un filósofo de la ciencia de esta talla hace esta provocadora información?. Consideremos que si en algo hace énfasis el discurso de legitimación de numerosos científicos es precisamente en el hecho de que la ciencia tendría un carácter empírico -basado en la experiencia y los hechos- frente al carácter meramente especulativo, gratuito y teórico de ciertos discursos de corte humanístico o filosófico… Desde el punto de vista de tal discurso la razón científica sería el cenit y la culminación de la racionalidad de tal suerte que poco sentido tendrían otros enfoques u otras formas de racionalidad…
 
 
En relación a la cuestión del empirismo de las ciencias el criterio de Bueno no será, precisamente, el de un crítico de la ciencia, al modo de un Feyerabend o el de un crítico postmoderno. Su perspectiva, básicamente, será la de un viejo maestro de filosofía que nos recuerda que las ideas y los conceptos deben ser usados con rigor. De hecho su criterio sobre el carácter no empírico de las ciencias encontrará su sentido en una estricta delimitación del método científico. La nota cómica con que Bueno se referirá a esos científicos que se llenan la boca apelando al carácter empírico del método científico encontrará su contexto en el escaso conocimiento que demuestran sobre qué sea eso del empirismo; lo que necesariamente llevará a distorsionar la comprensión del propio método científico. Y es que lo que caracterizará al método científico no será su carácter empírico sino su carácter experimental.
 
 
Recordemos que el empirismo a lo largo de toda la historia del pensamiento se ha caracterizado –frente a la tradición metafísica- por postular la atención preferente a la experiencia sensible -la experiencia de los sentidos- como fuente de conocimiento. El método científico también echará raíces en la atención preferente al fenómeno; ahora bien desatenderá la experiencia sensible para atender al experimento, es decir, a una observación del fenómeno mediada por aparatos tecnológicos y por la medición y el cálculo matemático. La tecnología y la matemática serán pues claves en el método científico. La observación del fenómeno encontrará pues, de acuerdo al método científico, su contexto en la propia capacidad técnica del hombre y en las praxis humanas que la originan. A partir de esa observación mediada tecnológicamente el fenómeno será descompuesto analíticamente en sus elementos básicos, obtenidos a través de la medición y el cálculo, para después ser ulteriormente reconstruido en una síntesis matemática que enlazará y relacionará esos elementos. Por eso mismo Galileo, en los albores del método científico, nos hablara del lenguaje, en clave matemática, que observamos en la naturaleza… Si queremos ser rigurosos, precisos e intelectualmente honestos sólo podemos concluir que el método científico no tendrá carácter empírico sino un carácter experimental y tecnológico. De acuerdo al mismo los campos de estudio de las diversas ciencias deberían encontrar su propia expresión matemática.
 
 
La invitación a la filosofía es, primariamente, una invitación a pensar. Y pensar si algo supone es el cuestionamiento de los propios discursos legitimadores, tanto personales como de casta. La filosofía impone pues un modo de crisis –crisis etimológicamente significa discernimiento- y una violencia específica. Recordemos que Sócrates en su Atenas natal, básicamente, a lo que se dedicaba era a cuestionar en el Agora a aquellos que supuestamente sabían de ciertos temas. En el diálogo socrático –filosófico- todo termina por ser puesto del revés dejando entrever sus enormes lagunas y fisuras. Al tiempo, las oportunidades para una más sólida racionalidad quedan abiertas.
 
 
En relación al tema que nos ocupa cuestionar el carácter empírico de las ciencias, lejos de criticarlas, supondrá un mayor rigor en la exposición de su propio método. Al tiempo que depuramos a las propias ciencias de eso tan humano –humano, demasiado humano parafraseando a Nieztsche- como es el utilizarlas para el propio empoderamiento o la propaganda de casta. Y es que el discurso que reserva el carácter empírico a las investigaciones científicas acoge de un modo implícito y proyectivo que otras disciplinas, instaladas en la especulación más gratuita, carecerían de conexión alguna con la experiencia. Por eso ni siquiera se intenta refinar teóricamente el discurso postulando, por ejemplo, el carácter empíricopositivo -que no empírico- de las ciencias; lo que precisaría el concepto que se quiere transmitir acotándolo al carácter experimental propio del método científico... Tal refinamiento conceptual, filosóficamente más coherente, tornaría imposible lo que implícitamente quiere promover la reserva exclusiva del carácter empírico a las ciencias: Excluir el vínculo entre la experiencia y otros géneros de racionalidad diferentes de la razón científica... De esta manera este uso impreciso, laxo y falaz del término empírico valdría para legitimar a todas las ciencias como un modo de racionalidad superior al tiempo que serviría, en el caso concreto de la psicología, para arrinconar ciertos planteamientos -los supuestamente especulativos y ajenos a la experiencia- y magnificar otros… El problema es que semejante discurso es básicamente un discurso ágrafo, tosco y vulgar; tanto filosóficamente hablando como respecto de la propia ciencia. Es un discurso falaz en sentido estricto que si algo encubre es que las tradiciones humanísticas no son ajenas a su propio método,  a su propio rigor y a sus modos de praxis y contrastación. Y por eso no es un dislate cualquiera. Es una aseveración que pretende que otras disciplinas u otros enfoques no tienen base en esfera experiencial alguna cuando si que la tienen si es que atendemos a su propio método y esfera experiencial... Teorizaciones como la de la razón vital orteguiana, la fenomenología o la hermenéutica quedarían directamente confrontadas con esa vulgaridad teórica de reservar el carácter empírico a las ciencias. Hasta el punto de poder considerarse intentos de renombrar las disciplinas humanísticas en pleno auge de la tecnociencia y de esa mentalidad positivista que ha acampado en la cultura de masas. No olvidemos que si algo pretenden estas filosofías es, precisamente, atender teóricamente a la propia vida y a su experiencia, esto es, a esa esfera de experiencia íntima e inmediata como área de conocimiento específico y como esfera en la que la razón debe desenvolverse. Por esto, en estas propuestas de las filosofías de la vida, se resuelve la investigación de todo lo que tenga que ver con esos aspectos cualitativos o existenciales que se escapan al método científico y a los sesgos cognitivos que éste introduce –todos ellos dependientes de su propia axiomática y del modo de conocer que le es propio-. Abordar el estudio del hombre vivo y sintiente, dejando de lado ese cajón oscuro de lo meramente subjetivo, exige de métodos y de modos de racionalidad que sean capaces entrar en la esfera de lo íntimo, de la experiencia cualitativa.
 
 
En relación al estudio de los psicodélicos y fármacos visionarios esta exigencia se plantea con extrema urgencia ya que reconocer los posibles beneficios de su uso y delimitar los contextos capaces de esos usos enriquecedores, si algo exige, es detenerse en los factores cualitativos a los que se acoge la experiencia psicodélica. Como se hace evidente los discursos y usos del lenguaje que atiendan esta esfera de lo cualitativo no quedarán reflejados por un método como el científico que, básicamente, atiende a lo cuantitativo y que descarta esa esfera cualitativa en tanto mera subjetividad. Y eso reconociendo el enorme interés que el método científico tiene en relación al estudio de los efectos de estas sustancias; las cuales como se hace evidente exigirán una perspectiva pluridisciplinar. Con el fin de que esta perspectiva pluridisciplinar tome cuerpo habrá que saber acoger una determinada audacia intelectual capaz de atender a esos lenguajes, de corte humanístico, en los que la experiencia cualitativa es atendida y refinada: El arte de la hermenéutica, un arte de resonancias, metáforas y criptografías simbólicas a la medida de cada cual, latentes en la propia vida del hombre y en el propio discurso que se nos brinda…
 
 
En resumen, la cuestión del empirismo: Ni las ciencias positivas tienen carácter empírico, ni las disciplinas humanísticas o hermenéuticas carecen de una esfera experiencial y de verificación. Basta con dejar ser al lenguaje y al genio del hombre.
 

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